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En la primera escena, Rachel (Kathryn Hahn) y Richard (Paul Giama-tti) están en la cama. Ella acostada de espaldas a él, que está hincado y calculando el lugar donde unos segundos después le da una inyección. El pinchazo duele, Rachel se queja, Paul dice que siguió las instrucciones de la enfermera y que no es médico; ella le pregunta si está enojado y él dice que no, que lo que está es cansado. En la escena siguiente, Rachel y Richard están en una sala de espera. Un largo travelling aleja lentamente la cámara y permite ver la sala colmada de parejas.
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El cuadro que sigue muestra a Richard firmando consentimientos escritos mientras una enfermera le habla de la conservación de los embriones. Por un corredor se acerca Rachel con gorra y camisón de quirófano y ambos se sientan en otra sala de espera rodeados de parejas. Ella está estresada, tiene dudas sobre lo que va a hacer. Cita la frase de un amigo: “Tener hoy un hijo es un acto inmoral por la superpoblación, el cambio climático y el crecimiento del neonazismo”. Richard mira alrededor suyo con vergüenza ajena por lo que dice su mujer y le pregunta: “¿Tomaste tu Valium?”. Apenas han transcurrido cinco minutos de rodaje y ya estamos ubicados en tema, clima y temperamentos de los personajes principales.
Vida privada (EE.UU., 2018) es una nueva joya de cine independiente que puede verse en Netflix y que explora los vaivenes emocionales de un matrimonio cuarentón preocupado por no haber podido engendrar un hijo. La tensión y el desgaste cotidiano, las dudas sobre si adoptar o no, el someterse a probar métodos alternativos de fertilización. Está escrita y dirigida por Tamara Jenkins, una mujer con dos antecedentes lustrosos: Slums of Beverly Hills (1998), otra comedia agridulce con Nata-sha Lyonne, Alan Arkin y Marisa Tomei y Savages (2007), un conmovedor drama con Laura Linney y Philip Seymour Hoffman.
La señora Jenkins hace caminar su película a paso firme por el límite a veces difuso que separa la comedia del drama. Un guion de precisión quirúrgica mezcla en dosis exactas los momentos de angustia y de emoción genuina con un humor permanente y agudo. Hay diálogos imperdibles por las calles de Nueva York, o alrededor de la mesa familiar en el día de Acción de Gracias, o con una asistente social, o con las enfermeras y los ginecólogos en los consultorios. El marco de la ciudad de Nueva York y el estilo narrativo recuerdan por momentos al mejor cine de Woody Allen, aunque es preciso apuntar que Jenkins tiene un pulso propio y distinto, inteligente como aquel pero menos alocado.
Hay un trío de intérpretes monumentales con los que Jenkins confirma que es, además, una notable directora de actores. Paul Giamatti es el marido dócil, tierno, paciente y cansado que acompaña como un soldado a su mujer a través de estas experiencias difíciles para cualquier pareja. Kathryn Hahn está enorme en el retrato de esa mujer ocupada entre la literatura —es escritora— y el desgaste en la búsqueda de soluciones para su maternidad frustrada. La química de ambos como pareja en la pantalla es una lección actoral de sutileza poco común, donde las miradas, los silencios, los gritos y las risas componen un menú exquisito de gran refinamiento. Por si todo esto fuera poco, el trío se forma con Kayli Carter en el papel de Sadie, una de las revelaciones del año según Vanity Fair, una joven problemática, sobrina de Richard, que se lleva mal con sus padres. Carter tiene un papel de gran compromiso frente a esos dos monstruos que son Giamatti y Hahn y salva con holgura la prueba.
Otro deleite aparte es la banda sonora, que se amalgama de maravilla con las imágenes. Está formada por covers de temas de la pluma de John Coltrane, Duke Ellington y Antonio Carlos Jobim, entre otros varios, y por fragmentos de algunas Invenciones y Suites para piano de Juan Sebastián Bach.
Esta es la tercera película que Tamara Jenkins escribe y dirige en 20 años. La señora se toma su tiempo y hay que agradecer que así sea, mientras sus productos así espaciados mantengan este sostenido nivel de calidad. Entre los agradecimientos finales es interesante destacar algunos nombres que seguramente han contribuido en el fraguado de Vida privada: Francis Ford Coppola, su mujer Eleanor y su hija Sofía, y Alexander Payne, director de Entre copas, también con Paul Giamatti, Las confesiones del Sr. Schmidt, con Jack Nicholson, y Nebraska, con Bruce Dern. En las dos primeras, Payne fue además coguionista con Jim Taylor, marido de Jenkins, que también figura en los agradecimientos. Dios los cría y ellos se juntan.