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    Impacto del agro en la biodiversidad preocupa a Ambiente, que propone cuantificar “cuánto cuesta” la pérdida de ecosistemas

    Gerardo Evia, director de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos, opina que hoy la conservación de los recursos naturales está “en un segundo plano” frente a la producción agropecuaria

    Entre 1988 y 2007 se perdieron en Uruguay más de 1,5 millones de hectáreas de ecosistemas naturales, un proceso que se intensificó en la última década potenciado por la producción agrícola. Esa realidad, explicó el titular de la Dirección Nacional de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (Dinabise) del Ministerio de Ambiente, Gerardo Evia, generó a su vez una importante pérdida de biodiversidad, un proceso que ahora el gobierno busca revertir con la mejora de la conservación de los recursos naturales.

    Según expuso el jerarca en el evento Uruguay: hacia sistemas alimentarios más saludables, sostenibles e inclusivos, organizado por el Parlamento como antesala de lo que será la Cumbre Mundial sobre los Sistemas Alimentarios que se realizará durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, su equipo está trabajando en una hoja de ruta que busca promover medidas que transformen los sistemas alimentarios, no solo para erradicar el hambre, sino también para reducir la incidencia de las enfermedades vinculadas a la alimentación y optimizar el uso de los recursos ambientales.

    Impulsar la producción sostenible de alimentos que priorice el cuidado del ambiente y reduzca la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo y las emisiones de gases de efecto invernadero es una de las preocupaciones de los gobiernos a escala global. Evia sostuvo que la humanidad seleccionó algunas formas de vida para sostener sus sistemas alimentarios, lo que provocó un alto grado de sustitución de los ecosistemas naturales, que “determinó la pérdida consistente de biodiversidad en el planeta”.

    “Nuestro país no escapa a esa realidad. Venimos a plantear la necesidad de establecer un espacio para la vida en nuestros sistemas agroalimentarios y actuar en consecuencia como Estado y sociedad”, afirmó el jerarca.

    Recientemente, la ONU informó que hoy 1 millón de especies de plantas y animales en el mundo están en peligro de extinción. En Uruguay, en tanto, de las 117 especies de mamíferos que existen en el país, “el 51% se encuentran amenazadas”, así como diversas aves y venados de campo, ejemplificó Evia.

    “Las causas son muchas, pero ciertamente los cambios en el uso de la tierra con fines de cultivo para alimentación son una de las presiones más importantes sobre los ecosistemas”, expuso.

    Es que tradicionalmente los suelos y el agua se han visto como recursos naturales esenciales, asumiendo que su mantenimiento aseguraba las posibilidades para cultivo y, por tanto, la alimentación y la vida. Sin embargo, ese proceso implica una “eliminación u ocupación de hábitat de diferentes formas de vida”, algo que “hasta no hace mucho no era visto como un problema”.

    “Acá, como en otras partes, los cambios en el uso del suelo, especialmente por usos agropecuarios, son una de las principales causas de conversión de ecosistemas naturales, lo que termina en la pérdida de ecosistemas y la biodiversidad asociada”, dijo Evia a Búsqueda.

    Pero una vez que los ecosistemas se convierten debido al avance de la frontera agropecuaria —el límite que separa las áreas para actividades agropecuarias de aquellas para conservación— quedan remanentes de biodiversidad, de polinizadores y de microfauna en el ambiente. Es por eso que, para el director, Uruguay debería adoptar medidas para que la biodiversidad que no fue eliminada en la conversión agrícola pueda subsistir.

    En ese sentido, planteó políticas que aspira a impulsar durante su gestión al frente de la flamante Dinabise. La primera consiste en la identificación y valoración de los servicios ecosistémicos, y su inclusión en las cuentas nacionales. Esto, a su entender, permitiría “poner en evidencia en términos económicos” los servicios que los ecosistemas y la biodiversidad brindan, al tiempo de cuantificar cuánto se pierde cuando se transforman.

    “Poner en cifras para que eso ayude a dialogar con el Ministerio de Economía y otros actores. Es cierto que no todo se puede valorar económicamente, porque ¿cuánto vale una especie? Además, la valoración de otros aspectos nos permitirá apoyar la toma de decisiones como sociedad para generar los espacios y las formas de protección de vida que necesitamos”, explicó.

    La segunda política propuesta se centra en la determinación de estándares nacionales mínimos y regulaciones genéricas para la protección de ecosistemas prioritarios. Es que si bien hay límites establecidos, por ejemplo, a la pérdida de suelos, “para la pérdida de biodiversidad y ecosistemas naturales, eso no existe”, sostuvo Evia.

    “Es prioritario avanzar en la propuesta de regulaciones similares a la ley de protección de bosque nativo para la protección de ecosistemas prioritarios (como humedales y pastizales naturales), allí donde se encuentren por fuera del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP)”, sostuvo.

    Es que para el jerarca esa herramienta creada en 2005 implicó “un proceso muy lento”, ya que Uruguay tiene menos del 1% de sus ecosistemas protegidos. Además, ha sido “muy cuestionada”, debido a la idea de que establece límites discrecionales a la propiedad privada, aunque según Evia hoy menos del 50% de las áreas protegidas limitan el uso de los suelos.

    Debido a eso, desde la Dinabise proponen impulsar un abordaje diferente al del SNAP que establezca “límites a la pérdida y conversión de determinados ecosistemas”.

    Por último, el organismo apunta a “la mejora continua en el manejo de agroecosistemas” que hayan sido convertidos. Según Evia, es necesario apoyar el mantenimiento de la biodiversidad en la producción, por lo que propone respaldar las transiciones agroecológicas en los sistemas productivos con investigación, tecnología y el trabajo conjunto de productores, gobierno y sociedad civil.

    “Donde se realiza agricultura intensiva quedan remanentes de áreas naturales, quedan espacios de biodiversidad que conviven con esos sistemas agrícolas. Es necesario preservar lo que queda en esos agroecosistemas, dejando corredores, parches y bajando la cantidad de agroquímicos que se utilizan y que son un riesgo para los polinizadores por el uso de pesticidas”, explicó.

    En esa línea, aseguró que ya comenzaron a implementarse iniciativas privadas del sector agrícola, como mantener refugios, respetar zonas de exclusión para proteger la flora nativa y mantener polinizadores naturales. Informó que el Ministerio de Ambiente solicitó una revisión de todo el proceso de aprobación y regulación de agroquímicos que hasta ahora llevaba adelante el Ministerio de Ganadería.

    Presiones

    Uruguay es un gran productor de alimentos y tiene ventajas sustantivas para incorporar valor agregado ambiental a lo que produce, opinó el director. Sin embargo, para eso se necesita primero “reconocer la realidad de las presiones y replantearse como sociedad” las formas de asegurar un espacio para las diferentes formas de vida.

    Es que hoy “hay un bajo grado de prioridad a este reconocimiento”, dijo Evia, y en ciertos ámbitos persiste la idea de que es importante tener en cuenta el ambiente, pero producir lo es más. “Si bien el agua es la base de la vida, la biodiversidad está como en un segundo plano”, criticó.

    Para el jerarca existe una percepción generalizada de que cuando la frontera agropecuaria avanza “no se pierde mucho”, porque quedan áreas naturales remanentes donde la vida se refugia. Esto es una imagen falsa, afirmó. “La pérdida de hábitat es un proceso que en un momento traspasa un umbral por debajo del cual se desencadena la extinción. Pero no hay una percepción tan fuerte de eso como la necesidad de protección de otros recursos naturales renovables”.

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