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Quienes entraban a su casa del barrio Atahualpa, donde vivió durante las últimas décadas, eran recibidos por Marlon Brando y Mohammed Alí. Sus dos mayores ídolos estaban estampados en dos grandes posters en el zaguán. Aprendió a actuar mirando a su héroe en películas como Nido de ratas —para él, la mejor actuación en la historia del cine— y se crio en el barrio Sur vibrando con las peleas del mítico boxeador supercampeón de los pesos pesados. Brando y Alí se subieron con él al escenario durante sus más de 60 años de carrera. Se lo dijo a Búsqueda en un par de ocasiones, en ese living atiborrado de discos y cintas de VHS con sus películas favoritas. De hecho, lo primero que hizo al irse de la Comedia Nacional fue encarnar a un entrenador de boxeo en la obra Corazón de boxeador. Julio Calcagno, Polo para sus amigos, el gran actor uruguayo que actuó en casi un centenar de obras de teatro y varias películas, murió el lunes 22 a los 87 años. Había subido por última vez a un escenario en El Galpón, en el verano de 2020, en El padre, un protagónico a la altura de su enorme carrera. Tras la pandemia ya no volvió a actuar.
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Julio Calcagno en El padre, su último trabajo, en 2020. Foto: Difusión El Galpón
Julio Calcagno Durañona fue uno de esos artistas con sello propio. Una marca registrada. Y uno de los pocos actores uruguayos que, con escasa presencia en la pantalla (El viaje hacia el mar es su única aparición trascendente en una película), logró un importante caudal de notoriedad y reconocimiento. No llegó a ser un actor popular porque le faltó presencia mediática, pero se acercó bastante. Las redes reflejaron, el día de su muerte, el cariño que se ganó en buena ley, a fuerza casi únicamente de pararse firme en el escenario y decir con convicción. Porque quien vio actuar a este hombre pequeño de estatura y gigante en carisma y personalidad difícilmente no resultó cautivado por su magnetismo y su potencia histriónica.
En su biografía Calcagno al Sur, de Roxana Rugnitz (que incluye un estupendo prólogo de Héctor Guido), y el capítulo dedicado a él en el libro Sin maquillaje, de Fernanda Muslera, Calcagno cuenta cómo la calle, las pasiones populares y la dura circunstancia de perder a su padre a los ocho años (asesinado en un bar del Centro) moldearon su carácter y su firmeza arriba y abajo del escenario. En esas páginas el actor defiende con energía su preferencia del teatro de texto, con contenidos “que dejen algo”, en oposición a otras tendencias.
Julio Calcagno junto a Malena Muyala y Checo Anselmi en el espectáculo Zitarrosa 80, en el Estadio Centenario, en 2016. Foto: Santiago Mazzarovich, adhocFOTOS
Fue un actor total. Hizo drama y comedia, clásico y contemporáneo, comedia del arte, hizo tragedia griega, teatro isabelino y Siglo de Oro, hizo Lorca, hizo Tabori y los popes estadounidenses como Miller, Williams y O’Neill, hizo sainete rioplatense y teatro del absurdo. Hizo todo: desde debutar en una obra dirigida por China Zorrilla en 1958 (El enanito feo) hasta actuar en una pieza de vanguardia de Roberto Suárez (El hombre inventado) en 2006. Y fue dirigido, entre otros, por Atahualpa del Cioppo, Carlos Aguilera, Rubén Yáñez, Eduardo Schinca, Laura Escalante, Héctor Manuel Vidal, Júver Salcedo, Horacio Buscaglia, Villanueva Cosse, Luis Cerminara, Jorge Curi y Omar Grasso.
Estuvo ligado a la Comedia Nacional desde sus inicios. Al formarse en la EMAD, de la que egresó en 1960, en sus primeros años como profesional fue invitado frecuente del elenco oficial. Luego pasó tres décadas alternando entre compañías como Teatro del Pueblo, El Galpón y el Circular, hasta que en 1994 ingresó al elenco estable de la Comedia Nacional, donde se transformó rápidamente en uno de sus grandes nombres. Allí se dio el gusto de escribir una obra dedicada al poeta Líber Falco, otro de sus próceres. Cada tanto, cuando pudo, volvió al ruedo independiente, como en la comedia dramática Una relación pornográfica, que coprotagonizó con Margarita Musto.
Más allá de los géneros, los lenguajes, los estilos y las escuelas que abordó, Calcagno construyó un estilo propio, basado en su tono de voz agudo y ronquecino, su presencia enérgica, su gestualidad intensa y su viveza chispeante para el humor. Su respuesta rápida y espontánea como un latigazo, el humor callejero, rápido e implacable, nunca faltaron en su valija de herramientas. Bien lo recordó el lunes Mariana Percovich, quien lo dirigió en Bodas de sangre, en la Comedia Nacional. “Los que la vimos nunca nos olvidaremos de los dedos cortados, muchos aprendimos de teatro viendo a Calcagno en La empresa perdona un momento de locura. O en Potestad. Personalmente y porque ando pensando mucho sobre actuación, en Calcagno identifico el primer despliegue actoral potente uruguayo: intensidad rítmica y sudor, sorpresa y golpes de efecto de boxeador o de artista de circo. Con Bolani y pocos más son una estirpe de acróbatas de la actuación. ¡Gracias, Julio!”.
Julio Calcagno en Después de la caída, de Arthur Miller, con la Comedia Nacional, en 1997. Foto: Gustavo Castagnello
Percovich menciona uno de los títulos fundamentales en el extenso camino de Calcagno en la escena montevideana: La empresa perdona un momento de locura. En esa obra del venezolano Rodolfo Santana Calcagno interpretó a Orlando Núñez —seguramente, su personaje más recordado—, un obrero de una fábrica que estalla en furia ante el accidente laboral que sufre un compañero y que al relatar el insuceso pronuncia la célebre frase “le cortaron los dedos”. La obra, estrenada en la primera mitad de los años 80, tuvo varias temporadas en el Circular y El Galpón y fue uno de los grandes éxitos del teatro uruguayo durante la dictadura; una de las tantas obras en las que se podía decir sin decir y que funcionó como símbolo de resistencia cultural al régimen militar. De hecho, la dictadura le negó el pasaporte para viajar a presentarla en Venezuela.
Otro de sus trabajos memorables, esta vez con la Comedia Nacional, es El viento entre los álamos, obra del francés Gérard Sybleiras, dirigida por Mario Ferreira en 2005, una comedia brillante en la que junto con Jorge Bolani y Pepe Vázquez compuso un trío de veteranos de la I Guerra Mundial que pasa los días en un asilo de ancianos y juntos emprenden la misión de atravesar el campo para llegar a una alameda detrás de la cual hay una calle donde se puede ver el mundo exterior. Esta historia sencilla, hecha para tres viejos actores, explotó de humor y teatralidad bien conducidos. Fue un gran éxito en su primera versión, en la que estuvo dos años en cartel, y luego fue reestrenada a los 10 años, en la Alianza, ya cuando los tres grandes intérpretes uruguayos estaban fuera de la compañía departamental.
Con una foto de los tres en esa puesta y un par de líneas que definen su esencia en forma magistral, lo recordó Bolani esta semana; y mencionó a Luna, su única hija, que tuvo con la actriz Alejandra Wolff, que le permitió descubrir la paternidad a los 64 años, una felicidad que compartió con entusiasmo en cada entrevista que dio durante los últimos 20 años: “En el llano, un corazón así de grande, un consejero de vida casi sin hablar. En cualquier escenario, un mago de inexplicables conejos. Sabemos que una Luna te va a iluminar siempre. Gracias”.