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    Judíos y palestinos sin maquillaje

    Fauda, una exitosa serie israelí en Netflix

    Detrás de esta serie hay un actor y un periodista. Ambos son judíos y viven de cerca el conflicto árabe-israelí. El actor, Lior Raz (La maestra de kindergarten), integró el Ejército y estuvo en situaciones similares a las que después interpretó en la ficción. Avi Issacharoff, el periodista, es especialista en temas palestinos y de Medio Oriente, y sobre ellos escribe en The Times of Israel. Ambos son los guionistas de Fauda, una serie que se estrenó en 2015 en el canal Yes de Israel y tuvo un éxito inesperado entre palestinos y judíos, grandes elogios de la crítica y seis premios Ophir que otorga la Academia Israelí. Ahora Netflix compró los derechos y ya están disponibles los 12 capítulos de su primera temporada.

    En la zona de Gaza y Cisjordania actúa una unidad de inteligencia israelí en forma encubierta. Sus integrantes se infiltran entre la población palestina en busca de terroristas. Hablan árabe como cualquier árabe, entran en sus mezquitas, conocen sus hábitos, las callejuelas que forman laberintos, los galpones descascarados donde puede haber armas o alguien escondido.

    Lior Raz interpreta a Doron, un viticultor que lleva una vida aparentemente apacible con su mujer y sus dos hijos, lejos de la frontera caliente. Antes había sido responsable de la unidad encubierta en Gaza y cuenta entre sus méritos haber matado a Abu Ahmad (Hisham Suliman), un feroz terrorista apodado El Pantera, quien asesinó él solo a más de cien israelíes.

    Pero en el primer capítulo de la serie, el grupo de inteligencia descubre que El Pantera no murió, entonces Doron regresa a la unidad especial. Está furioso, tiene el ceño siempre fruncido y parece dispuesto a todo. Matar a Abu Ahmad se vuelve algo personal.

    A partir de allí comienza una trama vertiginosa en la que se desata el caos, que de hecho eso significa la palabra árabe “fauda”. En una escena, una familia palestina festeja una boda, bailan, cantan, comen bocadillos típicos y brindan honores a los novios. Todos ríen hasta que aparece la tragedia y muere quien no debe morir.

    En otra escena, ahora del lado israelí, hay un pub y una joven sentada a la barra que parece sentirse mal. La linda y amable camarera se preocupa por ella, pero el diálogo es breve porque el pub explota y hay decenas de muertos. Y la situación se vuelve cada vez más personal y más violenta y más caótica.

    En esta serie el comando israelí tiene toda la tecnología y las armas a su disposición, pero a la hora de actuar discrepan, se agarran a golpes, desobedecen a la autoridad y se equivocan. Son todos hermanos en la misma pelea, pero cuando hay una infidelidad matrimonial que involucra a dos miembros del equipo, no hay entrenamiento militar que reponga la confianza.

    Por su parte, los palestinos actúan en forma casi artesanal. Hablan suave y pausado, incluso cuando le están colocando un chaleco explosivo a uno de sus mártires. El Pantera es especialmente cariñoso con quienes lo rodean, pero puede matar en medio de un abrazo. Es un monstruo con buenos modales que convida con café y cigarros. Y la actuación de Hisham Suliman, actor palestino-israelí, es convincente y hace un buen contrapunto con Lior Raz. A ambos les brillan los ojos cuando están uno frente al otro.

    Lo diferente de esta serie, y de allí su éxito, es la forma de mostrar este largo conflicto de implicancias políticas, religiosas y territoriales. Sus creadores no quisieron adoptar un único punto de vista, pero tampoco ser neutrales. Por el contrario, se comprometen con ambos lados y muestran sus móviles, sus miserias y hasta el costado humano. Porque en la trama tienen tanta importancia los combatientes como sus familias. Entonces hay mujeres solas a cargo de hijos que pueden ser secuestrados, un alto jerarca israelí divorciado que organiza su vida familiar desde el celular y le dice a su hijo cómo calentar la pizza y una mujer palestina que canta una canción de cuna en un hospital israelí porque ya no le importa el conflicto, solo salvar a sus hijos.

    Por otra parte está la crueldad sin límite. Hay torturas y acciones que ponen en riesgo a niños o inocentes de uno y otro lado. “Para esto fuimos entrenados”, le dice un miembro de la unidad israelí a la única mujer que integra el equipo y que no soporta uno de los terribles interrogatorios. También terribles son las etapas por las que pasan los mártires que llevarán a cabo las grandes misiones de Hamás. Hay algo muy cínico en la distante cordialidad de los encargados de preparar al mártir o de quien arma el chaleco explosivo.

    “Cada medio de comunicación, cada taxista, cada familia, se sentaban y discutían los viernes por la noche sobre Fauda, Fauda, Fauda ”, dijo el guionista Issacharoff en una entrevista al explicar el éxito de la serie.

    Los creadores lograron que el tema fuera atractivo por la buena elección e interpretación de los actores israelíes y palestinos, incluidos los más secundarios, por la acción que no da tregua y por la sensación permanente de que siempre puede suceder algo más.

    Además, hay dos ingredientes que agregan condimento y realismo. Uno es que los personajes hablan en hebreo y árabe, y por momentos las lenguas se confunden, salvo a la hora del rezo final, porque es muy difícil rezarle a un dios ajeno en una lengua ajena cuando se está por morir.

    El segundo ingrediente es la actuación de un actor casi adolescente, Shadi Mar’i, en el papel de Walid, la mano derecha de El Pantera. Su actuación crece en cada capítulo y tiene tanta garra e intensidad que termina siendo uno de los personajes más atractivos. Y su presencia da miedo.

    Vida Cultural
    2017-02-16T00:00:00