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    La fragilidad del poder

    Miguel Battegazzore en el Museo Zorrilla

    Un ex ministro de Relaciones Exteriores recorre la exposición. Es muy conocido, aunque su semblante luce mucho más distendido que en su época de ajetreado gobernante. Es un hombre acostumbrado a recorrer obras de arte: se nota en sus comentarios y en el tiempo dedicado a los detalles. Sabe leer entre líneas. Sus apreciaciones son favorables, definitivas. Es que hay cierta conexión especial entre la política y la obra de Miguel Battegazzore (1931), en especial en esta muestra titulada “Las criaturas de Prometeo (Metáforas de lo humano)”, recientemente inaugurada en el Museo Zorrilla de Punta Carretas. Política en el sentido más amplio y sutil del término, menos atada a circunstancias cotidianas, a urgencias primarias. La cuestión del poder, de las estructuras, de la marcha del “acuerdo social” que sostiene a la humanidad desde el inicio mismo de la cultura. La cultura también en relación a los vínculos más profundos y a sus representaciones, a la expresión artística, al eterno vaivén entre orden y desorden, entre luces y sombras. De eso se trata en cierta forma esta propuesta que tiene un juego de bolos como eje central de la imagen en todos los cuadros, una imagen que desde hace mucho tiempo identifica el trabajo de este artista. “Acá se ve claramente la caída del poder”, señala el visitante ilustre a su acompañante.

    Entre la imagen de los grandes bolos desparramados en las piezas, viejos estandartes de Battegazzore y de sus colores, se puede transitar por una experiencia de indudable jerarquía. La obra de un gran artista, de una generación, de una época que abre sus puertas a innumerables referencias, desde la mitológica del título a la compleja y fascinante historia del arte, desde la arquitectura hasta los símbolos nacionales. En este caso, la oferta es abrumadora, como para deslumbrar a más de un ministro, aunque no sean muchos los que uno ve pasear por las exposiciones.

    Y es una pena, porque estos trabajos se refieren a cuestiones que hacen a sus intereses. La sala está repleta de cuadros, tal vez un exceso. Pero un exceso que permite un fuerte golpe inicial, como si uno entrara al juego y recién hubiera tirado la bocha para generar ese aparente desparramo accidental.

    No es común que haya tantos trabajos en una exposición, cuadros de buen tamaño, perfectamente pintados, de colores puros, fuertes, casi lúdicos. Están colocados bastante juntos en un cuidadoso montaje. Pero hay que entender el desafío: hay cuadros a color, con fondos en tonos fuertes, plenos, sobre los que parecen apenas sostenerse esas estructuras de bolos. Y también hay cuadros en blanco y negro con el mismo motivo, relacionados en parejas, con trazos sutiles, en grafito y dibujados con extrema calidad. En ellos, el sombreado, la delicadeza y la perfección del trazo contrastan con la fuerza del color, aplacan el impacto, proponen transitar por las sombras, por una especie de lado oscuro de la certeza. Es como si Prometeo saliera de esas sombras y ofreciera el fuego que permite correr el velo, percibir en profundidad la fragilidad del mundo, incluso de las instituciones aparentemente más firmes. En los cuadros a color, la inestabilidad contrasta con la firmeza de un pedestal, una escalera de mármol, un muro macizo, columnas. En varias obras se repite la estatua de la libertad, estilizada, elevada, rodeada de bolos. Para completar el recorrido, se intercalan largos paneles cargados de imágenes impresas, dibujos, fotos, alusiones contundentes a la historia, a referencias artísticas, a los símbolos del poder, a estructuras golpeadas por el tiempo, a edificios o monumentos semidestruidos o grafiteados, alusiones al arte y a imágenes reconocibles de la ciudad. Más que una exposición, parece, entonces, una construcción.

    Es que aunque no hay objetos y la propuesta es bidimensional, uno está tentado a pensar en una construcción más que en una muestra, en un espacio ocupado por ese “cuerpo” representativo del orden continuamente jaqueado por el caos, de la inestabilidad de lo establecido, incluso del sistema simbólico, de las representaciones, de los mitos. Se reconoce además la compleja personalidad de un artista múltiple, un hombre que pintó y que transitó por el diseño, la escenografía y, por supuesto, la escultura.

    Un artista en el que se nota la profundidad de su conocimiento así como el vuelo que logró imprimir al sendero constructivo, al arte geométrico y a un uso del color intenso y personal.

    Estamos ante una sala llena de bolos organizados para que uno los tire a su antojo, para que uno siga jugando y desordene aún más el delicado juego de estructuras donde se sostiene el poder. Se trata de robar la bocha como Prometeo robó el fuego sagrado. Y lanzarla al centro de las certezas.

    “Las criaturas de Prometeo (Metáforas de lo humano)”. Exposición de Miguel Battegazzore en el Museo Zorrilla (Tel. 2710 1 8 18), con curaduría de Ángel Kalenberg. Todos los días de 14 a 18 horas. Hasta el 7 de octubre.