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    Jorge Rivero, el barrabrava que conseguía controlar a los violentos de Peñarol y que buscan los políticos porque “junta gente”

    “Yo entro a la tribuna y te saludo a uno sin dientes, invito a uno a comer un pancho, me siento con las viejitas, hablo con los porteros, con los de la Coca-Cola, pero me sale natural y la voy llevando así”, dijo “Jorgito” en la Justicia para explicar la forma en que lograba “parar el lío”

    A simple vista no da con el perfil de alguien que lidera una barrabrava. No tiene un físico que intimide, con 1,75 metros de altura y no más de 65 kilos. Lleva un aspecto cuidado, completamente afeitado, pelo corto. Tiene buenos modales, se expresa de forma clara y no tiene inconveniente en dar entrevistas a los medios. Así es Jorge Esteban Rivero Pereyra, más conocido como “Jorgito”, el hombre que lideró la facción más dura de la hinchada de Peñarol, la llamada “Barra Ámsterdam”, que el año pasado entre robos, enfrentamientos y hasta ataques con una garrafa a la Policía, no permitió que se jugara el clásico ante Nacional.

    Los hechos de violencia vinculados al club aurinegro, con heridos de bala y amenazas de muerte, colocaron su nombre en los medios de comunicación. Políticos de diferentes partidos lo mencionaban y llegó a ser el centro de la última interpelación al ministro del Interior, Eduardo Bonomi. El senador colorado Pedro Bordaberry remarcó el vínculo entre el barrabrava y la diputada frenteamplista Susana Pereyra, esposa del ministro.

    “Encontré declaraciones de la señora del ministro contando entre risas que ella es amiga de Jorgito”, comenzó diciendo Bordaberry en la interpelación de octubre. “Y resulta que dice: ‘Íbamos con una barra de amigos del Frente a un partido, y estaba ‘Jorgito’, que nos vio. Y le dije si nos dejaba entrar. Me dijo que sí. Pero le dije que venía con 20. Pasan los 20 porque son amigos de Susana’”.

    El colorado también cuestionó que la diputada recurriera al referente de la barra para acarrear gente y lograr una mejor votación en una interna del Movimiento de Participación Popular. Un dirigente de Peñarol consultado por Búsqueda dio fe de la relación entre la diputada y el barra y dijo que le hacía “ruido” que “siempre se habló de que ‘Jorgito’ era una especie de ahijado de Susana”.

    El ministro Bonomi se defendió también aludiendo a “Jorgito” y demostró que el barra integró listas de los partidos tradicionales. Primero acompañó a Bordaberry en la lista 1030 en el tercer lugar y en 2009 la lista 6 del senador blanco Luis Lacalle Pou se encabezaba con el rostro de ambos y Jorgito ocupaba el lugar 13.

    “Jorgito” no esconde sus vínculos con la política. “Junto gente porque ayudo todos los días del año. Capaz que alguien necesita una silla de ruedas y la consigo, entonces esa gente si les pido que me hagan la pierna van y votan. No lo voy a hacer porque soy lindo y bueno, cada cinco años tengo una changuita”, dijo a Canal 10 el año pasado.

    El salvador.

    Él no quería estar allí, según su declaración ante el Juzgado Penal de 14º Turno, pero “un lío en la Ámsterdam” durante un partido entre Peñarol y Bella Vista en 2010 cambió su rumbo. En el primer anillo de la tribuna un grupo de hinchas empezó a golpearse. “Jorgito” y Henry, otro de los que tiempo después sería referente en la seguridad de Peñarol, bajaron desde el anillo del medio “a apartar”. Hubo sangre, pero tanto el herido como el agresor desaparecieron. “La gente pedía que me quedara yo”, recordó.

    Allí nació la relación con el inspector Washing­ton Vega, encargado oficialmente de la seguridad en Peñarol. “Jorgito” y Vega presentaron un proyecto a la dirigencia del club que incluía a 25 personas identificadas como parte del personal. Peñarol lo aprobó y así comenzó un sistema de poder en manos de los barras que años más tarde explotaría. A Jorgito le pagaban $ 8.000 por partido para encargarse de la seguridad y le daban “otra plata para contratar alguna persona más”, según contó en el juzgado.

    Su estrategia era crear una red de referentes en cada sector. “Venía una barra de Marconi y yo miraba a quiénes le hacían caso; a esa persona le dábamos entradas para que controlara a su barra. Si hacían lío quedaban en penitencia”. “Así controlábamos todo el estadio y mientras estuve dio resultado”, dijo el ex referente.

    El club no le pagaba directamente a “Jorgito”, sino que el dinero se lo entregaba a Vega y era él quien se lo daba. Luego el líder de la barra repartía entre otros referentes de grupos menores. Las entradas también las recogía Vega en la Asociación Uruguaya de Fútbol, firmaba al retirar las 200 asignadas y luego se las daba a “Jorgito”, quien decidía cómo repartirlas.

    La imagen que transmite es la de un padre a cargo de cientos de chiquilines, de una especie de salvador que garantizaba la paz en un ambiente caldeado. “Yo entro a la tribuna y te saludo a uno sin dientes, invito a uno a comer un pancho, me siento con las viejitas, hablo con los porteros, con los de la Coca-Cola, pero me sale natural y la voy llevando así”, relató.

    Los problemas de la tribuna ocurrían, pero él dice que lograba frenarlos a tiempo poniéndose en la primera línea. “Cuando se tiraban piedras a los porteros yo me ponía adelante y cuando había lío adentro era el primero en ir, yo solo bajaba a la talud y los subía a todos para arriba”, dijo a la Justicia.

    La plata extra.

    Liderar la barra de Peñarol le dio a “Jorgito” prestigio entre sus pares y le abrió la puerta a otros negocios. Así llegó al cine con la película “Manyas”, en la que formó parte de los testimonios de hinchas aurinegros. Su intervención duró apenas 20 segundos: alguna mención a los bombos, el color de la hinchada y que lo importante es ganar en “la fiesta” al equipo rival. Nada más.

    Por esa película cobró $ 1.181.464, unos U$S 60.000 en ese entonces, pagados por la productora Kafka Films. Él y Henry, los referentes de la barra, acordaron recibir 40% de las ganancias para “favorecer el normal desarrollo de la producción”.

    El acuerdo con los líderes de la barra les permitió ingresar cámaras en la tribuna Ámsterdam para filmar a la hinchada en acción. Pero aún con el visto bueno de “Jorgito” y Henry, los realizadores se encontraron con algunos problemas. “A muchos hinchas no les gustaba que se filmara en la tribuna, soportamos alguna amenaza o insulto”, dijo una fuente de la producción.

    También recibió $ 20.000 por mes de Peñarol “por su actividad en el área de seguridad” y de “la venta de remeras del equipo”, según expedientes judiciales a los que accedió Búsqueda.

    Los viajes eran otra oportunidad para el líder de la barra. Dirigentes aurinegros recuerdan que estuvo “muy activo” en la Copa Libertadores de 2011 cuando Peñarol llegó a la final jugando partidos en Argentina, Brasil, Ecuador y Chile. Dos años después, en marzo de 2013, el procesamiento con prisión de otro barrabrava dejó en evidencia el mecanismo.

    José Borba fue procesado por tenencia de drogas, pero al momento de detenerlo tenía también 50 entradas para el partido entre Peñarol y Vélez que se jugaría días después en Buenos Aires. Las entradas eran de protocolo y no se debían comercializar, eran un canje entre los clubes. Sin embargo, “Jorgito” las vendía. En ese caso Vélez dio 150 entradas a Peñarol. “El club me las entregó a mí y yo saco dos ómnibus. Las que le di a este muchacho fueron 50 para que sacara una excursión”. Por ello le cobró a Borba $ 49.000, $ 1.000 por entrada, y le obsequió una para él.

    “Jorgito” desfiló por varios juzgados y por diferentes causas, pero en todas quedó libre. “La única forma que puedo ir preso es por matar a uno de tanto estrés que tengo”, dijo en 2013 a Las Voces del Fútbol. Sin embargo, habla por teléfono con ex barras que están presos y los ayuda con dinero para sus familias.

    El palco y Punta del Este.

    En 2015 decidió alejarse. Él repite una y otra vez que el motivo fue que el club no lo “blanqueaba”; que no lo integraban a la institución ni le daban ropa para identificarse como seguridad del club.Para varios dirigentes el asesinato de Reni, otro de los referentes de la hinchada encargado de los bombos, fue una señal de alerta y sumado a amenazas de muerte prefirió dejar el lugar. En contadas ocasiones volvió a ver a Peñarol, y dos veces fue al palco en el estadio Campeón del Siglo, según dice.

    Hoy, a sus 42 años, “Jorgito” se define como un comerciante y desde hace dos años sus ingresos surgen de las 23 tragamonedas y mesas de pool que maneja a consignación. Así se compró una camioneta —que aún está pagando— con la que transporta sus máquinas, no tiene bienes a su nombre, y vive con su pareja y sus dos hijas.

    Sin embargo, aunque repite una y otra vez que está lejos, sigue en contacto con los referentes de la barrabrava, incluso los que están presos. Con Paolo López, procesado por la muerte de Reni, habla por teléfono cada 20 días y lo ayuda dándole $ 1.000 a su señora para que pueda ir a visitarlo con su hija.

    Otro de los reclusos es Darwin Parentini, alias “Coco”, con quien habló en los días previos al frustrado clásico. Según contó en el Juzgado, “Coco” le pedía si podía volver a la tribuna porque ya se olfateaba que habría problemas en la tribuna Ámsterdam. También se lo solicitaron dirigentes y él tenía intenciones de ir.

    “Se notaba que iba a haber lío. Les dije que iba el domingo y les daba una mano porque si voy puedo parar el lío. Los dirigentes me preguntaron qué dice Carlitos (Correa, seguridad del club). Y como no tuve respuesta me fui a Punta del Este”.

    Información Nacional
    2017-01-19T00:00:00

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