No pude asistir a los cuatro días del Festival de Jazz de Punta del Este 2018 pero estuve allí el sábado 6 y comprobé, para mi tranquilidad, que todo sigue igual para bien. Después de 22 ediciones musicales ininterrumpidas, la finca El Sosiego de Punta Ballena ha sido intervenida: el campo, las vacas y el cielo abierto ya son parte indisoluble del jazz que sale de las trompetas, los saxofones, los pianos, los contrabajos y las baterías. Me ponen una foto fija del campo y de las vacas en las narices y pienso automáticamente en jazz. No conocía a Chris Cheek pero enseguida quedé enganchado con el sonido cálido de su tenor, como si estuviese conectado a una estufa de leña y fuese responsable del crepitar del fuego en todas sus amables variaciones. El pianista nicaragüense Donald Vega, con Brandon Lee en trompeta y el filipino Jon Irabagon en tenor, realizaron un estupendo homenaje a las composiciones de Horace Silver, como Silver Serenade, Peace y Song For My Father. Y quien realmente salió del trillo fue Stephen Riley, un saxofonista tenor que eligió mayormente baladas para su set y desplegó notas con cuerpo airoso, que parecían sopladas por la bocina de un barco. Un placer, un bálsamo de medicinas musicales que pensaba continuar tomando de vuelta a Montevideo con mi iPod cuando subiese al ómnibus en Portezuelo. Pero la COT pasó como un bólido y me dejó clavado en la parada, encargándose de demostrar que la realidad es amarga y la mayoría de las veces te la tenés que arreglar sin receta. Conclusión: fui a la estación de nafta más cercana y encaré a un camionero que me trajo a Montevideo. No hablamos de música. Hablamos de incendios, de supermercados y de repartos en temporada alta y baja en un camión cuyo panel de instrumentos estaba pegado con varias capas de cinta adhesiva para embalar cajas.

