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    La ANEP diseña un “código deontológico” sobre laicidad para “orientar” a los educadores en el sistema educativo público

    “Hay que proteger a la institución escolar de cualquier ostentación ideológica, actividad provocativa y acción beligerante”, dice jerarca responsable de laicidad y educación, al referirse a pintadas de fachadas y cartelería política exhibida en ámbitos de la enseñanza

    “La laicidad no es un concepto muerto ni es un tema del pasado, sino un afirmador de la democracia y de la república”, dice el profesor Pablo Fucé al referirse a este “pilar de la reforma vareliana” que define como un “principio jurídicamente constituyente e identitario de la singularidad educativa del país”.

    Uruguay se conformó con la síntesis de los principios revolucionarios de la modernidad: libertad, igualdad y fraternidad. “Y el cuarto es la laicidad”, explica Fucé, coordinador del Centro de Estudios sobre Laicidad y Educación del Consejo de Formación en Educación de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP). El también doctor en Humanidades y Artes, egresado del Instituto de Profesores “Artigas” (IPA) en la especialidad de Historia, trabaja con las autoridades del Consejo Directivo Central (Codicen) de la ANEP en el diseño de un “código deontológico” sobre laicidad para “orientar” a los docentes en este tema.

    “Porque hay que proteger a la institución escolar de cualquier ostentación ideológica, actividad provocativa y acción beligerante”, dice el ex coordinador académico nacional del Departamento de Historia del Consejo de Formación en Educación (2013-2021) y docente universitario de posgrado en la Universidad de la Empresa (UDE).

    Lo que sigue es un resumen de la entrevista con Búsqueda.

    —Robert Silva, presidente del Codicen, dijo a Búsqueda que la formación docente en temas de laicidad es “fundamental” para el sistema educativo uruguayo. ¿Qué rol debe asumir el educador y en qué está trabajando la ANEP sobre este tema?

    —Si bien el tema de la laicidad está incluido en los planes del programa actual de formación de maestros, profesores y demás educadores, el abordaje es muy puntual. Hoy no es un eje transversal en la formación docente, cuando sí es una cuestión transversal a la república y, por supuesto, a la educación, entre otros ámbitos. En el campo educativo es crucial que lo sea, porque allí se encuentra en una relación de asimetría entre el educador y el alumno. En el sentido de que la laicidad establece un diálogo entre el particularismo de una cultura confesional o política que el niño o joven conoce por su entorno familiar y social, y una cultura universal que le permite resignificar eso que él vive y que le ha ido moldeando en su proceso de socialización.

    —Usted sugiere que hay que ir más a fondo en temas de laicidad en los programas de formación docente.

    —Hoy se enseña, sí; pero falta mucho. Los programas son controvertidos. Ejemplo: si trabajamos la Prehistoria, siempre podrá haber algún estudiante que, legítimamente, plantee una posición basada en la teoría creacionista. ¿Y qué vamos a hacer con eso? ¿Lo vamos a negar, a rechazar, a desconocer? No; lo abordaremos desde la razón y el juicio, porque desde ahí se puede llegar a un mínimo consenso, donde pesan las evidencias disponibles y que distingue dos niveles. Uno es el conocimiento cultural, que es el primer rol que cumple el educador, de transmitir esas evidencias a las nuevas generaciones. Y otro es el nivel proselitismo, el de la adhesión, el de la creencia. Cuando el educador atiende, satisface y deslinda esas dos órdenes, cumple su tarea. No damos clase para convalidar un punto de vista, para eso hay otros ámbitos. En un régimen liberal y constitucionalista, los educadores servimos la información disponible y documentada para que el alumno pueda elegir.

    —Hay quienes plantean que esta discusión sobre la laicidad es de otra época. ¿Qué valor y vigencia tienen estos fundamentos para la comunidad educativa, el sistema político y la sociedad civil?

    —La laicidad no es un concepto muerto ni es un tema del pasado. Es un principio jurídicamente constituyente e identitario de la singularidad educativa del país. Hay tres principios reconocidos de la modernidad: libertad, igualdad y fraternidad. Y el cuarto es la laicidad. Aquellos tres principios son consustanciales a este cuarto, que es una garantía. Como planteó José Pedro Varela, entre otros: una república necesita una intervención de los educadores que no solamente instruya en contenidos disciplinares sino que también forme ciudadanía. Y en ese sentido es que la laicidad también importa, porque asegura al alumno el acceso a diferentes autores, fuentes de información y perspectivas, sometidas al juicio y al raciocinio, sin perjuicio de una dimensión emotiva. Y después cada uno desarrollará sus preferencias filosóficas, ideológicas, profesionales, etcétera, y elegirá hacia dónde encaminar su proyecto de vida. Por eso es importantísimo que pueda tener un acompañamiento desde la lógica de la razón y el conocimiento actualizado y acreditado hasta ese punto máximo en que la decisión última sobrecae en su libertad de conciencia. Pero es cierto que en Uruguay falta recorrido…

    —¿Qué falta?

    —Por ejemplo, lo que estamos intentando hacer desde ANEP este año, un abordaje internacional del tema. Un abordaje que muestre que los países que han cultivado la laicidad como un principio reconocido jurídicamente tienen una tradición de investigación en la materia. En Francia y México existen corrientes intelectuales que plantean estos asuntos hoy. Por eso la laicidad no es un tema muerto ni del pasado. Si queremos defender un sistema republicano y democrático, uno de los pilares es comprender que la diversidad de puntos de vista es enriquecedora.

    —Concretamente, ¿qué es lo que proponen desde la ANEP?

    —Creo que es necesario fortalecer una dimensión deontológica de la profesión docente. Que haya un código deontológico para saber de forma orientativa qué hacer sobre todas estas cosas que forman parte de la profesión docente y modelan nuestra acción. El educador tiene que tener un código de prescripciones sobre la laicidad que sea como un norte para él. ANEP está trabajando en ese sentido para fortalecer esa dimensión ética y profesional que forma parte de la tarea diaria de todo educador.

    —¿Y cómo lo hará?

    —Primero hay que recuperar el carácter universal del principio de la laicidad para enseñarlo mejor. Además queremos recoger la herencia de los grandes pedagogos uruguayos que han trabajado en la materia, como Otto Niemann o Reina Reyes, para mostrarles a las nuevas generaciones de educadores que ellos forman parte de esa tradición. Y lo otro que queremos hacer es territorializar este trabajo, con talleres que empezarán a funcionar a fin de año, en particular con estudiantes que están por egresar. Estamos formando planteles docentes especializados en estas literaturas para trabajar en centros de estudio sobre laicidad y educación con una estructura orgánica que permita cubrir esos frentes.

    —Suele decirse en estas profesiones que el mejor código deontológico es aquel que no existe, entre otras cosas por aquello de ¿quién se arroga el derecho a juzgar a sus pares?

    —Bien, el mejor código es el que no está escrito, pero eso no quiere decir que no exista. Uno puede defender que no esté escrito para que nadie se arrogue ese poder de juzgar a los otros. Pero no quiere decir que no exista. Y en el caso de los educadores pasa eso, en respuesta a ciertos episodios que fueron surgiendo que nadie imaginaba que estaban afectando la laicidad. Lo importante es ir construyendo la explicitación no de lo que tiene que estar escrito sino de lo que debe ser considerado. En el ejercicio práctico, en un aula o sala de profesores, a la vez que entregamos nuestro conocimiento didáctico-pedagógico ponemos a la laicidad en acción para contribuir a la libre formación racional de la conciencia del educando. Si logramos eso, no es necesario escribirlo en ningún lado, pero sí saber que está ahí, que existe.

    —En lo práctico, ¿qué debe hacer el educador ante la exhibición de ciertas pertenencias identitarias por parte de alumnos o colegas en el ámbito de la enseñanza pública?

    —El docente tiene que advertir la inconveniencia de esa exhibición ostentosa. Una cosa es que uno sea cristiano y lleve un crucifijo sin exhibirlo y otra es que el crucifijo esté colgado en una pared. Y ahí va el sentido común en que el educador sepa manejarse... es necesaria esa precaución.

    —¿Por qué es necesaria esa “precaución”?

    —Porque la laicidad es un principio pacificador. En la medida que cada uno ostenta sus opciones valorativas puede haber una provocación hacia el otro; una señal beligerante. Porque ese espacio común, en lugar de ser respetado como un ámbito de iguales, con un fin determinado, está siendo intimidado por fuerzas externas a la escuela. Una de las cosas que el educador, la institución y la comunidad educativa hacen es proteger de las presiones de las corporaciones de distinto tipo que legítimamente disputan el terreno público. Por eso hay que proteger a la institución escolar de cualquier ostentación ideológica, actividad provocativa y acción beligerante. Porque lo que se está haciendo es defender la paz. Un principio de respeto recíproco que facilita que las personas encuentren un ámbito en donde trascender su particularidad y alcanzar ese otro principio que es el de la fraternidad. Más allá de que el otro sea de una coalición política, de Peñarol o Nacional, católico, judío o ateo. Acá ese otro es igual a mí y aquí compartimos otras cosas comunes como seres humanos con derecho a expresarnos, a discutir y a razonar. Pero no hay por qué tolerar que otros nos impongan deliberadamente sus filosofías. Por eso la laicidad también evita polarizaciones y grietas, y por eso también está muy vigente en el siglo XXI.

    —Aun así, lo que para algunas autoridades resulta admisible por defender que “son jóvenes y tienen derecho a expresarse”, para otras resulta inaceptable y tienen una mirada más “censuradora”, por entender que la laicidad es “una regla de oro”. ¿Cuál es el punto de referencia en el ámbito escolar?

    —¿Por dónde empezamos y por dónde terminamos? Porque si cada uno viene con una bandera, porque es su identidad… Pero la laicidad es un principio defensor de la república y eso significa que los valores de la república deben ser defendidos por ella. Si tenemos un orden constitucional que reconoce la igualdad de trato a las personas, eso significa que en la clase nos vamos a comportar de la misma forma. Y frente a una posición que impugne esa igualdad, como docentes, vamos a ser firmes y a decir: “Esto no es aceptable”. Frente a esas opciones que rechazan los principios fundamentales para la institución escolar hay que ser firme y claro. Y existe un marco normativo en el cual el docente puede ampararse frente a estudiantes que no encuentran sentido a la escuela o al liceo y buscan llamar la atención. Son casos extremos, pero existen, incluso con el amparo de los propios padres.

    —Por otra parte, cada cierto tiempo surgen episodios que ponen en debate la laicidad, como recientemente el de la cartelería colocada en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República alusiva a la LUC o el de las pintadas de estudiantes de magisterio sobre la fachada del IPA. ¿Cómo se deberían resolver estos casos?

    —Educando en el valor del espacio público en el sentido fuerte del término. El espacio común a todos puede ser pago como el transporte público; no siempre lo público es gratuito. Pero cuando además de ser público es gratuito, como lo es la institución escolar, las facultades o las formaciones de educadores, el conjunto de los ciudadanos cumple un compromiso para satisfacer que todos accedan a esa formación. Y por lo tanto el cuidado, el respeto por ese esfuerzo es algo que hay que trabajar, educar. Hay que enseñarles a las personas que más allá de la voluntad particular que tengan por dar a conocer una posición, cualquiera sea esa y en la forma que sea, a través de una pintada o de carteles, hay un valor superior: aquel en que toda la comunidad hace el esfuerzo, político, social y económico, para que todos encuentren una oportunidad de formación. Entonces, el respeto a la pared no es solo el valor patrimonial añadido que pueda tener el edificio, sino hacia la sociedad toda que está haciendo su esfuerzo para que tengan los profesores y estudiantes un espacio en el cual formarse. También ahí hay un vacío del conocimiento del pasado. Si recuperamos ese concepto de lo público como algo valioso, esas expresiones tenderían a desaparecer. Entiendo que las personas que lo hacen dicen defender un espacio público, el problema es cómo conceptualizan ese espacio. Es una tensión permanente.

    —De hecho, los estudiantes del IPA refirieron a su derecho a manifestarse “en nuestros muros”, de forma democrática y libre. Incluso el senador Sebastián Sabini (Frente Amplio) denunció un “ataque a la libertad de expresión”. ¿Cómo se dirime esa tensión?

    —No es algo a resolverse de una sola vez, en una sola ocasión. Por eso creo en este proyecto de recuperar esas tradiciones, de la laicidad... Además todo esto ocurre en contextos en donde hay libertad para disponer de un espacio interno para expresar puntos de vista sobre asuntos educativos o gremiales. Y, por otro lado, ¿quién es portador de lo público? ¿Quién es el actor y sujeto de lo público? Puedo decir que soy yo, porque represento la voluntad pública, pero no serlo. Por eso digo que es una tensión que siempre está ahí, entre la legítima expresión de las personas y las atribuciones que le corresponden para dar cuenta o no de la capacidad de representación que eso tiene sobre el espacio público.

    —Ahora, esa falta de precisión hace que una autoridad de turno diga que los edificios públicos pertenecen a todos los uruguayos y que un centro educativo no debe ser usado como soporte de proselitismo político alguno, mientras otras hacen la vista gorda. ¿A qué atenerse?

    —De nuevo, como en el aula, llevado a la comunidad educativa. Las personas que cohabitan un mismo espacio pueden coincidir o no con el mural que se pinta o el cartel que se cuelga en la facultad, que puede no representar a todos cuando es una institución que alberga a todos; a los que están a favor, en contra o ajenos a esas expresiones. Por eso, en orden a respetar a los que no toman esa iniciativa debemos actuar, porque si no sería un espacio en conflicto, en guerra, llevado, se entiende, a un terreno de confrontación ideológica. ¿Y si fuera un hospital, qué diríamos? ¿Y si fuera una comisaría? ¿Y en un juzgado? ¿Por qué tiene que ser distinto en la escuela? El concepto es que las instituciones republicanas están al servicio de los ciudadanos y eso significa que el Estado debe ser respetuoso en todo sentido.

    —Usted decía que en el caso de los procesos educativos hay una mediación de lo racional que necesariamente requiere un distanciamiento frente a las adhesiones particulares…

    —Y en esa relación lo que se le pide, particularmente al estudiante, es que tenga una mentalidad abierta, receptiva, para que su razón se ponga en juego y llegar a cierta conciliación. Por eso, la laicidad en cierta forma es un elogio a la mesura, en medio de las crispaciones y polarizaciones. Por eso también hay que cuidar la infancia de los conflictos adultos. Y por eso la laicidad es un concepto de afirmación de la democracia. Pero sin partidizar posiciones, cuanto menos en la era digital, para evitar, por ejemplo, la formación de guetos en las redes sociales, todo lo que también impide el diálogo democrático.

    Información Nacional
    2022-06-15T22:05:00

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