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El sábado 22, a partir de las 21:26 horas en el Velódromo, Fito Páez conmemoró ante el público uruguayo los 20 años de “El amor después del amor”. Como parte de una gira mundial cuyo eje ha sido, precisamente, el álbum más exitoso en la historia del rock argentino, Páez recaló en Montevideo y, durante dos horas, ofreció un concierto desparejo pero emotivo en el que, contento por estar en una ciudad a la que quiere genuinamente, desplegó algunas canciones inolvidables.
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En rigor, el cantautor nunca ha sido un pianista de nota, y tampoco es un cantante brillante: no toca como Hugo Fattoruso ni canta como Stevie Wonder o, sin llegar a esos extremos, como Pedro Aznar, otro cantautor argentino menos masivo. Sin embargo, en este show demostró que los años le han servido para madurar y evadir los manierismos. Es que, sin piruetas ni falsetes innecesarios, Páez cantó con un gusto atendible y con ese swing que le ha permitido ocupar un lugar de privilegio en el público del Río de la Plata, un público que es joven pero no solo es joven sino que es heterogéneo porque Fito es rock pero también es pop, es funk, es folclore y es amor, amor y lo que viene después del amor.
Acompañado por una banda eficiente en la que se lució el bajista de jazz Mariano Otero, Páez interpretó, en el mismo orden original, los 14 tracks del álbum. Fue desafortunado escuchar una gran cantidad de pistas pregrabadas insertarse artificiosamente en las versiones en vivo, cuyos arreglos no cambiaron en nada. Y también fue desafortunado escuchar, y ver, en la pantalla gigante, a quienes 20 años después volvieron a grabar sus colaboraciones. O, al menos, a algunos de ellos. Como Celeste Carballo y Charly García, pálidas sombras vocales de lo que eran en 1992.
Páez puede argumentar que quiso mantenerse fiel a la idea primigenia, pero eso no explica ni la ausencia de la vocalista Claudia Puyó, que en mayo lo acusó de haberla excluido de la gira por ser “gorda”, ni el hecho de que la gente tuviera que soportar temas aburridos, como “Creo”, o directamente poco creativos, como “Detrás del muro de los lamentos”, cuya melodía es similar a la del tema folclórico “Razón de vivir”, de Víctor Heredia.
De todas maneras, la primera parte del recital tuvo tres momentos sobresalientes. Uno de ellos fue producto de la densidad y la energía fulgurante de “Balada de Donna Helena”. Otro fue el resultado de una colaboración entre Páez y el único invitado de la velada, el vocalista uruguayo Diego Martino, líder de la banda Hereford, que interpretó con jerarquía el hit “Brillante sobre el mic”. Y el más logrado de todos llegó gracias a “Un vestido y un amor”, una hermosa canción que constituye, al mismo tiempo, una buena muestra de la estatura poética a la que es capaz de llegar este artista.
Pero si la primera parte del show fue irregular, la segunda fue inobjetable, y por eso, por la sobriedad con que cantó Páez, la energía que regaló y el repertorio que eligió, el espectáculo terminó dejando un sabor agradable, aunque las objeciones que figuran al comienzo de esta nota seguramente les importen poco a las ocho mil personas que asistieron al Velódromo —cuya infraestructura, como sabemos, es mediocre— y festejaron casi todo lo que el rosarino dijo o hizo.
Es cierto: al lado de la mayoría de las bandas argentinas, el Páez de discos como “Giros”, “Abre”, “Circo Beat” y “Del 63” es un lujo, un hombre que sofistica el rock and pop sin dejar de ser accesible al gran público. Pero que haya llegado a ese nivel no quiere decir que lo haya mantenido a lo largo del tiempo. Y que sea más talentoso que Andrés Calamaro no quiere decir que sea tan talentoso como Charly García y, mucho menos, como Luis Alberto Spinetta.
De todas formas, al escuchar “Cable a tierra”, “Y dale alegría a mi corazón”, “Once y seis”, “Polaroid de locura ordinaria”, “Mariposa tecknicolor”, “Al lado del camino” y “El diablo de tu corazón”, el rabioso grito que cerró la noche y que sintetiza la contemporaneidad con una hondura poco común, lo negativo, y hasta lo curioso —“Te queremos, Pepe”, dijo sobre el presidente uruguayo mientras cantaba “Dar es dar” y recordaba el incidente en que Mujica se lesionó al ayudar a su vecino durante el temporal del miércoles 19— pasó a un segundo plano.
Porque el recital de Páez fue dedicado a la memoria de Osvaldo Fattoruso, “uno de los mejores músicos del mundo”, porque tuvo una segunda parte excelente y porque las mejores canciones de este artista sonaron como lo que son: una flecha al corazón que, en este caso, en medio del frío y pocas horas antes de un domingo soñado, vinieron a consagrar la primavera.