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La primera vez que Wolfgang Beltracchi copió la obra de un maestro de la pintura fue en 1965, cuando tenía 14 años. Su padre, que restauraba frescos en las iglesias, le había dejado usar sus pinturas y le mostró el cuadro Madre e hijo del período azul de Picasso. Pero al adolescente el cuadro no le gustó porque era “demasiado triste” y decidió hacer una versión propia: le quitó la capa al niño de Picasso y le cambió la expresión a los personajes para que el conjunto pareciera más amable. “Mi padre tuvo la culpa de que sea un falsificador”, dice un Beltracchi sonriente, a los 63 años, en el documental que lleva su nombre.
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Beltracchi: The Art of Forgery(2014), dirigido por Arne Birkenstock, puede verse por Netflix. El documental sigue los últimos días del “artista” y su esposa Helen antes de ir a prisión. El estafador tuvo una exitosa carrera durante 40 años, hasta que en 2006 un comprador le exigió a la casa de subastas Lempertz un certificado de autenticidad por un cuadro del expresionista Heinrich Campendonk: Cuadro rojo con caballos. Pero ese documento no existía, por lo tanto, lo mandaron a un laboratorio para que lo examinara. Entonces se descubrió que la obra era falsa porque la pintura blanca de fondo contenía dos pigmentos que no existían en 1914, año de la supuesta creación.
La Policía alemana capturó a Beltracchi y a su esposa Helen a mediados de 2012. Se descubrieron más de 60 pinturas, pero los juzgaron solo por 14 falsificaciones. Beltracchi, cuyos cuadros llegaron a venderse en Christie’s y Sotheby’s, dice en el documental: “Hice 300 cuadros y dibujos entre 1970 y 2010. Podría haber hecho 2.000 y el mercado los hubiera aceptado”. Y allí está lo polémico de su oficio, algo que queda muy claro en el documental: los falsificadores existen porque hay quien compre sus pinturas. Incluso el protagonista agrega: “Hasta es más fácil vender un cuadro por medio millón de euros que por 10.000 porque nadie pensará que es falso. (…) Los marchands se alegran de encontrar cualquier obra que puedan vender”.
Con su fortuna, la pareja compró dos lujosas mansiones en Alemania y Francia, pero por ahora no pueden disfrutarlas. Beltracchi fue condenado a seis años de prisión y su mujer a cuatro años, ambos con un régimen carcelario abierto. Lo que no se sabe es cuántas de sus falsificaciones aún circulan en el mercado.
Para conocer a este gran estafador, hay que comenzar por su nombre. Porque Beltracchi en realidad no es Beltracchi: cambió su apellido Fischer por otro con sonoridad italiana que de paso ocultaba su origen alemán. Fischer-Beltracchi nació en 1951 en la ciudad de Höxter, en un hogar donde las pinturas y la restauración formaban parte de la vida cotidiana. “En mi familia pintar era como lavarse los dientes. Para mí no tenía nada sagrado”, dice frente a la cámara con su melena canosa y su pinta de rockero salido de Woodstock. Algo de eso también dicen algunos expertos en arte entrevistados para el documental: Beltracchi tenía una técnica y talento excepcionales, pero a sus pinturas les faltaba “alma”, el alma del artista.
Todo empezó cuando era un estudiante universitario y compraba cuadros antiguos en los mercados de pulgas. Los restauraba y después los vendía. “Tenía buen ojo, aprendí mucho sobre los distintos estilos y épocas”, cuenta. Pero como no ganaba demasiado con esas restauraciones se preguntó: “¿Por qué no los pinto de nuevo?”. Y desde ese momento, en la década de los 70, comenzó su carrera de falsificador. “Cuando ves tu cuadro colgado en algún museo, piensas: ‘Maldita sea, es mi cuadro y nadie lo sabe”, comenta, y se ríe.
En el documental, es generoso con sus secretos. Va a una casa de remates, compra un cuadro que en la parte de atrás tiene un sello que dice “Barcelona 1915”. Eso es importante, el sello y la fecha. Después borra la pintura y realiza su obra. Cuando la termina, la coloca en una especie de horno para que se seque. Un óleo puede demorar entre seis y doce meses para secarse. Al final de ese proceso, el cuadro está pronto y Beltracchi saca de un tarro pelusas y las introduce entre el marco y la tela. “Ya tenemos la auténtica suciedad de Barcelona 1915”, dice, y se vuelve a reír. También cuenta que los cuadros “huelen a la habitación en la que han estado colgados”, por eso a veces los expone, por ejemplo, al humo del cigarro.
Pero el mejor secreto de Beltracchi no estaba en su técnica, sino en cómo creaba una supuesta obra de un autor famoso. “Hay dos posibilidades: la primera, pintas un cuadro perdido; la segunda, llenas un hueco imaginario en la obra del artista. Entonces se necesita un cuadro que no figure en su catálogo, que no se sepa dónde está ni qué aspecto tiene”. El falsificador creó uno de esos “huecos imaginarios” en la obra de Max Ernst y pintó un cuadro con su técnica y apareció en un catálogo. “Les dejamos pistas para que los historiadores de arte lo encuentren”, explica.
Para completar su artimaña, Beltracchi se inventó un coleccionista de arte que supuestamente era el abuelo muerto de su esposa Helen. Para que fuera más creíble, Helen se vistió como su abuela y posó en una habitación con los cuadros falsificados.
“Contó una historia y todos aquellos que la oyeron querían que fuera verdad”, dice un crítico de arte entrevistado para el documental. Uno de los que quisieron creerle fue el experto e historiador de arte Werner Spies, quien certificó un cuadro de Ernst, falsificado por Beltracchi, y fue vendido a un coleccionista por siete millones de euros. Otro de los estafados fue el actor Steve Martin, quien compró uno de sus cuadros falsos por 700.000 euros.
En el documental aparecen galeristas, críticos e historiadores. Y, por supuesto, la pareja Beltracchi con sus hijos adolescentes, quienes supuestamente descubrieron a qué se dedicaban sus padres cuando la Policía estaba en la puerta de su casa. También aparece el estafador en la cárcel pintando el cuerpo de un preso. Y hacia el final, él mismo estampa “W. Beltracchi” en un cuadro de su autoría. ¿Lo habrá podido vender?