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Inmediatamente después de que un artista firma contrato con el Cirque du Soleil, es conducido al Taller de Sombreros, donde se realiza un escaneo digital de su cabeza para obtener un molde sobre el que trabajarán los diseñadores de sombreros, pelucas y trajes enterizos, para que todo calce perfectamente. Un centenar de cabezas de yeso blancas descansan sobre las repisas que acaparan las paredes de la sala. Pero esas testas inertes de ojos cerrados, bocas mustias y orejas apenas moldeadas son solo las más recientes. En los depósitos hay más de 1.300, tantas como los acróbatas, payasos, actores y bailarinas reclutados por la compañía en sus 30 años de historia. Es la primera sala de la recorrida por la sede central del Cirque du Soleil realizada por Búsqueda a mediados de 2013. No es la única. Hay varios edificios similares en Las Vegas, donde el Circo tiene ocho shows en cartelera permanente. Pero esta es la más importante, porque es donde se engendra el emporio creativo que luego gira por todo el planeta.
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En Quebec, el arte circense es asunto de Estado. Un buen malabarista, lejos de trabajar en una esquina por la moneda, puede convertirse en un virtuoso, ganarse el respeto de la sociedad, recorrer el mundo en el circo de tal o cual compañía y recibir muy buen dinero a cambio. Situado en el barrio Saint-Michel, en la zona norte de la ciudad de Montreal —un típico entorno industrial suburbano—, el gran edificio totalmente vidriado parece un parque tecnológico o una corporación del Silicon Valley. Está enclavado en el polo circense de la ciudad, entre la Tohue, un auditorio circular, similar al viejo Cilindro montevideano, para unos tres mil espectadores consagrado a shows circenses, y la Escuela Nacional de Circo, una institución pública subvencionada por el gobierno provincial de Quebec y el Estado canadiense, que forma gratuitamente artistas de todas las disciplinas circenses. Recibe alumnos de todo el mundo que, además de aprender a volar y aterrizar, allí completan la enseñanza secundaria regular.
Volvemos al cuartel general de Guy Laliberté, donde varias mujeres confeccionan pelucas pelo por pelo, con una “aguja maestra”. Una sola cabellera puede demandar hasta un mes de trabajo. La visita continúa por una auténtica galería de oficios escénicos. El Taller de Calzado también está repleto de moldes, pero de los pies de los acróbatas. A partir de zapatos convencionales, los artesanos fabrican todo tipo de botas, botines, borcegos y tamangos multicolores.
Al lado está el gran Taller de Vestimentas, donde se fabrican las pinturas en grandes hornos cilíndricos y se aplican sobre las telas con sistemas computarizados que permiten mil y una combinaciones cromáticas. Desde tanques de mil litros hasta tarritos del tamaño de una copa de licor, desde la brocha gorda al microaerosol, el color se encuentra con la textura y la forma.
Los iluminadores tienen su feudo en un estudio que ocupa un galpón completo, donde prueban diseños para luego plantarlos en el estudio. El paraíso de la luminotecnia. En otro recinto similar se confeccionan decorados, junto al inabarcable balcón de utilería, que recuerda el sitio donde Spielberg archivó el arca perdida.
Por más que estamos dentro de la NASA de las artes escénicas, en el Cirque du Soleil todo es única pieza y todo está hecho a mano. Los trabajadores, sea cual sea su oficio, cuentan con guías de diseño de cada espectáculo, en planos y fotos. Peinados, trajes y zapatos impresos en grandes láminas. Llama la atención que en estos tiempos una organización de esta envergadura siga usando biblioratos. Para un trabajo artesanal como este, el papel en la mano sigue siendo más práctico que las pantallas, explican los artistas.
Artistas, diseñadores y operarios acceden a la biblioteca y videoteca, actualizada con miles de ediciones sobre artes escénicas de todo el mundo, con secciones tales como arte chino, cultura subsahariana o expresiones aún más específicas como el arte textil boliviano o las danzas maoríes.
Luego de atravesar un largo pasillo decorado con fotos de “Quidam”, “Ovo”, “Amaluna” y otros hits del Cirque, llegamos al gimnasio de musculación, donde entrena un grupo de acróbatas chinos. En el Estudio de Danza, dos rubias conversan como en un banco de plaza, con sus piernas extendidas en 180 grados como en el ballet.
El Estudio de Acrobacia es la sala mayor del edificio, donde cientos de arneses y trapecios cuelgan de las parrillas, sobre redes y colchones de todos los tamaños.
Antes de salir, una grada modesta, para unas 50 personas, domina el espacio de muestras. Una curiosa hiedra artificial cubre la pared más alta y continúa por el techo. Podría ser una mera instalación artística, pero está ahí para solucionar la deficiente acústica del recinto que impedía la correcta escucha de las alocuciones. Una solución con arte.
Junto a la puerta, una enorme y vistosa caja fuerte del siglo XVIII, del tamaño de un ropero, perteneciente a la colección de excentricidades de Laliberté. Apenas alcanzaría para guardar una mínima parte de la fortuna del visionario emprendedor que pasó de caminar en zancos y escupir fuego a ser uno de los mayores millonarios de Canadá y andar en naves espaciales. Pero es un símbolo inequívoco de su aventura.