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Fuera de las salas teatrales tradicionales, Montevideo tiene una interesante cantidad de auditorios con gran potencial escénico. Bien lo sabía allá por el 2007 Jorge Denevi, quien en su breve pero intenso período al frente de la Comedia Nacional hizo un relevamiento de salones de actos de instituciones educativas. Su idea era que la compañía los usara en sus giras por los barrios. Al final no sucedió, pero 16 años después un espectáculo del elenco departamental se representa en el Salón de Actos de la Facultad de Medicina. La sala tiene forma circular, como el paraninfo de la Udelar. Sobre las paredes, retratos de todos los decanos en los más de 100 años de la institución, y sobre el estrado, en lo alto, una gran cúpula —más bien una semicúpula— ofrecen un marco de solemnidad acorde con los tiempos en los que fue construida, en la primera década del siglo XX. Y un marco de imponencia acorde con la historia que venimos a ver. En la escalera de acceso al edificio está encendido el cartel de neón rojo ya clásico de este período de la Comedia iniciado en 2022. El “Frankenstein” que se lee desde la calle es una grifa visual que da un marco de contemporaneidad a los espectáculos, una unidad estética a la programación que este año se aúna bajo la leyenda conceptual Nuevos Clásicos. Más allá de la calidad y la valía de los espectáculos representados, el marketing da sus frutos: apenas con un fin de semana en cartel ya se agotaron todas las funciones programadas (cuatro por semana hasta el 10 de setiembre).
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El recinto resulta ideal para ambientar esta historia vinculada al ámbito hospitalario y, de hecho, el acondicionamiento básico que recibió para este estreno permitió recuperarlo para su uso público, porque estaba cerrado desde hacía varios años. Para escenificar esta adaptación de Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela que Mary Shelley publicó en 1818, cuando tenía 18 años, fue convocada la coreógrafa y bailarina Andrea Arobba, una de las referentes de la danza contemporánea uruguaya en los últimos 25 años. Las creaciones de Arobba (Historia universal de la belleza, Epifanía, Big bang) integran a la danza disciplinas como el teatro y el audiovisual. Su estilo tiene un fuerte énfasis dramatúrgico, por lo que resulta muy natural la fusión de lenguajes que propone en esta ocasión. De hecho, para crear la versión escénica de esta historia Arobba convocó a la novel escritora Gabriela Escobar (autora de la elogiada novela Si las cosas fuesen como son) y al escritor, músico y realizador audiovisual Pablo Casacuberta, fundador y director del Centro de Artes y Ciencias Gen, dedicado a promover proyectos que integren esas dos disciplinas.
“¿Qué ocurre cuando se traspasan los límites de lo humano? ¿Podemos generar sin desaparecer una inteligencia que nos supere?”, se pregunta Arobba en el texto incluido en el programa de mano. En poco más de 60 minutos las responde con un espectáculo que en cierto modo es un Frankenstein, en su acepción contemporánea de superposición de partes aparentemente inconexas pero que dan forma a algo nuevo. Frankenstein es una fusión de teatro, danza contemporánea, música y audiovisual, con la poderosa y omnipresente impronta literaria de este clásico considerado entre los textos precursores de la ciencia ficción. Antes que nada, una aclaración: esto no es una versión integral de la novela sino que toma los elementos básicos de la anécdota ficcional y de los dos personajes fundamentales: el Doctor Víctor Frankenstein (Diego Arbelo) y el “monstruo” que también pasa a portar su apellido (Fernando Vannet), creado mediante la inyección de energía eléctrica en un ensamblaje humanoide hecho con cadáveres.
La acción escénica transita por diversos estados o manifestaciones. Un equipo médico que ensambla los cuerpos en una coreografía desenfrenada que inaugura la obra; una disertación académica en un foro universitario, en la que Mario Ferreira encarna a un docente que explica conceptos básicos como el significado de la palabra monstruo o cómo es usado en la modernidad el término Frankenstein; un video hecho en un tipo de animación digital llamada morphing (generado con inteligencia artificial), proyectado en la cúpula, en el que decenas de rostros humanos se transforman los unos en los otros; una voz en off que narra parte de la historia; el cuerpo del monstruo en la oscuridad, iluminado solo con una linterna proyecta una sombra gigante sobre el techo de la sala (ver foto).
Las escenas teatrales son arquetípicas: están diseñadas como pinceladas que entran y salen de la novela. Algunas de ellas se centran en la historia familiar de Shelley y otras trascienden el relato y apuntan al presente y al futuro: ¿dónde podemos encontrar el concepto Frankenstein hoy? Y la respuesta de los creadores apunta a las recientes disrupciones de la inteligencia artificial. El dilema moral del doctor Frankenstein, su dolor y su tormento, cuando su invento comienza a escapar de su control y adquiere vida y deseos propios, logra implicancias filosóficas y metafísicas que son trasladadas al escenario. Este es quizá el pasaje más arriesgado y discutible. La tesis de Frankenstein lo vuelve un espectáculo pretencioso, que no se conforma con un planteo estético —que lo tiene— sino que se lanza de cabeza hacia el dilema ético del avance tecnológico (chat GPT4 incluido). Y esa ambición se enfrenta a la dificultad de la fragmentación de la narración. Las diversas aristas que recorre la obra quedan presentadas pero no todas llegan a completarse conceptualmente.
Asimismo, la puesta de Arobba entrega imágenes de gran sugestión y belleza, como la de Víctor y su doble dentro de las mismas prendas, un pañuelo que no toca el piso durante varios minutos o las escenas en solitario del monstruo luchando consigo mismo, en un nuevo gran trabajo de Vannet, un actor en franco ascenso interpretativo. Varias decisiones estéticas resultan claves para el impacto y el dinamismo de la puesta: la banda sonora de Juan Chao, notable en su concepción digital y en su aporte a la tensión dramática; el escenario construido en la sala, con dos largas plataformas que lo extienden a los pasillos, y la iluminación, casi en exclusiva a través de linternas manipuladas por los 11 integrantes del elenco (gran labor de Verónica Loza, a cargo de estos dos rubros). Esta hisotria se narra con el cuerpo: el fuerte componente coreográfico revela las buenas condiciones corporales de los nuevos integrantes del elenco, incorporados este año por concurso, como Joel Fazzi, Dulce Elina Marighetti y Mané Pérez, y de los tres becarios que refuerzan el plantel: Ana Rey, Diego Lois y Andrés Marsicano.
La Comedia evalúa programar más funciones de Frankenstein. Habrá que estar atentos.