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    La Colonia Berro, un lugar donde conviven un espacio de recuperación y un campo de batalla con disputas y drogas

    Los funcionarios ya habían advertido que en cualquier momento algún chiquilín se fugaría. Diciembre es un mes complicado porque las fiestas de fin de año alteran los ánimos de los adolescentes presos y los intentos de fugas se multiplican. Todos los años es así. Unas semanas atrás, tres internos hicieron un boquete en el módulo 2 del ex Hogar Ser —el de mayor seguridad—, pero los descubrieron antes de escapar. Sacaron el revoque, quitaron ladrillos y quedaron a un golpe de salir. Los guardias clausuraron el lugar y avisaron para que lo volvieran a tapar.

    El miércoles 14 los mismos reclusos volvieron a intentarlo. Estaban en un patio y aprovecharon que había dos mesas para las visitas, se subieron arriba, uno hacía de base para que otro saltara y así cruzaron al fondo del hogar. En unos minutos estaban corriendo por las 200 hectáreas que tiene la Colonia Berro sin que la guardia policial del perímetro se enterara. El mismo día capturaron a uno de ellos, pero los otros dos siguen fuera.

    Este año es uno de los más bajos en fugas, apenas una decena, comparado con la histórica cifra de más de 800 en 2010. Sin embargo, los funcionarios responsabilizan a la administración por la falta de personal y las pésimas condiciones del Hogar DM —ex Ser— como causa de los escapes.

    Peleas diarias entre los reclusos, transas con droga, agresiones a los funcionarios, motines y robos organizados por celular desde la celda y la entrega de beneficios a los delincuentes más pesados por parte de la presidenta del Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa), Gabriela Fulco, son algunas de las denuncias hechas por miembros del Sindicato Único de Trabajadores del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (Suinau) ante la administración y el Parlamento.

    En la Colonia Berro hay siete hogares donde están recluidos 230 de los cerca de 500 adolescentes privados de libertad. Conviven realidades antagónicas: el ex Ser tiene pocos presos y allí reina el caos; y el Hogar Ituzaingó tiene 60 chicos que estudian, trabajan y hacen la limpieza del centro.

    Entre motines y falsos ahorcados.

    En el ex Hogar Ser hay 24 reclusos —dos de ellos aún fugados— que ya son mayores de 18 años, pero comenzaron a cumplir sus penas siendo menores, y fueron catalogados como los más peligrosos del sistema juvenil. Mientras en otros centros denuncian hacinamiento, allí el espacio sobra: hay cuatro módulos en una única planta con capacidad para unos 70 reclusos, pero apenas hay un tercio. Se pelean a diario y saldan sus deudas de la calle dentro de la cárcel.

    La mayor parte del día están encerrados, apenas un par de horas salen a un patio con una bolsa de boxeo. Las duchas y los inodoros están dentro de la celda para evitar enfrentamientos. De las rejas cuelgan sábanas, hay humedad en las paredes, colchones tirados en el piso húmedos también y los inodoros sucios.

    Allí están dos de los delincuentes que intentaron robar una sucursal de El Correo en Pocitos en 2013 y que terminó con un tiroteo y dos muertos. Están en el módulo 4 y su prontuario dentro del centro, según describen los funcionarios, incluye droga, peleas con otros reclusos, motines y coordinar robos y tráfico de droga por celular desde la celda.

    Dos jóvenes que están en el módulo 2 son los más complicados del centro. Son mayores y llevan años dentro del sistema penitenciario para pagar sus muertos. Los falsos ahorcamientos son comunes. Los presos llaman a los funcionarios a los gritos porque alguien se colgó con una sábana y cuando el guardia entra para bajarlo otro preso lo toma de rehén. Lo hacen para escapar o liberar el acceso a otro módulo y pelear.

    La vida cotidiana del centro pasó a depender de cómo evitar que se crucen o que tengan elementos para agredirse. Hacen “puntas” y “cortes”, como llaman a las improvisadas armas blancas, con lo que sea: una lapicera, un CD o un cepillo de dientes es un potencial cuchillo. Comen con cubiertos descartables y cuando salen al patio para darle paso a los de un módulo encierran al resto.

    En los primeros días de diciembre hubo dos funcionarios quemados en diferentes centros. Uno de ellos fue por interrumpir una pelea y a otro le tiraron “agua caliente”, que en los códigos carcelarios no es solo agua; fue agua, shampoo y orina calentada con un improvisado sun. Los golpes y los cortes son diarios. No hace mucho a un trabajador le clavaron un fierro cerca de la córnea y por poco no perdió la vista.

    El presidente del sindicato de trabajadores del Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU), José Lorenzo López, dijo ante la Comisión de Población y Desarrollo de Diputados el pasado jueves 15 que en el último año y medio 120 funcionarios pasaron por el Banco de Seguros del Estado por las agresiones.

    Trabajadores del Inisa dijeron a Búsqueda que “en este contexto hay momentos en que los funcionarios tienen que poner límites” y se dan “situaciones violentas” porque “no son ningunos santos”. El caso más conocido es la golpiza a tres menores en el Centro de Privación del Libertad donde estuvieron involucrados una veintena de funcionarios y que terminó con 17 procesados con prisión y otros nueve sin prisión —entre ellos López—, por tortura. El jueves pasado el Tribunal de Apelaciones de 3er Turno absolvió a 14 de ellos y a otros 12 les cambió la tipificación del delito por abuso de autoridad.

    Días después la administración del Inisa decidió abrir sumarios a los trabajadores que en 2015 participaron en la huelga en protesta por el procesamiento de sus compañeros. Como respuesta el sindicato ocupó este miércoles las instalaciones del Inisa por considerar que la apertura de sumario es “un acto represivo”.

    El arma escondida.

    La última requisa en el ex Ser encontró drogas, algunas “puntas” y cuatro celulares —el récord está en 16. No deberían estar allí, pero de alguna manera llegan. Los propios funcionarios denuncian que “seguramente exista algún compañero corrupto”, aunque la mayoría entra de forma ilegal en las visitas.

    Por la noche los trabajadores recorren el hogar y escuchan las conversaciones de los presos, ya que para tener señal en sus celulares necesitan pegarse a la ventana de la celda. Se avisan dónde escondieron la plata de robos, organizan motines en otros centros y dirigen sus negocios de droga afuera. En más de una oportunidad los trabajadores advirtieron a las autoridades, pero se dan menos requisas de las necesarias.

    También advierten que los controles a las visitas no son lo estrictos que deberían ser. Entre las denuncias hay casos donde se ingresaron armas y drogas en alimentos como tortas o milanesas. Incluso, en uno de los centros una mujer intentó entrar un revólver escondido en su vagina, pasó el primer control pero llamó la atención por su forma de caminar y el escáner la dejó en evidencia.

    López aseguró que “en ciertos momentos mandan más los gurises que los trabajadores”. Y agregó que “se conceden beneficios a los que peor se portan” para “tratar de bajarlos y que se porten mejor. “Es el mundo al revés”, afirmó.

    Las visitas conyugales no están reglamentadas en las prisiones juveniles, pero en los hechos en el ex Ser donde hay mayores de edad existen y es otro mecanismo de extorsión entre los propios reclusos. “Se puede dar la situación de que un preso con ‘menor fuerza’” en el módulo “pague con la visita conyugal de un familiar” para otro recluso, denunció ante los diputados el dirigente Víctor Mango.

    Allí también relató cómo al llamar por teléfono al ex Ser se llevó una sorpresa.

    —¿Quién está a cargo ahora?— preguntó Víctor.

    Del otro lado le respondieron con un nombre y enseguida le preguntaron quién hablaba.

    —Víctor habla.

    —¿Ah, Víctor? ¿Por qué no te vas a la concha de tu madre? —le dijeron entre risas.

    El teléfono del propio centro lo tenían los reclusos.

    Incluso, uno de los presos de mayor reputación negoció con la propia presidenta del Inisa la desarticulación de un motín a cambio de un televisor de plasma, según los funcionarios.

    La isla en la Colonia Berro.

    A una cuadra del ex Ser está el Hogar Ituzaingó, el que tanto administración como funcionarios presentan como un éxito. No es porque haya delincuentes de poca monta; allí hay “violines”, como se llama a los violadores en la jerga carcelaria, sicarios, homicidas, “trafi” o “arruina pibe”, como se conoce a los traficantes de drogas, y rapiñeros. Lo que cambia es el sistema de internado.

    A diferencia del ex Ser, en Ituzaingó, los detenidos pasan la mayor parte del día fuera de sus celdas. Van al liceo, tienen un enorme gimnasio para boxeo, una panadería y repostería, una sala de computación, otra para plástica y otra con futbolito, tejo y mesa de pool. También hay una quinta y criaderos de corderos, pollos y chanchos.

    Pueden comer con cubiertos de acero inoxidable o, dicho en términos carcelarios, alimentarse. “Yo me alimento, no como”. En la prisión los códigos son diferentes. Se dice “tomar asiento, no me siento”, dormir es “hacer sueño”, carne es “la aftosa”, leche es “la vaca”, el pan es “marroco” y “bagayo” es aquel que no tiene peso entre los presos. A los funcionarios les preocupa el uso de señas codificadas que se instalaron y que son difíciles de entender.

    Algunos juegan al play station en sus celdas y tienen televisión con cable en los lugares comunes de los dos pisos. Vieron clásicos entre Peñarol y Nacional juntos. De hecho, uno de los adolescentes que estuvo preso fue uno de los asesinos del hincha de Peñarol Rodrigo Aguirre en 2011 y tres años después, en abril de 2014, vio con otros 100 reclusos el triunfo de Peñarol contra Nacional 5-0 sin ningún problema.

    Otro de los presos es un joven que violó a una niña de 14 años y luego la mató. Nadie en el hogar lo sabe porque el “violín” es el delito más condenado entre los reclusos. Lleva cinco años cumpliendo condena y su proceso dentro de Ituzaingó lo llevó a que ahora trabaje haciendo tareas de mantenimiento en un centro educativo. Uno de los sicarios que participaron de un triple asesinato en Rivera también trabaja en tareas de limpieza.

    La pulpa de tomate.

    El “Mono Mono” con apenas 15 años ya cargaba una larga lista de rapiñas. En 2007 robó otra vez y la Policía lo atrapó atrincherado en el asentamiento La Manchega y lo derivaron al Ituzaingó. Era de los más bravos y los funcionarios no lograban que se involucrara hasta que encontraron su tarea: hacer pulpa de tomate. No paraba de sacar frascos y los funcionarios se ilusionaron con el cambio. Hasta que llegaba la hora de la visita. Su madre lo esperaba con una catarata de reclamos. “Vos estás acá y nosotros nos morimos de hambre afuera” y una serie de insultos. Terminaba la visita y “Mono Mono” estaba más violento que antes.

    Al problema de la violencia entre los jóvenes se suma que al momento de su liberación vuelven al mismo contexto y reinciden. Existe un seguimiento a través del Proyecto de Inserción Social y Comunitaria, pero los funcionarios denunciaron ante Diputados que “fue desmantelado” por la administración. El programa se construyó con el movimiento sindical y la ayuda de empresas privadas y públicas que facilitaban los empleos, pero en el último año pasó de 60 y 120 adolescentes trabajando a 20.

    Hubo otro chico que fue liberado el año pasado tras cumplir su condena por robar una carnicería en Las Piedras y dispararle a un policía. Lo derivaron al Ituzaingó y llegó analfabeto. Durante sus años de pena se reconvirtió y terminó saliendo del hogar con liceo completo, como campeón de boxeo en los 63 kilogramos y con trabajo en Ancap. Parecía encaminado hasta que un amigo le dijo que volviera a Las Piedras, que el frigorífico de la zona necesitaba gente y lo convenció. El trabajo era zafral y al poco tiempo quedó desempleado. Se ennovió con la hermana de un “trafi” y al poco tiempo estaba robando en una veterinaria para comprar cocaína y hacer pasta base. Otra vez cayó preso y como ya era mayor, fue al Comcar.

    Información Nacional
    2016-12-22T00:00:00

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