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    La cura infernal

    Por E.A.L.

    N° 1685 - 25 al 31 de Octubre de 2012

    Uno de los relatos más vertiginosos y alucinatorios de Kafka es “Un médico rural”. Todo sucede a mil por hora en tres páginas.

    En la noche y en plena tormenta de viento y nieve, el médico debe atender con urgencia a un enfermo moribundo que vive a unos quilómetros del pueblo. El médico tiene un coche pero no dispone de caballos. Maldiciendo, patea la puerta de una pocilga, donde mágicamente surge un sujeto con dos caballos. El espectro engancha los caballos al coche, pero antes manosea a la criada del médico, que huye despavorida hacia la casa y va apagando todas las luces de las habitaciones. (Bergman, Haneke, Polanski y Lynch no lo podrían hacer mejor.) La luna llena es atravesada por nubes color tiza espectral. El médico maldice al cochero fantasma pero en un abrir y cerrar de ojos ya está en el domicilio del moribundo, quien al oído le ruega que le deje morir. Los familiares del enfermo, con una madre cadavérica y un padre que ofrece ron a la cabeza, miran fijamente al galeno. Impera un fuerte olor a enfermedad. De pronto se escucha un estruendo en las dos ventanas: son los caballos que las han abierto desde afuera, y ahora contemplan la escena con las cabezas dentro de la casa. (Poe, Lovecraft, Stocker y Machen aprueban con gritos efusivos.) El médico primero constata que el paciente está sano; luego le descubre una asquerosa herida abierta como la entrada de una mina. “Yo no soy de los que quieren arreglar el mundo”, dice el profesional. Inmediatamente, los familiares se arrojan sobre el médico, lo desnudan y lo acuestan en la cama junto al moribundo, con el rostro a centímetros de la asquerosa herida. Un coro de niños canta una inquietante canción: “Desnúdenlo, para que cure. Y si no cura, ¡mátenlo!”. El moribundo se queja ante la presencia del médico de no tener lugar en su lecho de muerte. El médico replica que la herida no es tan mala. Los caballos relinchan. Otras nubes ocultan la luna. El médico da un salto hacia la ventana y desnudo cae en uno de los caballos y escapa al galope, lamentando la suerte de su criada con el espectro y maldiciendo a la chusma del moribundo. (Rilke, Dostoievski y Baudelaire se mueren de envidia. Todos aplauden a rabiar.)

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