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    Karo kari

    Hace tres décadas, viajando en un ómnibus entre Madrid y Santander, vi, aunque de a ratos, una película en la cual un norteamericano o un inglés (nunca me quedó claro) encontraba connotaciones en todas las cosas que se le cruzaban, desde los artículos de un diario hasta los horarios de vuelo de un aeropuerto o las líneas de las baldosas de una vereda.

    Considerado “rarito”, primero se reían de él, luego fue declarado genio (y la película en cuestión se basaba en un hecho real, con nombre y apellido) pero al final no hubo más remedio que internarlo. La mente del pobre hombre estaba totalmente exhausta.

    Son cosas muy conocidas esas connotaciones, como muy conocida es esa sensación que sentimos de ya haber visto algo, de ya haber vivido algo o de sentir que algo va a pasar. Vemos a alguien que nos recuerda a un conocido, pero no es ese conocido. El conocido en cuestión se aparece minutos después, como si el fulano anterior hubiera sido su anunciante.

    Fue lo que me pasó hace un par de días. Primero leí en la prensa uruguaya que el país recibiría media docena de terroristas: una colección de caritas sacada del museo del horror. Luego leí sobre los centenares de refugiados sirios que llegarán allá. Después me tomé un café y teniendo en cuenta el calor reinante, decidí quedarme en casa mirando una película.

    No sé si inspirado por los aportes del gobierno uruguayo al enriquecimiento étnico y cultural de la población nacional, importando terroristas islamistas, o quizás influido por el tema de las connotaciones antes subrayadas, el hecho es que saqué de la biblioteca un DVD con un capítulo especialmente peculiar de una popular serie policial sueca: Beck.

    Beck me gusta mucho. Me atrapa desde el comienzo. Me deja pensando durante un largo rato. Me hace volver al contenido repetidas veces, aunque no tanto como Wallander, cuyos acontecimientos se desarrollan en mi zona (uno de ellos en mi propio barrio) y los protagonistas hablan el mismo dialecto que yo. Es como si estuviera viendo a mis vecinos, y dos de los actores fueron, realmente, vecinos míos.

    Bien, el capítulo que elegí ver de Beck se llama “El hombre sin cara”. Trata de un tipo simpático y bonachón, un vendedor de alarmas muy amigo de tener amantes, que después de ser asesinado es “desprovisto” de su cara. Un asesinato ritual de rara peculiaridad.

    Los culpables de este hecho son dos: su propia esposa (sueca), que lo mata porque está cansada de ser engañada y porque además se enteró de que su marido había dejado embarazada a una de sus amantes (cosa que nunca había logrado con ella), y un pakistaní, hermano del marido de la amante embarazada.

    No hay entre ellos colaboración alguna: ambos lo quieren matar, pero por diferentes motivos. Cuando el pakistaní lo va a emboscar, a la hora que el gordito sale a pasear el caniche, descubre que el pobre tipo ya tiene un cuchillo de cocina metido en el pecho. Se dedica entonces a cortarle la cara como un pielrroja cualquiera.

    El tema central de la película es pues el de los asesinatos de honor, muy practicados en el mundo musulmán pero difíciles de aceptar para aquellos que siempre están dispuestos a pensar bien de toda la humanidad, y en especial de esa parte de la humanidad que no comparte nuestros valores.

    Recuerdo qué aversión sentían esos seres bien pensantes cuando la prensa comenzó a hablar de asesinatos de honor cometidos en Suecia. Acusaban a quienes así hablaban de racistas. Pero cuando media docena de padres y hermanos habían asesinado a sus hijas o hermanas por tener un novio sueco o por ponerse pollera o por salir a bailar un sábado cualquiera, no hubo más caso que aceptar que los crímenes de honor eran una realidad. Un sello de marca del mundo musulmán.

    Estas barbaridades se cometen en cantidades industriales en Pakistán. La organización Human Rights Commi­ssion of Pakistan informó que durante el año pasado, 869 mujeres murieron víctimas de los crímenes de honor. Es la cifra oficial: la real es varias veces mayor.

    La mitad de esas muertes se deben al famoso Karo Kari, como en el capítulo de Beck que acabo de ver. Según este principio, la familia se otorga el derecho de “hacer justicia” y limpiar la honra sufrida matando a quien deshonró a toda la parentela casándose por amor o negándose a aceptar al marido elegido por los padres.

    No importa si la hija o la hermana son felices al lado del marido que eligieron: tienen que pagar la deshonra con sus propias vidas. La ley vigente tiene en cuenta ese detalle y no castiga a los asesinos.

    Es un gravísimo error pensar que todas las culturas son iguales, que todas las culturas tienen el mismo valor. Hay culturas buenas y culturas malas, hay culturas avanzadas y culturas atrasadas. Hay culturas superiores y culturas inferiores, aunque esta clasificación hiera el espíritu de gentes que se ufanan de su humanismo pero solo son capaces de condenar ciertos actos violentos, dejando pasar por alto otros actos más violentos aún.