—Odio California, me quiero ir de aquí y estudiar letras en alguna universidad de Nueva York o de Connecticut —le dice la hija a su madre en el auto, que atraviesa el campo a una velocidad crucero.
—Odio California, me quiero ir de aquí y estudiar letras en alguna universidad de Nueva York o de Connecticut —le dice la hija a su madre en el auto, que atraviesa el campo a una velocidad crucero.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—No podemos pagarte esas universidades —es más o menos la vehemente respuesta de la madre.
La discusión se corta abruptamente cuando la hija abre la puerta y se arroja a la cuneta.
No es estrictamente California, es Sacramento, que te agobia con su chatura y su falta de horizontes, con su colegio católico y sus obras teatrales estudiantiles dirigidas por curas gordos, con sus casas residenciales y sus casas al otro lado de la vía, no tan residenciales. Tu madre se desloma como nurse en doble horario, tu hermano atiende en un supermercado y tu padre no tiene trabajo. Lo mejor que te puede pasar es que tengas un novio, te cases y después te mueras en Sacramento. Eso piensa la adolescente Christine, quien se denomina a sí misma “Lady Bird”. Ponerte un sobrenombre es una de las primeras formas de autodefensa; después, huir. Estamos en 2002, todavía no existe la fiebre de los celulares y en la casa de Christine la única computadora se comparte entre los cuatro familiares.
Greta Gerwig también nació en Sacramento, fue a un colegio católico, su madre era nurse y no tenían tele. Hasta el momento era conocida como actriz y había firmado junto con Noah Baumbach las historias de Frances Ha (2012) y Mistress America (2015), dos sólidas películas independientes que hablan de gente joven con singularidad y desparpajo. No estudió cine. Sencillamente aprendió en la marcha viendo lo que otros hacen, bien y mal. Lady Bird es la primera película de su autoría cien por ciento, como directora y guionista. Obtuvo dos Globos de Oro (Mejor musical o comedia y Mejor actriz para Saoirse Ronan) y se llevó cinco nominaciones de la Academia: película, dirección, guion original, actriz principal y secundaria (Laurie Metcalf).
Gerwig es la quinta mujer en la historia de los Oscar en ser nominada a la mejor dirección: Lina Wertmuller lo fue en 1976 con Pasqualino siete bellezas, Jane Campion en 1993 con La lección de piano, Sofía Coppola en 2003 con Perdidos en Tokio y Kathryn Bigelow en 2009 con Vivir al límite (The Hurt Locker), la única en ganarlo.
Dejemos de lado los aspectos autobiográficos de la historia y las premiaciones, que dicen algo, a veces mucho, pero no necesariamente hacen justicia. Lo cierto es que Lady Bird es la mejor película en competencia por las estatuillas. Así nomás.
La delicadeza para tratar los afectos y las relaciones familiares, en especial el conflicto entre la hija y su madre, que se va decantando de a poco, con varios detalles y mucha fineza. La figura replegada y disminuida del padre, y a pesar de ello su buena onda y comprensión. El desencanto del primer romance. Las pequeñas pinceladas en el ensayo de un musical. El baile temático de fin de año con “motivos del Oeste”. Ir de compras con tu madre. Un día en la piscina de la amiga que vive en la zona residencial de Sacramento. El primer colocón etílico luego de padecer la soledad de la chica de provincias que llega a la gran ciudad (“¿Esta es tu música? ¿Grandes hits? Apesta”, dice un noviete citadino; “Bueno, son grandes hits”, responde Lady Bird).
Cada plano está cuidado y elegido con sentido visual. Cada personaje delineado con justeza y sensibilidad. Nunca un brochazo fácil. Hay que saber mantener el ritmo de ese modo apacible, amable, en particular cuando se habla de cosas que duelen o molestan. Cuando el espectador piensa que Gerwig la sacará fácil en una secuencia del colegio religioso, te la vuelve compleja al dotar al profesor o a la monja con una respuesta inesperada, porque las cosas no son tan horribles ni lastimosas ni vergonzosas, sino ligeramente tontas o ridículas. La estudiante platuda y estirada no es una caricatura; el novio superado y anarquista tampoco; y eso gracias al perfecto ensamblaje de todas las piezas del argumento y a una estupenda dirección de actores. Caminemos por una zona de confort y de muchos grises a pesar de todos los sinsabores de la vida, parece decir la cineasta. En definitiva es dar con el tono exacto de una gran melodía pop, que por ser pop no necesariamente banaliza el amor, la felicidad y la tristeza.
Según declaró a The Observer, Gerwig trabaja los personajes a fondo con los actores, pero una vez que tienen claro el asunto, los deja libres en materia interpretativa. La frescura que destilan las caracterizaciones habla del éxito del sistema. Además, Gerwig prohibió los celulares en el set de filmación. No está bueno que mientras un actor se desloma en una escena, otro consulta Instagram.
Tal vez pueda causar asombro algún título cinematográfico que elige la directora y guionista como emblemático en su formación: La chica de rosa (1986), de Howard Deutch, con libreto de John Hughes. Es que el cine que te forma en los primeros años de tu vida siempre es mágico.
Los temas importantes no se alojan solo en los asesinatos, en las violaciones o en las mentiras políticas. Muchas veces están en películas engañosamente pequeñas, como Lady Bird.
Lady Bird. EE.UU., 2017. Escrita y dirigida por Greta Gerwig. Con Saoirse Ronan, Laurie Mercalf, Lucas Hedge, Timothée Chalamet. Duración: 94 minutos.