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    La bestia rock

    Shakey, una biografía de Neil Young de mil página

    Además de la música, ama los autos. Su primera banda está asociada al primer auto que se compró, con el dinero de su madre: un Buick fúnebre Roadmaster del 48, al que llamó “Mortimer Hearseburg”. Moqueta azul, cortinas negras, borlas doradas. En lugar del ataúd, la banda con las guitarras y los amplificadores. En ese coche viajaron desde Canadá a Estados Unidos, un viaje tipo The Blues Brothers, escuchando California Dreamin’ por The Mamas and the Papas en la radio a válvula. En ese coche, que vaya uno a saber cuántos muertos llevó al cementerio antes de transformarse en emisario musical, llegó al mundo la suavidad del baladista y el rock sucio de Neil Young.

    Padeció la polio, que le dejó una secuela, un cuerpo enclenque en su primera juventud y años de timidez exacerbada. Sufrió ataques de epilepsia que lo noqueaban. Aunque los podía anticipar y desmayarse con tranquilidad fuera de la vista del público, a veces era sorprendido incluso en el escenario. Fue operado de un aneurisma. Tuvo dos hijos con parálisis cerebral. Y sobrevivió a todo porque su música es más fuerte. Hay algo del coche fúnebre en su vida, algo de rock oscuro, oscurísimo.

    Había nacido en el Hospital General de Toronto el 12 de noviembre de 1945. Un niño nuevo para un mundo nuevo que intentaba recuperarse de la II Guerra Mundial. En sus primeros recuerdos destacan los escaparates de las tiendas musicales de Winnipeg. Guitarras, saxos y baterías, instrumentos de colores relucientes, más apetitosos que la factura recién salida del horno, bien mantecosa, de una buena panadería.

    Otros músicos canadienses: Leonard Cohen, Joni Mitchell, Diana Krall. Cineastas canadienses: David Cronenberg. Actores canadienses: Jim Carrey. Escritores canadienses: Alice Munro, Saúl Bellow. Voluptuosidades canadienses: Pamela Anderson. Todos representantes de la auténtica Norteamérica, la que está por encima de la Unión y de los Estados Confederados, la que te mata con el frío, las grandes distancias y el silencio, a veces con la indiferencia, otras veces con la ambigüedad. “Por algún motivo, en Canadá hay algo que hace que siempre les des vueltas a las cosas; que te plantees si otros podrían pensar que lo que dices está mal, antes de estar completamente seguro de tener razón”, dice Neil Young.

    Algunos números: más de 400 canciones compuestas. Las diez mejores, según los lectores de la revista Rolling Stone: Helpless (sobre su infancia en Canadá), Powderfinger (sobre una familia de contrabandistas), Cortez The Killer (sobre Hernán Cortés), After the Goldrush (Robin Hood, el presente y el futuro, un delirio), Ohio (la muerte de cuatro estudiantes a manos de la Policía), Harvest Moon (sobre lo que sea, cualquier cosa), Like a Hurricane (depende del ánimo de Young: puede durar desde tres minutos a más de quince), Heart of Gold (Bob Dylan la odia, la considera una copia de su música, pero una copia sublime), The Needle and the Damage Done (dedicada al yonqui Danny Whiten, guitarrista de Crazy Horse y amigo de Young), Old Man (dedicada a Louis Avila, el hombre que trabajaba la tierra donde Young instaló su rancho Broken Arrow, en el norte de California, donde vive actualmente).

    Lo que más odia: que las cosas no se hagan a su manera. El modo de encarar un tema. El modo de grabar. El modo de planificar una gira. El modo de disponer los lugares en el escenario. Tanto con su primer grupo importante, Buffalo Springfield (el pelo a lo beatle, las patillas), con las superestrellas Crosby, Stills & Nash (la melena tipo Woodstock, la camisa de leñador) o con sus “amigos” de Crazy Horse (el reviente a todo nivel), las cosas se hacían como él decía o no se hacían. Después se arrepentía o pedía perdón a quien resultara dañado. Pero nada cambiaba la ecuación. Es mi punto de vista y no me puedo equivocar. El éxito de Neil, entonces, descansa en gran parte en su enorme talento, y el resto en haber sido un sorete.

    Otra de sus características: dejarte colgado. En un hotel, en un estudio de grabación, en la calle, donde fuere. Cuando algo lo daba por finalizado, estaba finalizado. El asunto es que no te lo comunicaba. Si los músicos se pasaban con las sustancias, afuera. Si no tocaban bien, afuera. Si no le gustaba cómo iba la cosa, se borraba en plena gira. “Neil le dice a todo el mundo lo que tiene que tocar, nota a nota; y, tío, si tocas algo que no le gusta, te lanza una mirada que no se te olvida en la vida”, dijo el baterista Kenny Buttrey.

    Shakey (Contra, 2014, 939 páginas) es el título de esta monumental biografía escrita por Jimmy McDo­nough. Pero Bernard Shakey es también uno de los tantos alias que usaba Neil Young, en este caso el de un cineasta ocasional. Otros: Shakey Deal, blusero; Phil Perspective, productor.

    ¿Dónde y cuándo compone Neil Young? Él mismo lo explica: “Siempre tengo que estar de un lado para otro; así es como he compuesto algunas de mis mejores canciones, yendo al volante en un largo viaje, garabateando la letra en cajetillas de cigarrillos mientras conducía. Me gusta esa manera de componer, aunque gracias a ella me suela parar la Policía por conducción irregular, je, je. Es que todas estas ideas y canciones me vienen a la cabeza de repente, mientras conduzco, y cuando llego a casa me siento delante de la máquina de escribir, y unas veces salen cosas decentes, y otras no… El caso es que no paran nunca de salir”. Y agrega: “La buena música es la que hago con el corazón, y la mediocre, la que hago con la cabeza”.

    Dice Graham Nash sobre Young: “¿Que si es un tipo feliz? Creo que no. Creo que nunca ha estado contento consigo mismo… Puede que resulte demasiado doloroso enfrentarse a ello. Sabe Dios qué puede echar en falta Neil —tiene toda la música que quiere, todo el dinero y toda la fama, todos los bienes materiales—, pero, joder, yo no creo que sea feliz. Es un individuo muy extraño… muy extraño”.

    Dice Young sobre CSNY: “La cocaína jodió el tono. Hizo que todo sonara demasiado agudo, que tocáramos demasiado rápido”.

    No es común que un rocke­ro tenga simpatía por el Partido Republicano y por Ronald Reagan, en particular un rockero que en los años 60 se opuso a la Guerra de Vietnam y compuso himnos antibélicos como Ohio. Y además, que sea defensor de la pena de muerte: “Ojo por ojo. Tiene todo el sentido del mundo. Es decir, alguien que hace algo así… vale, bien, están locos. Están locos; ¿y eso qué significa, si se puede saber? ¿Que nos pasemos el resto de su vida intentando hacerles cambiar, cuando ya han cometido un crimen tan atroz y ya le han arrebatado la vida a alguien? Esa gente no se merece que invirtamos nada en ellos. Yo abogo por la pena de muerte, porque resulta más barato. Hay demasiados críos en el mundo que necesitan ese dinero”.

    Las canciones que no eligieron los lectores de Rolling Stone: Cowgirl in the Sand, Rockin’ in the Free World, Ambulance Blues, On the Beach, Don’t Let it Bring You Down, Hey, hey, my, my, Driftin’ Back, Tonight’s the Night. Cuando Neil se acelera o se inspira o se enciende en un escenario, las versiones de estos temas pueden tener 30 minutos, con guitarras guerreras, acoples, suciedad por el camino y volumen hasta reventar los tímpanos, hasta ver las ondas de sonido. Y la voz de Neil, una especie de mantra metálico. Neil, el baladista fino de voz finita, el que odiaba las cámaras y por eso no aparece en el documental Woodstock junto a Crosby, Stills & Nash. Neil, el poeta de versos extraños y delicados como una hoja de arce, el canadiense esquivo. Neil, el blusero, el rockero furibundo. Neil en el Salón de la Fama del Rock junto a Elvis, Jimi Hendrix, los Beatles, Bob Marley y Frank Zappa, entre otros dioses y con toda justicia.

    Dice sobre Hendrix: “Me influyó a la hora de motivarme para ir más allá con la guitarra, porque tocaba con una libertad pasmosa. Tocaba alto y era supersensible; nunca tocaba rápido… Es fácil tocar así si eres capaz de ingeniártelas para saber cómo lo hacía, porque estaba totalmente inmerso en ello. Cada detallito, cada chorrada que hacía, por pequeña que fuera, era importante, como la manera que tenía de apartar la mano y dejar que la nota decayera; no era tanto las notas que tocaba como la manera que tenía de tocarlas”.

    También incursionó en el cine, como actor y como realizador. Jamás se difundió su película Human Highway, que tenía un reparto impresionante: Dean Stockwell (amigo y vecino), Sally Kirkland, Dennis Hopper­. No se entendía de qué iba la cosa. Así la definió el propio Young: “Esta película fue hecha sobre la marcha por un grupo de punks, fumetas y exalcohólicos. (…) El único plan era precisamente que no había ni plan ni guion”.

    Le gustan los trenes, los de verdad y los de juguete. En cuanto a los de verdad, para mirarlos pasar, escuchar el estruendoso sonido de las ruedas sobre los raíles, un rock tan natural como industrial. Y los de juguete, para manipularlos. Tiene un galpón donde ha montado una ciudad con sus trenes de miniatura. Y él mismo se identifica con un tren, con una locomotora desbocada que no para de hacer música a los 70 años (que cumplirá el próximo noviembre), que no se detiene ante las contrariedades de la vida, que no le da tregua a nadie ni un segundo, que exige, que busca la excelencia, el verso para estremecer, los acordes adecuados, la canción perfecta. Nunca deja de ensayar cosas nuevas. Y tan es así que algunos de sus discos, por pasados de ordenador y de locura, son insufribles, como Trans. “Me abuchearon en Alemania, en España, en Francia, en Italia”, dice. Claro, esperaban un concierto con los clásicos temas y en su lugar les dio ese disco insufrible.

    Tipo difícil este Young. Lo dicen sus esposas, sus amigos, sus mánagers. La mayoría de las veces, imprevisible, como la fría e insondable Canadá. Tipo genial este Young, lo dicen millones de fans en todo el mundo. “La verdad es que tiene un instinto increíble para ir directo a la yugular”, dijo Linda Ronstadt. Los devotos de Neil tienen las dos marcas de sus colmillos en el cuello y lo seguirían a cualquier lado.

    McDonough reunió horas y horas de entrevistas con Neil Young, pero también con sus familiares, amigos y músicos cercanos. Hay entradas múltiples a la compleja personalidad del canadiense, a su costado brillante, a sus rincones oscuros. Hay muchos grises, que es lo que se necesita en un buen trabajo periodístico. Claro, al final Young no autorizó la biografía. Demasiada gente opinando, y muchas veces cosas desagradables sobre su persona. Por una vez, alguien lo hizo del modo en que Neil no quería: publicar un libro que hablara de él a pesar de él.

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