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    La conquista de uno mismo

    Con el actor Leonardo Sbaraglia
    Colaborador en la sección de Cultura

    “¿Cómo me preparé? Con toda mi alma. Iba a trabajar con Almodóvar. Es muy fuerte. Es como laburar con Fellini o con Scorsese. Como laburar con Picasso y meterse en uno de sus cuadros”. En diálogo con Búsqueda, Leonardo Sbaraglia (Buenos Aires, 30 de junio de 1970) habla de su experiencia en Dolor y gloria, la última película del realizador español Pedro Almodóvar, y no tiene reparos en reconocer que, a pesar de tener una carrera actoral de más de 30 años, “estaba muy conmovido, muy nervioso y muy emocionado”. Tanto que, previo a la filmación de su escena con Antonio Banderas, el protagonista miró a cámara y expresó su gratitud a todo el equipo.

    En Dolor y gloria encarna a Federico, un antiguo amor de Salvador, el director de cine interpretado por Banderas (mejor actor en Cannes), una suerte de trasunto del propio realizador. Federico es un argentino que vivió en España, estuvo enganchado al caballo (como se denomina allí a la heroína), posteriormente se separó de Salvador y regresó a Argentina, donde rehizo su vida. Su irrupción en el filme es breve e intensa. Y, a los efectos de la historia, también culminante. En especial la secuencia que comparte con Salvador, en su casa. “Para Almodóvar era una escena importante, soñada. No sé si él la vivió o no, pero para él esa escena era el corazón de la película”, apunta Sbaraglia. “Fue un privilegio que me diera ese papel”. Y no es ni un cumplido ni una exageración. Se sabe que el director de Hable con ella y Todo sobre mi madre dedicó bastante tiempo y energía a la búsqueda del adecuado para el papel de Federico, inicialmente pensado como español. Al no encontrar al actor, decidió abrir el casting a intérpretes no españoles.

    Sbaraglia es uno de los actores argentinos de mayor proyección internacional. Siendo un adolescente fue una de las principales figuras de la tira juvenil Clave sol (1987-1991). Participó en varias series y miniseries (entre ellas, Epitafios y En Terapia, de HBO) y pronto se lo verá encarnando a Guillermo Coppola en Sueño bendito, sobre Diego Maradona, que prepara actualmente Amazon Prime. En cine debutó a los 16 años en La noche de los lápices (1986), a la que le siguieron títulos como Tango feroz, Cenizas del paraíso y El otro hermano, de Israel Adrián Caetano. Precisamente, en ese filme ofrece una de las mejores actuaciones de su carrera encarnando a Duarte, un exmilitar corrupto y manipulador. “Adrián es muy capo, muy genio, tiene una mirada muy diferente a la mía. Recurro a él muchas veces, como un trabajo, para revisar algún personaje o alguna escena”, dice Sbaraglia. Para componer a Duarte, Caetano le dio indicaciones muy concretas y muy físicas (la cabeza más levantada, la voz más aguda). “Hablamos de (Jorge Rafael) Videla, de (Luis) Landriscina, de (Héctor) Bambino Veira. O sea, había referencias (toda la cosa del capo cómico y de la simpatía entradora) que no tenían una conexión literal y directa con el personaje, pero que le aportaban densidad. Aunque bueno, obviamente que Videla, un pedazo de mierda mucho más mierda que Duarte, tenía una conexión más directa”.

    Actuar, entrar en los personajes es un trabajo intenso. También lo es salir. “A diferencia de un pianista o un violinista, el instrumento del actor no está separado de uno. El instrumento es nuestro cuerpo, nuestra emoción. Entonces, ¿dónde está el límite? Uno tiene que estar muy atento a ese intercambio entre lo que uno es y lo que va creando y generando en un personaje y en otro, en los elementos que entran en juego y que uno observa y empieza a tratar y manejar. En definitiva se trata de dónde está la ficción y dónde la realidad. Pero, ¿dónde está la ficción y dónde está la realidad en la propia vida? Todo el tiempo el ser humano está construyendo fantasías y relatos sobre el mundo y sobre sí mismo”, resume.

    “Metafóricamente, a mi vida también la fui contando a través de mis personajes. Hay un paralelo, obviamente ficcionado y que nada tiene que ver con mi vida, pero hay elecciones que uno va tomando y que son inevitablemente algo que uno necesita explorar y dialogar artísticamente o personalmente. Me refiero a hacer que los temas sean más observables, más físicos. El principal objeto de disquisición, el principal terreno de conquista es uno mismo. Para mí, se trata de eso. A veces la actuación te pone en un lugar de mucha centralidad, demasiada: están todos a tu alrededor, todos mirándote, y uno eligió esa profesión porque le gusta eso, por lo tanto en algún punto te debe gustar que estén a tu alrededor y que te miren, pero en algún momento hay que bajarse del escenario”.

    Leonardo Sbaraglia

    El personaje de Federico, dice, se nutre de mucha emoción y de mucha ternura. “Creo que tenía mucho de donde agarrarme para hacerlo”, dice el argentino. “En 2018 iba a hacer Morir de amor, para Telefé. Pero me bajé. No estaba convencido. Y estaba ya haciéndome la idea de estar sin trabajo cuando me llamó Esther (García Rodríguez), mano derecha de Almodóvar en producción, y me comentó que él estaba repensando el papel y quería hacerme una prueba. Me pasó la escena del departamento. A la semana estaba viajando a Madrid para la prueba. Nos encontramos en su casa. Éramos él, un asistente a cargo de la cámara y yo. Él hacía de Salvador, yo de Federico. Yo sabía que Salvador era él. Así que lo miraba a él, lo buscaba a él, a Pedro. En un momento, no sé si me lo imaginé, se lo voy a preguntar, me pareció que se le llenaron los ojos de lágrimas. Ahí me di cuenta de que estaba funcionando. Hasta entonces yo pensaba: ‘Es un director que admiro, que me parece un genio, y voy a hacer la escena con él, para él. No importa que no me elija’”, reconoce. “Tengo casi 50 años. A esta altura, a esta edad, te gusta lo que tenés. Y tratás de disfrutar de esos momentos como son. Y, bueno, loco, estoy en la casa de Almodóvar haciendo esta escena que habla de su vida y la estoy haciendo con Almodóvar”.

    Con Banderas, asegura que se entendieron muy bien. Y de una manera natural. “Es algo difícil de construir en tan poco tiempo, tan poco ensayo y tan poco vínculo”, agrega. “Y Antonio, naturalmente, es muy buen compañero. Evidentemente había química y nos entendimos muy bien. Terminamos de hacer la escena y él me dice: ‘Tenemos que hacer algo juntos. Hagamos teatro’. Y, bueno, ya veremos. Ojalá. Pero hay que estar tranquilo, que la vida vaya dando sus respuestas”.

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