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    La carcasa de un gran insecto

    Los pasajes comunes, primera novela de Gonzalo Baz

    Los grandes complejos de viviendas forman un paisaje reconocible en los barrios periféricos de las ciudades. De lejos, esas enormes moles grises de pequeñas ventanas parecen palomares; de cerca, son pequeñas ciudades con calles interiores, corredores de hormigón y espacios verdes con juegos infantiles. Allí las torres se identifican con todas las combinaciones posibles de letras y números, K3, A1, P5…, como para enloquecer a carteros, visitantes y repartidores. Hay todo un submundo en los pasadizos entre torres y bloques que llevan desde los sectores que dan a alguna avenida hacia los más alejados, generalmente linderos con los barrios marginales.

    De la vida en uno de esos complejos trata Los pasajes comunes (Criatura Editora, 2020), primera novela del escritor uruguayo Gonzalo Baz (Montevideo, 1985). Su trama se hilvana con los retazos de la memoria, que nunca es lineal ni precisa. Siguiendo ese camino caprichoso, esta es una novela construida con breves fragmentos, que intercala los recuerdos del narrador con el de quienes compartieron su infancia y adolescencia.

    Ellos vivían en un complejo del que no se dice su nombre, pero por los datos de su origen, evolución y decaimiento se identifica con el Euskalerría, uno de los emprendimientos que surgió como solución habitacional a fines de los 70. En este caso, fue un militar quien tuvo la idea de construir en ese terreno descampado para que otros militares y estudiantes del interior ocuparan las viviendas, pero en realidad terminaron habitándolas empleados públicos que vieron cómo crecían y se extendían las torres. “Los viejos comunistas dicen que las torres del complejo son iguales a las que hay en Bucarest, Varsovia y Sofía (…). Busco en Internet y encuentro videos de gente caminando por la avenida Stefan cel Mare, en los márgenes de los edificios construidos por Ceau?escu. No llego a ver nada, solo la cara externa de un barrio. Como la carcasa de un insecto”.

    Al personaje le importa reconstruir su pasado en el barrio, pero sobre todo lo que quedó entre sus caminos interiores, que son los caminos de su relato. “Las torres están muy pegadas las unas a las otras, dejan pequeños y extraños espacios, donde muchas veces hay un árbol o una parcela de pasto minado de mierda de perro. En estos intersticios suceden las únicas cosas sobre las que necesito escribir”.

    Él creció en el sexto piso de la torre H3 y en el octavo vivía su amigo Lucas, a cuyos padres llamaban “los deudores” porque habían dejado de pagar la cuota, como tantos en ese complejo. Sami es otra niña-adolescente del mismo barrio, rebelde y solitaria, que repartía pan subiendo y bajando las escaleras de las torres. En los recuerdos del protagonista-narrador se mezclan también los recuerdos de sus dos amigos.

    No es fácil trasladar a una narración los juegos de la memoria que se apoyan en imágenes, sensaciones, palabras o hechos puntuales muchas veces evocados a través del relato de otros. Esos “saltos” están muy bien logrados en esta novela, y son su esencia, el alimento de su trama. Por momentos el narrador parece sentir lo que vivió alguno de sus amigos. “Para ver el barrio con los ojos de Sami debería mirar a través del filtro alucinado de sus pensamientos, desde donde desmantelaba lo que para los demás era simple”.

    En otros momentos, el relato se traslada a Brasil, donde aparece Augusto, un amigo del narrador que escribió la historia de un barrio periférico de San Pablo y su destrucción por la especulación inmobiliaria. Con distintas trayectorias, el destino y los enigmas de los barrios, el montevideano y el paulista, corren paralelos en la novela.

    En esta historia hay una madre que guarda los billetes que ahorra en el Manifiesto comunista y otra que vive con “Este Hombre”; hay un tipo llamado Marcelo que se tiró del quinto piso de la torre M3, hay marcas y dibujos en las paredes que alguien dejó y que con el tiempo cobran un nuevo simbolismo. Pero sobre todo hay imágenes como chispazos que avivan el recuerdo: la del Vasco cuando hirió con un vidrio a un vecino en el ascensor, la de los balazos de la policía, la de las ratas que se resguardaron en las torres al escapar de un incendio, la de una cucaracha metida en un zapato deportivo, la de una pelota que cae en el arroyo inmundo.

    “Para mediados de los años 90, los edificios ya empezaban a caerse a pedazos. (…) El nuevo milenio vendría con endeudamientos feroces. Los vecinos consideraban aquello una estafa, se negaban a pagar las cuotas de sus viviendas que, cuando se saldaran, ya no serían habitables”. Quienes conocen la historia del Euskalerría sabrán que esta novela está escrita por alguien que la conoce en sus entrañas y que sabe que todo se asemeja a un gran insecto del que solo quedó su caparazón.

    En 2017, Baz había publicado Animales que vuelven, su primer libro de relatos. Allí trataba historias que se movían principalmente entre Montevideo y San Pablo. Ahora vuelve con esta novela y potencia la plasticidad de su narrativa y la fuerza de su relato escrito con concisión y sin desbordes emotivos. Baz, que también es editor del sello Pez en el Hielo, sabe que las palabras justas pueden encerrar una gran historia, como la que encierran los pasajes comunes de un complejo de viviendas.

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