Ese verano, en Praga y Budapest también crecía la presión para que ciudadanos de la RDA pudieran viajar a occidente desde allí.
Unos meses antes, en junio, el presidente de la Unión Soviética Mijaíl Gorbachov, en medio de un proceso de apertura, había visitado Bonn, entonces capital de la República Federal Alemana (RFA), y realizado guiños a favor de un cambio en ese sentido.
A comienzos de este mes, la revista alemana “Der Spiegel” publicó un informe que sostiene que tanto Gorbachov como su canciller Eduardo Shevardnadze querían tirar el muro ya en 1987, pero el gobierno encabezado por Erich Honecker se había resistido.
Entre la espada y la pared.
Walter Ulbricht, antecesor de Honecker, había sobrevivido a las purgas estalinistas y posestalinistas y tenía un proyecto socialista para Alemania, o al menos para la parte del territorio de su país que quedó bajo control soviético luego de la caída de Hitler en mayo de 1945.
Entre 1949 y 1961, la RDA y la RFA convivieron no sin fuertes tensiones. Los tanques estadounidenses estuvieron varias veces a punto de cruzar la frontera entre la ciudad dividida en dos por los aliados y comenzó un tenso período que se conoce como guerra fría.
El modelo soviético de sociedad, con fuerte presencia estatal, tenía pocas chances de desarrollarse con fronteras abiertas, más cuando todo Berlín Occidental y las emisiones de televisión se habían convertido en una atractiva y rica vidriera que llamaba a gritos al consumo de bienes materiales más abundantes y mejor presentados que en el “socialismo real” y a las libertades individuales.
La economía socialista, una sociedad sin explotados ni explotadores, si tuvo chances de éxito tal como la había imaginado Marx, era muy difícil de construir en competencia abierta con el capitalismo fogoneado desde Estados Unidos. Fue así que la noche del 13 de agosto de 1961, después de experimentar 11 años sin mayor éxito, los dirigentes de la RDA, con respaldo soviético y sin consulta ni aviso previo, tomaron la dramática decisión de “proteger” a sus 17 millones de habitantes para así construir “el primer estado socialista en suelo alemán”. Esa noche, miles de albañiles voluntarios, soldados y simples militantes del Partido Socialista Unificado de Alemania (PSUA, hoy disuelto) levantaron la primera versión de un muro de alrededor de 146 kilómetros que selló la frontera con Berlín Occidental. Algo parecido hicieron luego con el resto del territorio fronterizo con la RFA.
El experimento, que costó alrededor de 270 vidas de los que cayeron intentando cruzar la frontera y dividió a decenas de miles de familias, duró 28 años.
Durante esas casi tres décadas la RDA se convirtió en una potencia industrial, obtuvo grandes logros científicos y deportivos, pero perdió con occidente la batalla tecnológica, su modo de producción quedó retrasado porque tenía desocupación cero pero baja productividad y si bien ofreció estabilidad y relativo buen nivel de vida a sus habitantes, retaceó todo tipo de libertades individuales: desde viajar fuera del campo socialista antes de cumplir los 65 años, hasta las de prensa o asociación.
Cierre de ciclo.
Para el dos veces presidente colorado Julio Sanguinetti, la caída del Muro de Berlín cierra un ciclo que comenzó con la Revolución Francesa en 1789, durante el cual las democracias liberales sufrieron embates de concepciones absolutistas como el falangismo, el fascismo y el comunismo.
“Se cierra un capítulo fundamental y comienza a haber un consenso de que se necesita una democracia liberal y una economía de mercado” dijo a Búsqueda.
Para Sanguinetti, tanto en la Unión Soviética como en China, Yugoslavia y otros países, se probó la teoría de Carlos Marx “en todas las variantes posibles”, pero reconoció que Cuba sigue siendo un paradigma para mucha gente, aunque el modelo aplicado haya traído “inmovilismo, pobreza y autoritarismo” y que represente “el mejor ejemplo de igualar hacia abajo”.
El ex vicecanciller colorado Ope Pasquet, que en su escritorio tiene un trozo del muro regalo de un amigo, dijo que durante la campaña de 1989 el tema no estuvo presente, aunque sostuvo que confirmó las ideas que tenían en su partido de enfrentar a los “regímenes de opresión soviéticos”, pero que la postura del entonces candidato colorado Jorge Batlle de no apoyar el ajuste de las jubilaciones produjo una fuerte caída del partido
“Anímese”.
En la campaña electoral de 1971, cuando la izquierda uruguaya desafío por primera vez al bipartidismo blanco y colorado, afiches fluorescentes sin firma y realizados con tecnología inexistente en el país, anunciaban que si ganaba el Frente Amplio los niños serían llevados a Moscú por la fuerza, los tanques rusos invadirían el país y en avenida Agraciada sería construido un muro como el de Berlín.
Falsos brigadistas del recién creado Frente Amplio, incluso, llegaron a visitar a algunos vecinos de localidades del interior para preguntar cuántas gallinas tenían y anunciar que la mitad de ellas serían confiscadas luego de los comicios.
Las elecciones de 1984 reprodujeron casi sin alteraciones el mapa político anterior al golpe de Estado de 1973.
En 1989 el Frente había comenzado a ganar cierta musculatura política, pero también ocurrieron algunos acontecimientos que supusieron serios escollos.
Según recuerda Esteban Valenti, entonces secretario de Propaganda del Partido Comunista (PCU), la campaña de 1989 de la lista 1001 (cuya fuerza principal eran los comunistas) debió enfrentar tres grandes desafíos: la derrota del voto verde que buscaba derogar la ley de caducidad, la división del Frente Amplio con la salida del Partido por el Gobierno del Pueblo (PGP), encabezado por el senador Hugo Batalla y del Partido Demócrata Cristiano (PDC), bajo la conducción de Juan Pablo Terra y la caída del Muro de Berlín como exponente de una crisis general del sistema soviético.
Valenti y su esposa Selva Andreoli opinaron que había que concentrar los esfuerzos en ganar Montevideo y chocaron con las opiniones contrarias del entonces secretario de propaganda del FA, Gerónimo Cardozo, cercano al general Líber Seregni, que en principio no avaló la campaña de apoyo a Tabaré Vázquez como intendente diseñada por la agencia Perfil bajo el eslogan “Delo por hecho”.
Valenti, contrarreloj, obtuvo los fondos por fuera de la estructura del FA y siguió adelante firmando la campaña 1001.
“Anímese, contra el país gris” fue otra de las apelaciones escogidas por el equipo que integraron el propio Valenti, Andreoli y los creativos Horacio Buscaglia, Walter Bagnasco y Pablo Escobar, una de cuyas piezas más recordadas es el “Profesor paradójico”.
A contrapelo de la profunda crisis de los partidos comunistas en Europa, la 1001 se convirtió entonces en la primera fuerza del Frente que ganó por primera vez el gobierno de Montevideo y obtuvo un resultado no igualado ni siquiera luego por el Movimiento de Participación Popular (MPP), entonces en proceso, formación con el MLN-Tupamaros recién admitido en el FA. Los comunistas y sus aliados obtuvieron el 48% de los votos del Frente, lo que representó cuatro senadores y 11 diputados, un resultado extraordinario que contrasta con la situación actual en la cual, por primera vez desde la década de 1940, en la próxima legislatura no habrá un comunista en la Cámara alta, ya que la única banca obtenida será ocupada por un aliado, el intendente canario Marcos Carámbula.
Precisamente Carámbula era uno de los 11 diputados de la 1001 en el Parlamento que comenzó a actuar en 1990, un año pautado por la división de los comunistas gracias, entre otras cosas, a algunos de los cascotes del muro que finalmente cayeron por estas costas.
“Nuestros errores los asumimos y debemos profundizar en su análisis, pero la gran epopeya revolucionaria que modificó el planeta, derrotó al nazismo, que participó en el proceso anticolonial, que contribuyó a elevar las ideas del socialismo a niveles nuevos, valió y sigue valiendo la pena”, escribió el ex dirigente comunista Jaime Pérez en su libro “El ocaso y la esperanza”, aunque para entonces no solo había caído el muro de Berlín sino la propia Unión Soviética.