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    La cofradía del maestro

    El Taller Torres García en colecciones privadas del Uruguay (1942-1962)

    La foto en blanco y negro es de 1946. Lo muestra ya anciano, con su pelo muy blanco, rodeado de jóvenes, algunos de ellos casi niños. El anciano es Joaquín Torres García y quienes lo rodean son sus primeros discípulos, aquellos que lo tuvieron directamente como maestro e integraron un taller que fue una escuela y una experiencia única en el arte moderno uruguayo.

    Parte de la obra de aquellos pioneros está repartida en el mundo. Otras permanecen en Uruguay en manos de familiares directos de los artistas o de coleccionistas privados. Fueron ellos quienes prestaron cuadros, dibujos, cerámicas y algunos documentos para la muestra El Taller Torres García en colecciones privadas del Uruguay (1942-1962), que incluye 60 piezas de 24 artistas y se exhibe en el Museo Gurvich. “Abarca las obras representativas del mensaje y la docencia de Torres García, la de los alumnos que recibieron directamente sus clases hasta 1949, año de su muerte. Después, ellos siguieron trabajando en la línea del taller hasta 1962, cuando cerró definitivamente”, explicó a Búsqueda el curador de la muestra, el arquitecto Rafael Lorente Mourelle.

    Para Lorente, la exposición no es solo un homenaje a los artistas sino a los primeros coleccionistas del taller que fueron sus amigos, socios y benefactores. “Fue un coleccionismo muy especial y diferente al de hoy, que está muy teñido por la inversión. La obra de arte pasó de ser un bien estético de goce, de percepción y de acompañar una experiencia, a un bono del tesoro. Estas obras fueron adquiridas por el compromiso del coleccionista con el taller. Era un grupo casi eclesiástico, una cofradía”.

    Algo singular fue la amistad que se estableció entre los artistas, quienes no trabajaban en forma aislada sino que tenían al taller siempre como referencia. “Ninguno pensó al comienzo en tener una carrera individual. Pero después de que cerró el taller sí la tuvieron, como sucedió con Gonzalo Fonseca, Horacio y Augusto Torres, Julio Alpuy o José Gurvich. En sus obras mantuvieron la raíz torresgarciana, pero el grupo se dispersó en el mundo”.

    También hubo un grado de amistad grande entre los artistas y los primeros coleccionistas. Lorente recuerda que en la casa del arquitecto Ernesto Leborgne se reunían todos los sábados varios de ellos, inclusive su padre, el también arquitecto Rafael Lorente Escudero. “Yo era un chiquilín en esa época. De alguna manera lo viví y me hice amigo de ellos. Leborgne fue para mí un gran referente, como un padrino. Fue vicepresidente de la fundación Torres García y en su casa generó el laboratorio-taller más importante de esculturas. Ese jardín fue un hito en esta historia”.

    Esta muestra significa una carga emotiva muy grande para Lorente, quien fue alumno de Gurvich y de Guillermo Fernández, además del arquitecto de la actual casa del Museo Gurvich. “Llevo todo esto en el ADN, marcado a fuego”, dice.

    Una de las singularidades de aquel grupo fue la relación con los arquitectos. El catalán Antonio Bonet, Mario Payssé Reyes, Ernesto Leborgne y Lorente Escudero desarrollaron una especial integración entre arte y arquitectura. “Todos participaban de un pensamiento y de una manera de entender el arte y también la vida. No conozco otra experiencia de esta naturaleza en el arte moderno. No solo abarcó pintores, sino poetas, escritores, arquitectos, filósofos, artesanos. Fue una experiencia irrepetible porque tuvo como mentor a una figura enorme como Torres García”.

    Esther de Cáceres y Francisco Espínola fueron algunos de los escritores que dejaron su impronta en el taller. “Escribieron textos bellísimos para las exposiciones”, explica Lorente.

    Las mujeres artistas formaron un grupo importante en el taller. En la exposición está representada la obra de Elsa Andrada, Linda Kohen, Berta Luisi, Olga Piria, Lily Salvo y Olimpia Torres, hija del maestro. “El grupo de artistas y amigas alrededor de Torres fue muy importante. En primer lugar estaba Manolita Piña, que fue su compañera y la gran coleccionista de sus obras, además de la fundadora del Museo Torres. Junto a ella estaban sus hijas, Ifigenia y Olimpia”, explica Lorente.

    En una misma pared de la muestra se ubica la obra de estas artistas bajo el nombre de Manolita Piña. En otras paredes, lucirán los nombres de otros coleccionistas, entre ellos, Leborgne, Lorente Escudero, Roberto Sapriza, Eduardo Irisarri, Jorge Castillo y Adolfo Maslach.

    “Para mí esto fue una sorpresa. Yo sabía que cuando fuera a visitar la casa de Sapriza me iba a encontrar con más de cien cuadros de Fonseca, igual que en la de Leborgne, que tuvo más de veinte obras del propio Torres, y más de cien del taller, o en la de mi padre, Irisarri y Esther de Cáceres. Hasta ahí fue fácil. Después fue un trabajo de hormiga. A veces los coleccionistas murieron y la obra se dispersó”.

    El curador encontró en general las obras en buen estado de conservación, algunas mejor enmarcadas que otras. Están en manos de herederos de primera generación de los coleccionistas, como el caso del arquitecto Lucio Cáceres. Hubo otros coleccionistas que aparecieron a partir de los años 60, como Julio María Sanguinetti, que prestó para la muestra dos obras de Manuel Pailós, o el arquitecto Maslach o el ingeniero Arandú Cabrera.

    Quienes visiten la muestra se encontrarán con algunas curiosidades. Por ejemplo, con una maqueta de la casa-taller que Leborgne estaba empezando a construir para Fonseca en Punta Yeguas. El proyecto no se concretó, porque Fonseca se fue a Estados Unidos.

    En cuanto a la fama de “tipo difícil” de Torres García, Lorente es categórico. “Todo lo contrario. A Torres lo pusieron en ese lugar, pero no es el que realmente tuvo. En la prensa, en cartas o directamente en los salones proscribían o criticaban fuertemente a los artistas del taller. Tan es así que muchos de ellos no eran admitidos en los salones nacionales. Al propio Torres la única vez que le dieron un premio fue por una obra figurativa. No reconocieron nunca su aporte al constructivismo”.

    Esta oposición al taller generó una reacción en su defensa a través de la publicación Removedor, dirigida por Guido Castillo y Sarandí Cabrera, en ese momento jóvenes provocadores que adoptaron una posición no solo de defensa sino de ataque virulento, como el que recibía el taller.

    “Cuando se mira esa foto de 1946, cuando estaba en el cenit de su vida, rodeado de chiquilines, Torres transmite una gran ternura. Si se hubiera quedado en Europa, hubiera sido reconocido como Picasso o como Braque. Aquí se dedicó a enseñar a chiquilines de pantalón corto que no tenían la menor idea del arte. Era una persona maravillosa, de una modestia capaz de hacer ese tipo de gestos”, aclara Lorente.

    Gurvich, Matto, Fonseca, Alpuy son los artistas que más se cotizan hoy en el exterior. “Pero hablamos de que están en un 20% de lo que se cotiza una obra de Torres. Esto demuestra que los coleccionistas de esa época apostaban y arriesgaban, a veces con obras que estaban colgadas en condiciones que no daban ninguna garantía”. En cuanto a las obras de este período que están en el exterior, Lorente explica que tuvieron dificultad para traerlas por el alto costo que pedían por los seguros.

    En la muestra también hay obras de Anhelo Hernández, Vicente Martín, Francisco Matto, Jonio Montiel, Dumas Oroño, Antonio Pezzino, Alceu y Edgardo Ribeiro, Edwin Studer, Augusto y Horacio Torres y Jorge y Rodolfo Visca. También hay una obra de Joaquín Torres García, Carguero, la primera que vendió en Montevideo y compró Leborgne.

    “La exposición es de una coherencia fantástica, parece increíble que todo esto se haya hecho en Uruguay en 20 años”, dice Lorente, quien escribió también el catálogo. Le llevó cinco meses de investigación en los que habló con coleccionistas y recogió sus historias.

    Hasta comienzos de marzo hay tiempo de ir al Gurvich y conocer quiénes fueron esas personas que hicieron posible disfrutar hoy de lo mejor de nuestro arte.

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