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    La “Nena” rota

    Arte eterno: Delmira Agustini, a un siglo de su muerte

    Hay vidas que empiezan a contarse por el final. Porque es brutal y doloroso, lacerante. Este es el caso de la poeta Delmira Agustini, que los liceales conocen más o menos brevemente de las clases de literatura. Además de su trágica muerte, en Agustini impacta la intensidad y belleza de una obra forjada con apenas 28 años. La vida de la “Nena”, como la llamaban en la controladora casa paterna, fue trunca, dividida y envenenada. En la última foto que su padre le tomó poco tiempo antes de morir a causa de dos balazos en la cabeza, Delmira no parecía una joven de menos de 30 años. Llevaba una blusa oscura, el cabello le caía de manera tosca a los lados y se la veía sin energía, sin luz, sin vitalidad.

    La poeta nació cuatro años después que el primogénito de sus padres, llamado Antonio. La niña fue precoz en su desarrollo intelectual y hasta los doce años tuvo como única maestra a su madre. El “mito Delmira” se construye también sobre datos de su infancia. Según describe Mario Álvarez en su libro “Delmira Agustini”, fue una “niña prodigio” que nueve meses después de nacer decía palabras completas y a los diez ya caminaba. A los dos años, mientras acompañaba a su hermano en el estudio, aprendió a deletrear y a los cuatro ya sabía escribir.

    Lo que primero la alejó un poco del seguimiento “cuerpo a cuerpo” de su madre fueron los estudios de piano en la adolescencia, y luego las clases de francés. Todos los que conocieron a la joven insisten en la vigilancia de su madre y la dependencia de Delmira. Empezó pronto con la lectura y decidió que sería escritora. A los 16 trabó amistad con un vecino de Sayago (ella vivía en Colón): Giot de Badet, gracias a quien conoció la poesía simbolista francesa.

    Sus padres fueron Santiago Agustini y María Murtfeldt, que se casaron en 1882 y tuvieron a Delmira en 1886. Ella se llamó así para homenajear a su abuela materna. Vivían con una holgura económica sustentada en el gusto del padre por hacer dinero, dedicándose a negocios financieros. Cuando nació la Nena, se convirtió en el centro de la vida de su madre, que tenía expectativas elevadísimas con ella. “Yo afirmo que mi hija fue excepcional. No jugó nunca, a pesar de que tenía en casa al hermanito. Su seriedad nos desconcertaba. Desde los tres años, yo la recuerdo sentada junto a mí, cosiendo y haciendo zurcidos al principio, luego bordando”. Para conseguir que la suya fuera una mente “fuera de serie”, había alrededor de Delmira una estimulación constante.

    Los esfuerzos de María fructificaron en 1902, año en el que la joven publicó su primer poema: “Poesía”, en la revista “Rojo y Blanco”. Meses después ya estaba escribiendo prosa para la revista “La Alborada”: unos retratos de señoritas de sociedad con el título de “Legión etérea”, y también más poemas. Delmira perteneció a la generación del 900, acompañando a figuras de la época como Julio Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones, Ruben Darío, y admiró mucho a Horacio Quiroga.

    Darío, el poeta nicaragüense, comparó sus escritos con los de Santa Teresa y en el prólogo a la edición de “Los cálices vacíos”, no se guardó elogios: “De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón de flor. A veces rosa por lo sonrosado, a veces lirio por lo blanco. Y es la primera vez en que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de la verdad de su inocencia y de su amor, a no ser Santa Teresa en su exaltación divina. Si esta niña bella continúa en la lírica revelación de su espíritu como hasta ahora, va a asombrar a nuestro mundo de lengua española. Sinceridad, encanto y fantasía, he allí las cualidades de esta deliciosa musa. Cambiando la frase de Shakespeare, podría decirse ‘that is a woman’, pues por ser mujer, dice cosas exquisitas que nunca se han dicho. Sean con ella la gloria, el amor y la felicidad”.

    Aunque tuvo enamoramientos anteriores —y paralelos—, su relación con el rematador floridense Enrique Job Reyes fue la más poderosa, al punto de conducirla al final trágico compartido por los amantes. Se casaron el 14 de agosto de 1913, después de cinco años de un noviazgo llevado a la vieja usanza. La madre de Delmira, enferma psíquicamente y dominante, se opuso a esta unión desde el comienzo, porque creía que ser madre arruinaría el arte de su Nena.

    El matrimonio no duró más que un mes y medio. Luego Delmira volvió a la casa paterna. Enrique y Delmira se divorciaron el 5 de junio de 1914. El mismo año en que publicó su primer volumen de poemas, en 1907, el Parlamento había aprobado la primera ley de divorcio escrita por el jurista Carlos Oneto y Viana, quien después fue su abogado en el divorcio. Los amantes siguieron viéndose a escondidas en una habitación del Centro donde, en julio del mismo año, Enrique asesinó a la poeta y se mató. El padre de la joven, que anotaba todo en escrupulosas libretas, escribió aquel 6 de julio: “Día fatal de la Nena”.

    A la muerte precedieron encuentros y misivas, testigos documentales que sobrevivieron al paso del tiempo. Entre las cartas, la de Enrique Job es una de las más notables por su virulencia, y habla de cómo se inmiscuyó la madre de la poeta. “Ya he visto abogados que me defenderán y sabrán desenmascarar ante la sociedad a ese monstruo que me hizo revelaciones tan repugnantes pocas horas antes del acto sagrado que íbamos a realizar, y que hoy quiere destruirlo, y te aleja de mí, y te priva hasta de que tengamos una entrevista, atemorizada por las consecuencias que traería el que yo te revelara su horrible secreto. Pero dile que no tema, que aún no ha llegado el momento, que aún puede quedar ese secreto guardado dentro de mí; pero también dile que si ella pretende manchar mi nombre con una calumnia, yo haré saber al mundo entero el monstruo que se encierra dentro del cuerpo de María Murtfeldt de Agustini”.

    En las cartas de Delmira a Enrique —y a enamorados como Manuel Ugarte— usaba muchas veces un lenguaje aniñado, pueril, contrario al de su poesía, cargada de una sensualidad que buscaba expresar emociones extremas. “Mi corazón moría triste y lento.../ Hoy abre en luz como una flor febea;/ ¡La vida brota como un mar violento/ Donde la mano del amor golpea!/ Hoy partió hacia la noche, triste, fría,/ Rotas las alas, mi melancolía;/ Como una vieja mancha de dolor” (“Explosión”).

    Delmira escribía sobre todo por la noche, o en raptos de inspiración durante paseos, o al tocar el piano. Su obra de poesía modernista rebosa erotismo y fuertes imágenes simbólicas. En vida editó “El libro blanco” (1907), “Cantos de la mañana” (1910) y “Los cálices vacíos” (1913). Póstumamente se publicaron “El rosario de Eros” (1924), “Los astros del abismo” (1924) y “Correspondencia sexual” (1969). En “El libro blanco” se incluyen poemas muy buenos, como “Lo inefable”, “Las alas” y “Los relicarios dulces”. Entre 1912 y 1914 escribió otros versos clave como “El cisne”, “Plegaria”, “Visión”, “Otra estirpe”, “Mi plinto” y “En el camino”.

    Su poesía de extremos elevados es un lugar apasionado adonde siempre se puede volver. Los registros de su tragedia afectiva en la que el encuentro de dos es riesgoso, son testigos de los límites oscuros y mórbidos de la vida. Como los que muestra en “El vampiro”: “¿Por qué fui tu vampiro de amargura?/ ¿Soy flor o estirpe de una especie oscura/ Que come llagas y que bebe el llanto?”.

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