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El recorrido comienza aquí: París, 1891. Un hombre enjuto, de rostro curtido y ojos vidriosos (Vincent Cassel), atraviesa calles mugrientas y callejones mohosos cargando una bolsa sobre la espalda. Camina con disimulada dificultad. Tiene el cabello sucio y húmedo y cada tanto expulsa una tos seca. Su aspecto es el de un indigente. Ingresa a la galería de arte donde se exponen y venden sus pinturas y se encuentra con que nadie paga por ellas. Necesita dinero, pordiosea algunos billetes como adelanto y se marcha, bolsa en mano, con un gesto de disgusto. Este hombre es Paul Gauguin. Y esta ciudad, París, es para él un caldo tóxico y fermentado.
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Así comienza Gauguin: viaje a Tahití, ilustrando la penosamente precaria situación en la que se encontraba el posimpresionista francés, a quien, precisamente, le llegará el reconocimiento universal años después de muerto. La película se basa libremente en Noa, Noa, las memorias del pintor sobre su primer viaje a la isla de la Polinesia francesa, donde vivió entre 1891 y 1893, y recrea, de una manera un tanto complaciente, el azaroso periplo de Gauguin en su búsqueda de lo salvaje.
Realmente sentía que necesitaba alejarse, tomar distancia de la civilización. Quería hacer arte, un arte simple. Y para hacerlo sentía que debía ir al origen, internarse en la vida salvaje, conectarse con la naturaleza virgen. En París, el hombre estaba en la lona, arruinado, y tampoco es que dejaba atrás mucho de lo que aferrarse; de hecho, no le significó un gran problema que su mujer, Mette (Pernille Bergendorff), decidiera no acompañarlo junto con sus cinco hijos rumbo a lo desconocido. “Los que me reprueban, sobre todo tu familia, no saben cuál es la naturaleza de un artista”, le escribe a Mette, y le pide un tiempo para vivir la experiencia de inmersión en lo salvaje. “Llegará un día en que nuestros hijos se presentarán ante los demás exhibiendo orgullosos el apellido de su padre”, aventuró.
A pesar de sus quebrantos de salud, Gauguin encontró en Tahití, por entonces una de las últimas colonias de Francia, el ideal del jardín primitivo donde sumergirse con la inocencia de un niño. Al poco tiempo de establecerse en un pequeño poblado sufre un infarto. El médico que lo atiende también le advierte que presenta graves síntomas de diabetes. Pero él sigue. Sin ningún otro pensamiento que el de hacer arte. Pinta en el vidrio de una ventana, utiliza sacos viejos como lienzos, talla madera, recorre la selva, se relaciona con los nativos e intenta pescar a escopetazos.
Durante esta primera estancia, que duró unos 18 meses, mantuvo una relación con una isleña de trece años llamada Teha’amana y que él llamó Tehura. Así lo cuenta en Noa, Noa. En la película, en cambio, Tehura es presentada como una mujer adulta, interpretada por Tuheï Adams, como para no presentar una arista negativa del pintor. Tehura fue su amante y su musa. Protagoniza algunos de los cuadros más conocidos de los casi 70 que Gauguin pintó durante aquel tiempo y que se conocen como parte de sus “obras tahitianas”. Hay varios tramos dedicados a los momentos en los que posaba para él, que le daba indicaciones precisas de cómo estar y qué expresión adoptar.
Es destacable la recreación de época y el trabajo del departamento de vestuario, así como la labor del director de fotografía, Pierre Cottereau. La película de Deluc es visualmente muy atractiva, captura la riqueza plástica de la selva, su atmósfera y sus detalles, en encuadres relativamente bellos y elegantes. La cámara se pasea por los poblados y las aldeas y los rituales y las costumbres como un bus turístico recorre determinados puntos de interés de una ciudad. A su derecha verán a Gauguin, el legendario pintor a quien una tribu polinesia llamaba Kokán, dando indicaciones a Tehura sobre cómo posar para el cuadro que posteriormente se llamará Sola; luego podrán ver cuando este artista incomprendido y reventado encuentra a su musa acostada en la cama, desnuda, temerosa por la presencia de los tupapau, los fantasmas que viven en lo alto de la montaña; más adelante, estimados pasajeros, la recreación del momento en que pinta Los ancestros de Tehamana. Entre estos hitos también hay historias, pero el recorrido llegó a su fin.
Gauguin: viaje a Tahití (Gauguin-Voyage de Tahiti). Francia, 2017. Dirección: Edouard Deluc. Guion: Edouard Deluc, Etienne Comar, Thomas Lilti, Sarah Kaminsky, Raphaëlle Desplechin a partir de Noa, Noa, de Paul Gauguin. Con Vincent Cassel, Tuheï Adams, Malik Zidi, Pua-Taï Hikutini, Pernille Bergendorff y Marc Barbé. Duración: 102 minutos.