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Es una serie divertidísima y punzante que fue condenada por los negocios. La economía de la atención todavía tiene algunos de los viejos vicios de la industria y Hacks, una comedia de HBO, se estrenó cumpliendo con las reglas del juego del streaming y no tuvo una emisión en el cable. Si la televisión midiera la consagración de sus comedias en risas, entonces Hacks dominaría.
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HBO, eso que ya desde hace años prometía ser algo más que televisión, todavía tiene un lugar especial para su programación más preciada: la noche de los domingos. Ese lote aún se rige bajo viejos hábitos, los de la transmisión en vivo, y se ha reservado casi siempre para los pesos pesados: Los Soprano, True Detective y, el último de ellos hasta nuevo aviso, Game of Thrones.
Con los días de los dragones atrás (hasta el año que viene, al menos) y con la guerra del streaming en marcha, HBO y sus rivales viven ahora la era de la sobreabundancia. Todo es, y debe ser, más que algo. Las plataformas de Disney, Paramount y Star llevan el símbolo “+” con orgullo. HBO, en su lugar, tiene el “Max” de “máximo” a su lado. Todas se pavonean con la misma promesa infalible. En el sinfín de los contenidos, siempre habrá algo para ver.
Hacks estrenó sus primeros dos episodios el 13 de mayo, un jueves. Se lanzaron, durante cuatro semanas más, tandas de dos nuevos capítulos en una primera temporada de 10 en total. El estreno fue en exclusivo a través de la HBO Max, donde hoy se puede ver la serie en su totalidad. En las vísperas del lanzamiento, el policial de HBO con Kate Winslet, Mare of Easttown, estaba a dos episodios de terminarse y coronarse como una de mejores series del año.
Mare of Easttown y Hacks tienen, en común, la presencia de Jean Smart. En el policial, la actriz fue Helen, la madre de Mare. Un cable a tierra de la protagonista pero también el recordatorio de un proyecto familiar marcado por una tragedia. Su personaje reprochaba, sobreaconsejaba y escondía manjares dentro de las bolsas de verduras congeladas.
En Hacks Smart vuelve a ser una madre que hizo todo lo que pudo. En lugar de la lánguida Filadelfia está la siempre iluminada Las Vegas, donde reside la protagonista, Deborah Vance. Deborah es una leyenda de la comedia en vivo. Su apogeo tiene la forma de una residencia en un casino en el que interpreta, asiduamente y sin alteraciones, su monólogo de humor. Y Deborah no falla nunca. Cada una de las noches en las que repite los chistes, su público se descostilla. Deborah convierte esas risas en sus lujos: una mansión, una croupier personal, un pequeño comando de asistentes y hasta la posibilidad de volar en vuelos privados. Nada mal para una doña que sabe hacer reír.
El sacudón a Deborah llega bajo la amenaza del dueño de su casino. Su show, y por lo tanto ella, no es lo que era y se está contemplando que les deje el escenario a otros. Ante el ocaso obligado, un agente de Deborah le envía desde Los Ángeles un refuerzo: una guionista encargada de concebir bromas capaces de conectar con las nuevas generaciones. Ava, el debut titular de la comediante Hannah Einbinder, también vive su propia salida forzada. Un tuit incendiario (nunca mostrado en la serie) le costó su trabajo televisivo y la removió de todo círculo social y cultural de la ciudad de las estrellas. Con nada mejor que hacer, va a probar suerte en Las Vegas de Deborah Vance.
La serie parte de una fórmula probada: la pareja dispareja. Una es una magnate establecida con vicios y de un trato poco gentil hacia sus subordinados. Cree saberlo todo. La otra es una profesional incipiente de un éxito temprano y una ambición duradera. Cree, también, saberlo todo.
Deborah es introducida realizando el final de su monólogo. Un plano secuencia la muestra de espaldas e iluminada por un foco de luz fría. “¡Todavía soy Deborah Vance!”, exclama unos segundos antes de que baje el telón. La cámara la sigue en su camino al camerino. “Buen show”, se escucha. “Buen show”, “Buen show, Deb”, se escucha varias veces más. “Gracias”, responde ella sin más. Hay sonrisas cordiales y Las Vegas se cuela un poco con sus bailarinas y sus imitadores. Tras reconocer e ignorar a sus asistentes, Deborah llega al espejo de su camarín. Es el de luces redondas en el marco, por supuesto. Luego hay un encuentro con fanáticos en la puerta, una limosina a casa y, nuevamente, otro espejo con luces redondas. Allí, Deborah, está como lo desea: sola.
La primera aparición de Ava es diferente. La vemos mediante el uso de una cámara en mano que temblequea sutilmente mientras la guionista, parada en una oficina tan blanca como el tigre de Siegfried & Roy, se lamenta. No hay nada glamoroso en Ava si la comparamos con la siempre espléndida Deborah. Una remera, una camisa y un pantalón son suficientes para ella en una reunión profesional. Ava mira por la ventana a una ciudad que le prometía todo y que ahora, como si nada, está dispuesta a darle por completo la espalda. “Amo tu punto de vista femenino. Me obsesiona”, le dice su agente. “Pero tal vez en el futuro no deberías decir todo lo que sentís todo el tiempo”, sentencia al explicar cómo sus opiniones la han direccionado hacia un trabajo menos glamoroso como la guionista de apoyo de una comediante cuyos mejores años quedaron atrás.
La contraposición generacional entre la veinteañera y la sexagenaria es, en principio, uno de los grandes nutrientes de la serie. Deborah ha hecho de ella un conducto para su imperio. Al escenario se lo come siempre, pero fuera de las tablas también es una maestra de la palabrería. Sabe encantar, decir y tirar abajo con un par de comentarios, talento propio de alguien dedicado a la comedia observacional. Ava, en tanto, encuentra esa aproximación banal y perezosa. Su humor no trata del remate, sino de todo lo que lo antecede.
La química entre las protagonistas sí que se vuelve una clave primordial en el encanto de Hacks. Ambas actrices han dicho que, debido a las restricciones del Covid, se conocieron recién cara a cara en el primer día de rodaje. Puede ser un rumor engalanado para generar un poco de revuelo de promoción, pero es innegable que desde el primer momento en que empiezan a arrojarse dardos verbales, Smart y Einbinder juegan en equipo y se apoyan en un manejo de los tiempos que deleita al momento de construir una broma a partir de reacción y contrarreacción.
Para ser una comedia sobre la comedia, el stand up es lo que menos importa en Hacks. Se ven numerosos momentos del espectáculo de Deborah, incluso se escucha a la audiencia reír, pero esos chistes suelen ser los menos efectivos de la serie. El humor se refuerza en los intercambios entre personajes y no en la labor en sí de sus dos protagonistas, ahí radica el peso del vínculo entre Deborah y Ava cuando comparten escenas. Es una relación que comienza entre una jefa y una empleada para convertirse en un lazo maternal entre mentora y pupila, dos aliadas en la ciudad del pecado unidas por el objetivo de triunfar, a como dé lugar, en una disciplina dominada por hombres.
La intención de esta historia de Lucia Aniello y Paul W. Downs fue contar una narración “actual”. En parte, eso está. Las dificultades de las mujeres en las artes, y la frecuencia con la que se las deja de lado al envejecer, forman parte del tejido que une las pequeñas desventuras de Ava con las de Deborah. También lo hacen los numerosos lujos que el personaje de la comediante estrella puede darse, otra señal de una tendencia narrativa —particularmente en HBO— en humanizar a un sector muy exclusivo de una élite estadounidense que no tiene problemas financieros.
Como serie, Hacks se encuentra más cercana a Curb Your Enthusiasm que a La maravillosa Señora Maisel, otra serie sobre una comediante. La cultura de la cancelación es un elemento que solo se volverá más recurrente en las ficciones a medida que Hollywood continúe en el camino, por momentos embarazoso, de su propia reconsideración. Hacks no pretende desplegar una bandera en contra de la corrección política. En lugar de atinar a un blanco que ha sido alcanzado infinitas veces, la serie encuentra nuevos objetivos gracias a un elenco diverso (con personajes de múltiples etnias y sexualidades que nunca son definidos exclusivamente por esas características) con el que busca reírse de todo y de todos. Y, afortunadamente, lo hace.
Existen algunos giros narrativos que se dejan ver con antelación pero, en sus diez episodios, hay un camino claro a la hora de derribar la personalidad de Deborah y reconstruir la de Ava. La serie encuentra su mejor momento sobre la mitad de temporada, con dos episodios casi que autoconclusivos. Uno propone una noche de excesos y de introspección personal en la vida de Ava, mientras que el siguiente, el quinto episodio, toma las consecuencias de esa velada para reutilizarlas con las protagonistas aisladas en un spa de recuperación para pacientes sometidos a cirugías estéticas. Con igual carga de momentos hilarantes, revelaciones emocionales y experimentación con drogas, es uno de los mejores episodios de televisión del año.
Hacks es hoy una de las series más nominadas de HBO de cara a los próximos Emmy, a entregarse a fines de setiembre. Hay nominaciones para los actores, para los escritores y para casi todos los involucrados. Es un reconocimiento inesperado, según los creadores de la comedia, y una prueba de que la serie tenía lo que se necesitaba para ocupar las noches de domingos de HBO y alimentarse de un boca a boca que destacara su manejo del humor y la labor de dos actrices, una incipiente y otra disfrutando de su consagración, admirables. Nada más y nada menos para un muy buen show.