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    La golosina de la nostalgia

    Stranger Things, ciencia ficción con sabor ochentoso en Netflix

    Colaborador en la sección de Cultura

    En la televisión se emiten Brigada A y He-Man; se pueden ver maravillosamente bien si se tiene una buena antena. El eslogan del refresco más famoso del mundo es “Coke is it!”. Tom Cruise es el joven galán del momento. Es 1983. Ronald Reagan, en su combate con el “imperio del mal”, la Unión Soviética, lanza el Sistema Estratégico de Defensa, conocido como “Guerra de las Galaxias”, justo en el año en que se estrena El retorno del jedi. Y en el pequeño pueblo de Hawkins, donde nunca pasa nada, están sucediendo cosas extrañas.

    En Stranger Things, la nueva serie/suceso de Netflix, venerada por Stephen King y Benicio del Toro, el asunto comienza con una de-saparición. Allí, en Hawkins. Después de 10 horas jugando al Dungeons & Dragons con sus amigos, Will (Noah Schnapp) se marcha en bicicleta a su casa. Es de noche, en el camino ve algo que no debería. Al día siguiente, ni rastros. A partir de este hecho se abren distintas líneas narrativas. Por un lado está el mundo adulto, con Joy Byers (Winona Ryder), la madre, que si ya tenía alguna clase de desequilibrio emocional, a partir de ahora todo se le va a hacer más complicado. El comisario Jim Hopper (David Harbour) inicia la investigación. Hop, así lo llaman, conecta con Joy más allá de su labor policial. Conoce el tipo de desesperación y sufrimiento que ella vive. Del mundo adulto también proviene el Malo, el doctor Brenner, interpretado por Matthew Modine, que realiza experimentos siniestros para una agencia del gobierno. En simultáneo, los amigos de Will, Mike (Finn Wolfhard), Dustin (Gaten Matarazzo) y Lucas (Caleb McLaughlin), una barra de nerds cuando ser nerd no era cool, emprenden una misión de rescate por su cuenta. Y se topan con una niña de cabeza casi al rape (Millie Bobby Brown) a la que, por tener el número marcado en el antebrazo, llaman Eleven. Enigmática, tímida y retraída, Eleven se escapó de las garras del doctor Brenner. Ella no lo dice, el espectador lo sabe. Mike le da refugio en su casa. Pronto descubre que Eleven puede ser clave para encontrar al niño perdido. Y que tiene poderes increíbles.

    Otra línea se desarrolla en el universo alternativo de la adolescencia, representado por Nancy (Natalia Dyer), hermana de Mike, Jonathan (Charlie Heaton), hermano de Will, y otros seres entre los que se encuentra un galán aparentemente bastante imbécil. También está “el otro lado”, una dimensión paralela, y los flashbacks que ilustran el pasado de los personajes. Y una abrumadora cantidad de referencias a la década de 1980 y, en especial, a cómo esta época fue representada en su momento.

    De vuelta a los 80.

    Referencias y guiños hay de sobra. En forma y contenido. Los afiches de Stranger Things son una afectuosa reverencia a los de Blade Runner, Volver al futuro, Indiana Jones y, claro, Los Goonies, de la que la serie bebe un poco de la sangre. La tipografía utilizada, rojo diabólico sobre fondo negro, es la de muchas portadas de libros de Stephen King (véanse las antiguas ediciones de Misery o It, publicadas por Emecé). Los títulos de apertura son la perfección. Una delicia para todos los que sometieron horas de su infancia y adolescencia a los rayos catódicos de esos años. Condensan y expresan las intenciones de quienes firman como The Duffer Brothers, los gemelos con gusto por lo fantástico Matt y Ross, productores ejecutivos y también guionistas y directores de cinco de los ocho episodios que componen la primera temporada. La música de la presentación, con esos inquietantes sintetizadores, sabe a las composiciones y las películas de John Carpenter. En la banda sonora, con resonancias de El enigma de otro mundo y La niebla, encajan perfectamente Joy Division, Echo & The Bunnymen, New Order y The Clash, cuyo hit Should I Stay or Should I Go es un componente significativo en la relación de dos hermanos. Una secuencia clave está revestida con la versión que Peter Gabriel hizo de Heroes, de David Bowie.

    Sin recurrir al montaje hiperestimulante ni a cliffhangers que activan el irrefrenable deseo de consumir el siguiente episodio, la nueva estrella de Netflix es más contenida, una celebración posmo y a la vez homenaje respetuoso a un género, un estilo y una época, como lo intenta ser Super 8, de J.J. Abrams. Hay algo de la aventura inocente y familiar de Cuentos asombrosos —también llamada Historias asombrosas—, la imaginativa serie de fantasía, misterio y ciencia ficción creada por Spielberg, cuyo espíritu impregna la serie. Esta ficción es hija de E.T., de Encuentros cercanos del tercer tipo, y de Poltergeist, producida por Spielberg, en la que se establecen contactos con el más allá. Es inevitable evocar a Cuenta conmigo, de Frank Darabont, el director que mejor ha trasladado la literatura de King a la pantalla y también realizador de otra referencia de la serie: La niebla (sin relación con la de Carpenter).

    En Stranger Things los elementos deglutidos se integran de un modo orgánico y otras veces a los tumbos. A medida que progresa la narración, empieza a notarse que con todo ese cúmulo de guiños no alcanza. El homenaje, en sí mismo, no es suficiente para sostener una ficción de ocho horas. La nostalgia puede ser un buen llamador, pero como destino no aporta demasiado. Ningún guiño salva los momentos donde el clímax se desinfla o, lo que es peor, cuando se resuelven medio a lo bestia algunas situaciones, especialmente las que se desarrollan en ambientes iluminados, porque, es sabido, cuando se usan efectos especiales hechos por computadora, las escenas nocturnas son más rendidoras. Con las referencias ochenteras como exoesqueleto, como prótesis, acomoda el cuerpo entre lugares comunes y escenarios ya transitados con éxito en el cine y la televisión, desde una agencia gubernamental que “oculta cosas” al portal interdimensional. Quienes hayan pasado por Star Trek o Fringe experimentarán la sensación de que lo de los hermanos Duffer es más llano y más básico en cuanto a la instrumentación de la ciencia y la ciencia ficción.

    Así, mientras se saborea la golosina de la nostalgia, al ver ciertas resoluciones, también se genera la sospecha de que los Duffer —creadores de Wayward Pines— son mucha cáscara o unos vendedores de humo de primera categoría. Como muestra también valen los caprichos del guion. Nancy, la hermana adolescente de Mike, cree que a una amiga le ocurrió algo horrible simplemente porque... lo cree. Y lo cree así no porque sea vidente, sino porque es lo que los guionistas necesitan para hacer avanzar su historia y conducirla al encuentro con otro personaje.

    Lo que realmente suministra potencia y mantiene a flote al fenómeno son las actuaciones. Ryder, 44 años, dos veces nominada al Oscar, perdida en los 2000 entre papeles menores y escándalos extracinematográficos, como el de haber robado cosméticos y ropa en Beverly Hills, parecía haber dado todo. Ahora protagoniza escenas sublimemente dramáticas, de esas de las que no salen con vida las interpretaciones débiles, como cuando entra en contacto con “el otro lado” con luces navideñas. Impresiona y conmueve. Como la actuación de Brown, capaz de dibujar nubarrones y días de sol con la mirada. Un hallazgo la criatura. Igual que esa pandilla de raros adorables que son Mike, Dustin y Lucas, cada uno con una personalidad bien marcada, no estancada. Esta aventura los pondrá en contacto con lo desconocido, con la muerte y con monstruos de diferentes formas. Pero, sobre todo, después de este viaje, ya no serán los mismos.

    Vida Cultural
    2016-07-21T00:00:00

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