Nº 2182 - 14 al 20 de Julio de 2022
Nº 2182 - 14 al 20 de Julio de 2022
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl ambiente en que vive un niño durante sus primeros 1.000 días de vida condiciona de forma notoria su coeficiente intelectual, sus capacidades socioemocionales, su salud mental y su desarrollo físico. En una columna reciente en este semanario, el periodista Gabriel Pereira planteó muy claramente lo que la neurociencia, la psicología del desarrollo y la economía nos dicen sobre este tema, que se resume, a grandes rasgos, en lo siguiente: los entornos amenazantes, inseguros y carentes de afecto y estímulos durante los primeros años de vida atentan contra el desarrollo adecuado del cerebro del niño, con repercusiones difíciles o muy caras de revertir en el mediano y largo plazo. El análisis de la Encuesta de Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud de 2018 nos muestra que los niños que nacen en hogares pobres, sujetos a insuficiencia alimentaria, problemas económicos, vivienda indecorosa y mayores niveles de stress y violencia tienen menor capacidad de resolver problemas cognitivos, menos motricidad fina y gruesa y una mayor prevalencia de problemas externalizantes, como la agresividad o el déficit atencional y problemas internalizantes, como el retraimiento social o los problemas somáticos.
La buena noticia es que hay herramientas políticas para evitar estos rezagos en el desarrollo y potenciar el capital humano del país. Hay vasta evidencia de que la inversión en primera infancia no solo se paga sola, sino que le devuelve a la sociedad con creces lo invertido. Los niños con desarrollo pleno de sus capacidades alcanzan más años de educación, consiguen mejores trabajos, tienen mejores niveles de ingreso y tienen un mejor estado de salud. Además de beneficiarse ellos, esto representa para el Estado mayores ingresos en el mediano y largo plazo en términos de impuestos y menores costos de atención de la salud, de asistencia directa (transferencias monetarias o en especie), de seguridad social (seguro de desempleo o discapacidad) o de costos por actividad delictiva (costos de las víctimas y del sistema judicial y penitenciario).
¿Cómo sabemos que la inversión en primera infancia tiene altos retornos para el individuo y la sociedad? Lo sabemos por los trabajos de microeconomistas que se han abocado a estudiar y medir el impacto de políticas de primera infancia, entre ellos, el premio Nobel de Economía James Heckman. En dichos trabajos lo que han hecho es comparar, en algunos casos a lo largo de varias décadas, a niños que en su primera infancia habían estado expuestos a alguna de estas políticas con otros niños similares que no tuvieron la misma oportunidad. Y en buena parte de estos estudios, las trayectorias de ambos grupos son divergentes.
Una primera herramienta que surge de estas investigaciones es la de los centros de educación inicial y de cuidados. El análisis de varios de estos programas implementados en Estados Unidos en las décadas del 60 y 70, focalizados mayoritariamente en niños afroamericanos (Perry School, Abecedarian), encuentra que el ratio beneficio-costo de estos programas oscila entre 7 y 12 dólares por persona. En otras palabras, el valor de cada dólar invertido le devuelve a la sociedad en valor presente entre 7 y 12 dólares. Estos programas mejoran los ingresos futuros a través de diversos canales: potencian el nivel cognitivo del niño, reducen las conductas agresivas y antisociales y aumentan la capacidad de la madre de conseguir un trabajo, con la consiguiente mejora en los ingresos familiares. Además, aquellos niños que participaron de estos programas muestran menos comportamientos no saludables y menos enfermedades crónicas a lo largo de su vida. En Uruguay, hay trabajos que señalan que la expansión de los jardines de ANEP a niños de 4 y 5 años entre 1995 y 2004 aumentó en 0,8 años la escolaridad a los 15 años, redujo la fecundidad adolescente y mejoró la salud al nacer de los hijos de las madres beneficiarias de esta expansión. También hay evidencia sugerente de que el Plan CAIF reduce la desnutrición, mejora el desarrollo psicomotor y reduce la repetición escolar.
Un segundo conjunto de políticas refiere a los programas de acompañamiento familiar o de visitas domiciliarias. Estos programas tienen lugar desde el embarazo hasta los 2 o 3 años y buscan servir de soporte a las familias en su rol de primeros educadores, promoviendo el conocimiento y las competencias parentales y contribuyendo a mejorar el ambiente del hogar. Hay varios programas icónicos de visitas domiciliarias con demostrados resultados de largo plazo, como el Nurse Family Partnership en Tennessee o el programa de visitas de Jamaica. En los hogares vulnerables que pasan por estos programas, aumenta el peso al nacer, mejora el ambiente del hogar y las prácticas de crianza positiva, mejora la salud mental de la madre, el desarrollo cognitivo del niño y sus resultados educativos durante la primaria. En Uruguay, una evaluación del Programa de Acompañamiento Familiar de Uruguay Crece Contigo, que realiza visitas domiciliarias a unas 2.500 familias, demuestra mejoras en el estado nutricional y en la motricidad gruesa de los niños participantes. Con un equipo de colegas de la Universidad de Montevideo, también hemos trabajado en el diseño y evaluación de programas de acompañamiento a las familias a través de talleres y mensajería de texto, y hemos encontrado efectos positivos tanto en la frecuencia del involucramiento parental como en la calidad de la interacción.
También las transferencias monetarias y en especie forman parte del herramental de política pública en primera infancia. La idea de estas transferencias es brindar un ingreso mínimo al hogar que por un lado asegure la cobertura de las necesidades básicas del niño (alimentación, abrigo) y que por otro reduzca los niveles de stress familiar derivados de la deprivación, con las consiguientes repercusiones sobre el ambiente familiar, la agresividad y la violencia. Investigaciones recientes para Nicaragua, Honduras y Nigeria muestran que estas transferencias aumentan el peso al nacer, reducen los retrasos de crecimiento en los niños, mejoran su lenguaje, su desarrollo socioemocional y aumentan la inversión parental. Muchos de estos programas se están implementando en conjunto con intervenciones que buscan promover cambios comportamentales a través de agentes en territorio o a través de la tecnología.
Por supuesto que el sistema de salud también es clave en este proceso, así como las licencias maternales y parentales, que permiten afianzar el proceso de apego entre el niño y sus padres, favorecen la lactancia y mejoran la salud mental materna.
En una próxima nota me enfocaré en analizar cómo se encuentra Uruguay en términos del abanico de políticas de primera infancia. ¿A cuántos niños llega el Plan CAIF u otras políticas de educación inicial y cuidados, como las Becas de Inclusión Socioeducativas? ¿Cuál es la cobertura de las Asignaciones Familiares del Plan de Equidad, la Tarjeta Uruguay Social, el Bono Crianza o la prestación Bienvenido Bebé? ¿En qué consisten los programas de Acompañamiento Familiar y de Teleasistencia de Uruguay Crece Contigo? ¿De qué otras políticas disponemos en primera infancia para potenciar el desarrollo de nuestros niños y cómo nos encontramos en relación con otros países?