En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
“Hoy fue un día feliz, solo rutina”. La frase, incluida por Mario Benedetti en las primeras páginas de La tregua, resplandece en la penumbra de la primera escena, en la que se presentan los protagonistas: Martín Santomé y Laura Avellaneda. Junto a ellos, Rutina y Azar, conceptos corporizados en personajes centrales. Y, con menos tiempo en escena, pero con un rol central, Muerte, ese tremendo personaje omnipresente desde que algún homínido, una noche de luna llena, contó una historia a sus congéneres reunidos en torno al fuego.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Esta versión escénica de la pequeña novela construida a base de entradas en un diario íntimo dura solo 65 minutos, lo que debe durar. La primera imagen poderosa: Martín camina a lo largo de los días, los meses, los años, cargando el peso de la rutina. Literalmente, el español Ciro Tamayo arrastra al brasileño Acaoã Theóphilo, intérpretes a cargo de esos roles el domingo 29, en la función de La tregua presenciada por Búsqueda.
En el segundo cuadro ingresa el juego de módulos móviles de varios tonos de gris oscuro y negro diseñado por Hugo Millán. Simbolizan la ciudad. Una ciudad igual de gris pero mucho más universal y atemporal que la Montevideo del relato original. Pueden agruparse en un solo bloque o dividirse para representar el paisaje urbano, una skyline traslúcida, de factura muy contemporánea, a través de la cual se pueden apreciar múltiples escenas simultáneas. Una ciudad enrejada que puede ser cárcel de cemento para los seres desangelados que habitan esta trama, pero que también puede ser refugio para el amor incipiente que abre la hendija de estos corazones cenicientos. Un gran hallazgo escenográfico que dialoga en todo momento con la iluminación de Sebastián Marrero.
La luz y los decorados respiran a la par en este espectáculo. Y, de hecho, el otro gran logro conceptual, y alta eficacia plástica, radica en que la luminosidad de la escena replica el estado de ánimo de los personajes y el clima del relato. Y si hay un elemento que define el tono de todo lo que vemos, si existe en esta puesta algo parecido al diafragma de una cámara fotográfica que define todo el panorama, son los ojos de Martín: desde el cuadro más lúgubre al cálido resplandor de un cielo luminoso para volver al marco sombrío que nos introduce en ese tremendo desenlace trágico, que nos deja sin aliento ante ese duelo inefable entre Laura y la elegante e implacable dama vestida de negro (ambas impecablemente encarnadas por Nadia Mara, la nueva primera bailarina del BNS).
En la tercera escena, en un frenético vaivén de bailarines, se presentan la ciudad, los peatones, los empleados, el ruido de las obras en construcción, el tráfico, el “viento asqueroso”, como lo define Martín, aparece en todo su esplendor el cuerpo de baile y con él se termina de plasmar la compleja matriz creativa que desarrolló en La tregua la coreógrafa Marina Sánchez. De allí en más, todo es puro vértigo. En pleno ascenso creativo, la exbailarina devuelve con creces la confianza depositada por la compañía —a la que pertenece hace 25 años— cuando la nombró artista residente, en 2017. La contundencia de las imágenes, de gran carga simbólica, y la fluidez con la que la danza oscila entre los lenguajes contemporáneos y la tradición del ballet clásico hacen que esta —su primera pieza de larga duración— sea su obra consagratoria. Superada la pandemia, no hay razón para no avizorar futuras giras del BNS con esta Tregua por la región e incluso España, donde la novela es muy conocida. El colectivo alcanza la cumbre en la escena de la máquina burocrática, con un notable despliegue de percusión con manos y pies, a ritmo de candombe electrónico.
Se trata de una puesta austera en lo material, liviana de equipaje, que maximiza la dimensión narrativa y prescinde de imponencias, salvo por la energía que reina en escena. Otro factor que suma contemporaneidad al montaje es el vestuario, también de Millán, basado en diseños de los años 50 y 60 que siguen presentes como clásicos, a prueba de tendencias y modas pasajeras. Los grotescos mamelucos grisáceos suman densidad y simbolismo burocrático a la atmósfera plomiza de la novela.
La familia de Martín acapara las miradas en las primeras escenas. El recuerdo de su esposa muerta y sus dificultades de comunicación con sus hijos, especialmente con Jaime debido a su opción homosexual, se aprecian con nitidez. Punto para el oficio de Gabriel Calderón (autor de la dramaturgia) por capturar el aura de los personajes. No estamos ante una transcripción literal del argumento. El equipo creativo plasmó una versión libre de La tregua, sostenida en sus roles arquetípicos y en los aceites esenciales del argumento.
Y hablando de esencia, con el paso de los minutos gana importancia, en el plano narrativo, Azar (Vanessa Fleita), un personaje decisivo, que juega sus cartas desencadenando gran parte de los hechos, hasta que alcanza su cenit dramático al unir a los protagonistas, cuando el oficinista de 49 años conoce, en los últimos meses antes de jubilarse, a la muchacha de 24 que le devuelve las ganas de vivir. El fugaz romance constituye la primavera y el verano en estas cuatro estaciones montevideanas.
La banda sonora creada por Supervielle reúne buena parte de los sonidos que han reverberado en el Río de la Plata durante el último siglo y medio. Por supuesto, hay una fuerte impronta de Bajofondo, el grupo que fusiona tango, pop y electrónica, que integra desde su fundación, hace casi dos décadas. La veta piazzolliana resuena en uno de sus continuadores, el bandoneonista uruguayo Raúl Jaurena. Pero todo pasado por el tamiz compositivo y arreglístico de Supervielle, quien reescribió piezas de Jaurena y Bajofondo como en una especie de palimpsesto musical, además de componer abundantes pasajes de impronta clásica. Todo junto con una rica paleta de efectos sonoros ciudadanos, como el característico moderar de un motor de mediados del siglo XX y el característico discado a mano de un viejo teléfono. Pero además Sánchez previó desde el vamos la presencia fragmentada de Vivaldi y Beethoven, con algunos breves íconos que aportan colores barrocos y románticos. Entre toda la parafernalia sónica, hay un sonido indeleble: el chelo que encarna las vibraciones del alma de Martín Santomé. Hay quienes lo definen como el instrumento más parecido a la voz humana. Aquí queda demostrado.
La tregua no solo es el espectáculo uruguayo del año y el máximo logro integral del BNS en su década de historia: por su calidad vuelve muy cuestionable la no renovación de contrato a Igor Yebra al frente del BNS y está llamado a convertirse en un clásico de la danza del siglo XXI.