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    Intimidad de un genio

    Retrato del pianista Bruno Gelber, por Leila Guerriero

    El edificio está sobre la avenida Juan Domingo Perón, en la zona del Once de Buenos Aires. Forma parte del barrio de Balvanera, un entorno netamente comercial muy poco glamoroso, donde después de las siete de la tarde las tiendas bajan sus persianas, las calles se vacían y empiezan a circular los cartoneros. Pero la construcción de ese edificio en sí pertenece a la época de las vacas gordas, lo que es apreciable a simple vista. De estilo art déco y aspecto imponente, lo proyectó en 1925 el arquitecto Robert Charles Tiphaine por encargo del empresario Emilio Saint, fabricante de los famosos chocolates Aguila, y, como corresponde, se lo bautizó Torre Saint. Sus pisos son de madera de roble de Eslavonia, las paredes tienen un ancho de 55 cm y entre los pisos existe una cámara de aire de 30 cm. De abril a diciembre de 2017, la periodista y escritora Leila Guerriero concurrió repetidamente a esa torre porque allí, en el piso 12, vive el pianista Bruno Leonardo Gelber. El resultado de esas reiteradas visitas es Opus Gelber. Retrato de un pianista (Anagrama, 2019), un notable perfil periodístico-literario de un excepcional pianista.

    Guerriero (Junín, Argentina, 1967) es una experta en el llamado periodismo narrativo. Crónicas de hechos y perfiles de personas han sido el vehículo para que ella demostrara cómo puede manejarse el lápiz o el teclado con precisión quirúrgica. Un ejemplo reciente de esta destreza es el extenso y muy recomendable reportaje que le hizo a Fito Páez, publicado en la revista cultural colombiana Gatopardo, de la que ella es editora. Y otro más reciente es este libro de más de 300 páginas sobre un enorme artista del mundo clásico que está aquí cerca, cruzando el río.

    Bruno Gelber (Buenos Aires, 1941) toca el piano desde los tres años. Es hijo de un violista y una profesora de piano. Se perfeccionó con Vicente Scaramuzza en Buenos Aires y con Marguerite Long en París. A los siete años la poliomielitis le inutilizó la pierna izquierda, confiesa un Edipo gigante con su madre y haber sufrido la crueldad de su maestro Scaramuzza. También fue víctima de la burla de los chicos del barrio por su aspecto feminoide. Sus padres lo retiraron de la escuela y lo educaron con una institutriz. Vivió 25 años en París y 23 en Mónaco y se transformó en un artista mimado por la nobleza europea. Dio 5.000 conciertos en 54 países. En 1965 grabó el Concierto Nº1 de Brahms con la Filarmónica de Munich, dirigida por Franz Paul Decker, y en 2013 la Tribuna de los Críticos de Radio France eligió esa grabación como el mejor registro fonográfico de esa obra. En 1994 y 1998, la revista francesa Diapason, especializada en música clásica, le otorgó el Diapasón de Oro y lo incluyó en una lista entre los 100 grandes pianistas del siglo XX. En 2013 Gelber retornó a vivir en Buenos Aires.

    Como en un goteo constante, Guerriero va conociendo a los personajes que rodean a Gelber, entresaca datos, reacciones, respuestas y silencios y arma así un rompecabezas siempre interesante y entretenido, por momentos sorprendente, alrededor de la intimidad del personaje. La mayoría de los encuentros son a la hora del té: Juana, la empleada, le abre la puerta a Leila; Bruno la espera sentado en la mesa. Las descomunales meriendas incluyen té, pasta frola, budín, sándwiches, alfajores, panqueques de dulce de leche. Un día que está lloviendo, Juana hace tortas fritas que Bruno confiesa estar comiendo por primera vez en su vida. Guerriero escribe: “Observarlo cortar una porción de torta, llevarla al plato, comerla, es una experiencia voluptuosa y, por lo mismo, arqueológica: ya nadie come así. Con esa entrega, con esa exageración carnal y carente de culpa. Al verlo solo puede pensarse en una orgía, en un banquete romano, en una bacanal”.

    Los satélites de Gelber son Jorge y Esteban. Jorge vende repuestos para motos. Un día que hacía una suplencia como chofer de remise, fue a buscar a Gelber a su casa. Allí se conocieron y se transformó en el asistente personal del artista, que además lo acompaña en sus giras. “Es mi mano derecha y mi pierna izquierda”, dice Bruno con humor. Esteban trabaja en una agencia de viajes y antes de que llegara Internet y se hiciera todo por la pantalla, cuando los pasajes se emitían en papel, traía periódicamente a lo de Bruno los tickets para las giras. Entonces un día Bruno lo invitó a que se quedara a tomar el té. Luego lo acompañó en algunas giras. Finalmente se instaló a vivir allí. Es tal el grado de confianza entre ambos, que Gel­ber desde Europa vendió su casa anterior y compró el actual apartamento y todas las operaciones las hizo Esteban en Buenos Aires como apoderado.

    No le gusta la soledad en el apartamento y por eso lo comparte con Esteban. Y lo explica así: “Desde lo de la polio y mi pierna, si estoy acompañado, me siento más protegido”. Y con mirada maliciosa agrega: “Pero en veinte años nunca lo he visto en pelotas. Ni él a mí”. Esa y muchas otras referencias a la sensualidad son al principio escurridizas pero luego, con el avance del intercambio, Guerriero irá destapando cajas hasta llegar al hombre que fue la pareja más prolongada y estable del artista, descubrimiento sorprendente que agregará más misterio a la figura del entrevistado.

    La estética de Gelber es la de los palacios y la realeza, el cine argentino de los 50 que mostraba las mansiones con escaleras imponentes, mucamas y mayordomos, y el jet set de Radiolandia, Antena, Radio Film y Mundo Radial. Tiene una inocultable pasión por Laura Hidalgo, una estrella del cine de esos años, y por todo el apartamento hay marcos con fotos suyas. El hombre y su entorno son una buena mezcla de cursilería y talento.

    Cultiva por igual la amistad y su contracara artificiosa, que es el comportamiento protocolar. Si organiza una comida en su casa o en un restaurante, ordena los sitios de cada uno en la mesa y regula los temas de conversación donde siempre se excluyen cuestiones oscuras o temas de salud. Si el invitado es él, mandará al anfitrión o anfitriona flores o bombones según corresponda, con una tarjeta manuscrita.

    Todo en Gelber es tan estudiado y hasta teatral, que cuando invita a un grupo de amigos —Leila incluida— a cenar al restaurante Azul Profundo, como considera que la luz del local desfavorece las caras de los comensales, lleva de su casa una lámpara china que da luz de distintos colores. La pone en el centro de la mesa, la prueba y le pide al dueño del restaurante que apague la luz del techo.

    Guerriero se da tiempo también para conocer a Franco, un alumno de Gelber de 20 años, y de asistir a algunas de las clases que este recibe del maestro, que casi siempre terminan en una cena de los tres. La calidad docente y humana de Gelber queda en evidencia cuando en una de esas cenas apunta: “Yo te voy a explicar lo que pasa con él. Yo soy una persona apasionada, romántica. Y este (Franco) es un intelectual. Hubo una época en que me dije: le voy a abrir su centro vital. Y vi que no se lo abría. Entonces pienso que no tengo derecho a hacer de él un ser apasionado en su arte si no lo es, si no está en su naturaleza.”

    El misterio de esa personalidad inasible del entrevistado termina seduciendo a Guerriero, que admite su perplejidad con estas palabras: “Un hombre que cena en La Tour d’Argent y Maxim’s y que considera aceptable llevar a un restaurante una lámpara china que cambia de colores. Un hombre en cuyo mundo interno, dramático y sensible, reinan Brahms y Beethoven y que por la tarde mira una telenovela para adolescentes llamada Las estrellas. Persisto en encontrar la solución a un misterio que quizás no existe.”

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