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    La culpa no es de Macri

    Buenos Aires a la sombra del artista inglés Jeremy Deller

    La pareja se sienta frente a un video que muestra un enfrentamiento entre obreros y policías en un barrio minero de Inglaterra. Viene del calor agobiante de los primeros días del año en las calles de Buenos Aires. El video no los reanima, al contrario: los incomoda. Recrea una famosa huelga en los tiempos de Margaret Thatcher. Afuera, el riachuelo está casi seco. Desde el barro oscuro y casi reseco de las tres de la tarde se sostienen las enormes grúas que descargaban los barcos. Son estructuras muertas, oxidadas, construidas sobre una industria que fue próspera y que vio llegar a miles de inmigrantes que poblaron esa orilla de la ciudad. Algo hay entre ese video y las grandes construcciones de metal, inmóviles, como animales al acecho. La obra pertenece a la muestra El ideal infinitamente variable de lo popular, título rimbombante pero funcional, inspirado en la frase “ideal infinitamente variable de la felicidad”, que Charles Baudelaire aplicaba a la belleza. Muy significativo en ese barrio que vive de la variación infinita de sus mitos, de Gardel a Maradona, de los conventillos de chapa coloridos a la Bombonera.

    El autor es Jeremy Deller (Londres, 1966), artista multimediático que indaga en el proceso de transformación de la era industrial a la actual. Vincula hechos, procesos, acciones y datos duros de la realidad de estos últimos 40 o 50 años. Es interesante. Aunque no lo parezca, es una obra que escapa a lo político, o, al menos, a lo más trillado del arte político. Su interés se vuelca a lo popular. Logra extraer de acontecimientos o expresiones algunos rasgos de poesía que transforma cualquier evidencia en misterio o extrañeza. Le interesa el descubrimiento poético desde su propia inserción en lo social o cultural. Por eso es artista. Porque abre puertas imposible de rastrear por otros medios. Y porque lo materializa de algún modo y extrae de allí algunos rasgos de belleza, dolorosa, terrible a veces. Desde la naturaleza, incluida la acción del ser humano que todo lo puede, incluso destruirla.

    Deller se aleja del modelo de artista de museo para involucrarse en el mundo e indagarlo desde lo artístico. En otro video, hay águilas y búhos que vuelan en cámara lenta y miran al espectador de forma amenazante. La imagen es imposible de describir, supera cualquier realización de las tantas que uno puede ver en el cine con altísima definición. El artista se enfoca en la mirada, en el cuerpo, en las plumas, en el movimiento suave y poderoso a la vez. “Ese búho es más bello que el artista”, dijo en una entrevista. Cuelgan de sus patas correas de cuero como viejas señas de la esclavitud. Luego de un largo y placentero viaje a la contemplación aparecen las máquinas. Un brazo enorme de metal que recorre el aire en busca de una presa. Es el brazo de la grúa, como un transformer gigante que levanta y tritura autos y los aplasta. Cualquiera de esas imágenes se ha visto infinidad de veces. Pero no como las filma Deller. Como un cineasta pero sin ningún soporte narrativo.

    Deller oprime la idea o la inspiración hasta que la destroza. Lo que ofrece durante el proceso o en algunas de sus paradas, es la mejor expresión posible del rito. Su obra es ritual, una especie de exorcismo en el que se sueltan los demonios de la sociedad actual. También se ríe, ironiza o golpea duro. Involucra a protagonistas que participan en sus ideas, a magos, a chamanes, travestis y obreros, por supuesto. Para la reconstrucción de la Batalla de Orgrave (2001) contó con la participación de cientos de personas, incluidos ex mineros y la dirección del cineasta Mike Figgis.

    En otra pared hay un mural enorme pintado por “Gualicho”, artista argentino invitado por Deller. Bastante pop, introduce un rasgo visual potente, de colores vivos y dibujos recortados, bien marcados al estilo del mural callejero. Hay un puño enorme que parece apoderarse de la sala. En un rincón, otro video que muestra el entrenamiento de un luchador profesional. El tipo hace ejercicios, pero también se peina una larga cabellera rubia. Todo muy kitch, pero de un kitch inquietante. La obra se llama Tantas maneras de hacerte daño (2010). El protagonista es Adrian Street, ex minero que perdió el trabajo y se dedicó a la lucha libre. Es transexual. Transformó algo más que su profesión o medio de vida.

    A Deller le gusta meterse en el barro, ensuciarse o explorar formas incompletas, símbolos o acciones populares alejadas de los criterios de belleza tradicional. Hasta que encuentra algo. Incluso, incidir en el proceso de la cultura. Cansado del abuso visual de la publicidad en el Subte propuso una serie de afiches con frases de artistas. Y un libro con citas repartido entre los conductores para que leyeran cuando se sintieran anímicamente mal. Los afiches y el libro están en la muestra. Son de una realización exquisita. Le consta que algunos trabajadores leyeron las citas.

    Primer domingo de enero y la ciudad está desierta. El año empezó con malos augurios para los porteños. Hay cortes imprevistos de luz y agua. “Macri ya está rodeado”, comenta el tachero frente a una plaza donde habitan permanentemente las huestes de Cristina. Banderas con un logo en celeste y negro y el nombre de La Cámpora por todos lados. El lugar está copado por jóvenes de torso desnudo que transpiran por su causa. Están de guardia frente al empresario que nunca anda con plata en el bolsillo. “Que las cuentas cierren pero con la gente adentro”, dice La Cámpora en otro estandarte de batalla. El tachero trina: “No lo van a dejar gobernar. Ya ve los cortes de luz y agua”.

    La situación es dura pero no es culpa de Macri. Responde a años de incompetencia y poca inversión. Una jubilada cuenta que desde la crisis del 2002 paga 23 pesos de luz por mes, unos sesenta y pocos pesos uruguayos. Ni un mango para reconversión o para reflotar la trama energética del país. Aumento de consumo, cambio en el comportamiento de las masas que cada verano se ponen de acuerdo para prender el aire acondicionado al mismo tiempo. Y otros asuntos que conviene dejar para los analistas políticos. Pero hay más que coincidencias coyunturales en este contexto que rodea la obra de Deller.

    La siesta bonaerense tiene algo de presagio. Ya hubo un enfrentamiento entre la Policía y un grupo de huelguistas. Las partes se están estudiando. Los dirigentes de la era posindustrial deben tomar medidas duras, a largo plazo, con miras al no tan lejano futuro apocalíptico que predicen algunos agoreros malhumorados. El porteño de la calle ve los cortes como el peor de los mundos posibles. Sin optimismo. Sin reconversión energética, la gente matándose por un poco de agua. “Yo vivo en un piso 15. Imaginate. El 31 me fui a un hotel”, comenta la recepcionista del museo a un colega. Mientras, las grúas del riachuelo, viejos testigos del pasado obrero, parecen estar a punto de despertar. El artista lo siente. Quiere mediar. Por eso pone en una enorme pared exterior del Museo Quinquela Martín un cartel negro con letras blancas que dice: “Se necesita más poesía”. Se ve desde el edificio blanco y de grandes ventanales de la Fundación Proa, símbolo de la extrema y delicada poesía de la arquitectura actual, a prueba de calor y cortes de luz. El cartel se impone entre este modelo de arte y la visión del viejo puente donde cuelgan los animales de metal. En silencio, al rayo del sol.

    Jeremy Deller en Fundación Proa (Avda. Pedro de Mendoza 1929, la Boca, Buenos Aires). De martes a domingos de 11 a 19.

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