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    La diva perpetua

    Un documental francés sobre María Callas

    Cuando en 1986 nace Tom Volf en París, hace ya más de 15 años que María Callas se ha retirado de la escena y nueve que ha muerto. En 2010, a sus veintipocos años, Volf es un fotógrafo inclinado a la publicidad. Un día, por accidente, escucha una grabación de Callas y es tal la conmoción que le provoca que decide comenzar una investigación para hacer un documental de la artista. Entrevista a las personas aún vivas que la conocieron y logra convencerlas de que su película será un retrato que evitará el cotilleo. Así, consigue hacerse de 40 horas de películas, 200 horas de grabaciones, 400 cartas y cientos de fotos, material que íntegramente digitaliza y restaura. Trabaja en estrecha colaboración con Nadia Stancioff, amiga íntima y biógrafa de la cantante. Luego de cinco años de trabajo, el resultado es María Callas en sus propias palabras (María by Callas, Francia, 2017), un documental de 113 minutos que no tiene desperdicio y que se estrenará a principios de agosto en Life Alfabeta y Cinemateca.

    María Ana Sofía Cecilia Kalogeropoulos Dimitriadis (conocida como María Callas) nació en Nueva York el 2 de diciembre de 1923. Hija de griegos que emigraron a los EE.UU. en 1923, a los ocho años empezó a estudiar piano alentada por sus padres. Con su madre y su hermana mayor vuelven a Grecia en 1937 e ingresa a estudiar canto en el Conservatorio de Atenas. Allí la escucha la otrora famosa soprano española Elvira de Hidalgo (1891-1980) que, ya retirada, ejercía la docencia. Capta en el aire que esa pequeña adolescente, regordeta y tosca, tiene en su voz un diamante en bruto. De Hidalgo se convirtió en un pilar importantísimo para Callas, quien de ella obtuvo el apoyo que no encontró en su propia madre. Durante el tiempo que coincidieron en Grecia, se fraguó entre ambas una amistad que duró toda la corta vida de la artista. De Hidalgo fue su amiga y confidente, y mantuvo con ella una correspondencia varias veces citada en la película.

    Callas debuta en 1942 en Atenas. Dos años más tarde vuelve a Estados Unidos y tres años después canta por primera vez en Italia. En adelante, los éxitos se suceden en Europa y América. En 1947 se casa con Giovanni Battista Meneghini, de quien se separa en 1959 en medio de un romance con el millonario Aristóteles Onassis. Este le será infiel con Jacqueline, la viuda de John F. Kennedy, relación de la que Callas se entera por la prensa. Semejante hecho impacta fuerte en su carrera y en su voz. Aunque un tiempo después se reconcilian y vuelven a ser buenos amigos, ya nada volverá a ser como antes. Ambos mueren en París, Onassis en 1975 y Callas en 1977.

    El hilo conductor del documental es una entrevista con el periodista británico David Frost, realizada en 1957 en Nueva York, donde Callas se muestra divertida, sensata, se quita la máscara y aparece vulnerable y también independiente. Allí recuerda su dualidad entre la mujer y la diva, y declara: “Hay dos personas dentro de mí. Quisiera ser María, pero debo estar a la altura de Callas. Lidio con las dos, tanto como puedo”. Frost le pregunta: “Y a la hora de la verdad, ¿quién gana, María o Callas?”. Ella responde: “Me gusta pensar que van juntas, porque Callas es María. En mi canto y mi trabajo, lo que soy siempre. No he sido falsa, he hecho todo con honestidad. Hubiera preferido tener una familia feliz e hijos. Creo que esa es la vocación principal de una mujer, pero el destino me introdujo a esta carrera. Primero mi madre, que decidió que me convertiría en una gran cantante. Probablemente yo tenía algún talento, de otro modo no podría haber continuado. Pero no podía resistirme, porque en aquellos días uno hacía lo que los padres decidían. ¿Qué podría haber hecho? ¿Protestar? ¿Una niña como yo, contra un carácter como el de mi madre? Varias veces me forzaron a seguir. Después de mi madre, mi esposo (Giovanni Battista Meneghini). Hubiera abandonado la carrera con gusto, pero el destino es el destino”.

    El material de archivo que maneja Volf, en su mayoría inédito, es fascinante: de la Scala de Milán a una fiesta en un circo; de la Ópera de París a los escenarios de Tokyo; de conferencias de prensa a filmaciones caseras; del making-of de la película Medea, con Pier Paolo Pasolini a su lado, a las bambalinas antes o después de salir a escena; de la dureza de los primeros años de ensayos a las vacaciones en el yate Cristina, de Onassis, en el mar griego. Y de manera permanente los paparazzi: subiendo o bajando de un avión, saliendo o entrando al hotel, al teatro o a su apartamento en París, subiendo o bajando de un coche. Gran parte del material de archivo fue coloreado y eso tiene el efecto de transformar imágenes históricas en algo en apariencia mucho más cercano en el tiempo. Volf prescinde de todo comentario o valoración para privilegiar la palabra de Callas, quien se revela como una interlocutora inteligente, capaz de ironía y autocrítica. Ese despojamiento de comentarios hace que desfilen por la pantalla personajes como Luchino Visconti, Pier Paolo Pasolini o Vittorio de Sica, por citar solo tres personalidades, sin que nadie advierta o subraye su presencia.

    Ha declarado el director: “Quiero que el espectador salga sabiendo quién fue María y quién fue Callas. He querido contar una historia, hacer una foto completa, un retrato auténtico. Mostrarla a través de sus propios ojos tal como fue, con momentos de grandeza y tristeza. Una mujer fuerte y al mismo tiempo vulnerable”. Haber apostado a las palabras de la propia Callas para contar la historia ha sido un acierto, porque la artista muestra en todo momento ser dueña de la lucidez suficiente para transmitir la triste vanidad de un éxito fulgurante, el flagelo de la inconstancia amorosa y sobre todo los beneficios perdurables del rigor y la disciplina artística.

    Hay un par de aciertos más de Tom Volf que conviene señalar. La utilización de la sugestiva voz de Fanny Ardant para la lectura en off de cartas que Callas envía o recibe. Ardant ya fue Callas bajo la dirección de Roman Polanski en la puesta teatral de Master Class, de Terrence McNally (1997) y en la película de Franco Zeffirelli Callas Forever (2002). El segundo acierto es la audición completa y no recortada de las arias seleccionadas para ilustrar la película. Los melómanos agradecidos.

    El documental hace honor a esta mujer que, más que cantante, fue la intérprete de ópera más importante del siglo XX, porque fue tal vez la primera en quien el histrionismo —medido, para nada ampuloso— tenía su lugar en la interpretación. Callas podía mover su cuerpo sin trasladarse, clavar la mirada, gesticular apenas y demostrar que en la ópera puede no primar solamente el canto. Le agregó así un plus que hasta su aparición el canto lírico femenino casi no conocía. En su arte había magia, algo que va más allá de la perfección vocal. Sus mentadas limitaciones en lo vocal empalidecen detrás de su genio de intérprete y su don intuitivo.

    El dramaturgo norteamericano Terrence McNally ha escrito: “Callas pagó muchas veces el precio por no ser una cantante ‘perfecta’, pero logró hacer de la ópera algo vivo. Hizo que las notas y las palabras de los grandes compositores y poetas románticos italianos del siglo XIX sonaran espontáneas y hasta naturales. Era como si estuviera hablando y no cantando, y que lo que estaba diciendo estaba siendo dicho por primera vez. Otras sopranos cantan Vissi d’arte, pero solo Callas en esa aria le habla a Dios”.

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