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    La inversión extranjera dejó de ser escasa y apuntaló la economía

    Luego de décadas y décadas de calma, algunos proyectos de enormes industrias empezaron a golpear la puerta para instalarse en el territorio uruguayo; todo un cambio histórico en un país que pasó de prácticamente no recibir inversiones extranjeras a que estas tengan un peso trascendente en la economía local. En algunas ciudades del interior se mezclan los idiomas foráneos de los ejecutivos y técnicos vinculados a algunos de esos emprendimientos, con el lenguaje autóctono de los habitantes nativos.

    Aunque se trata de un fenómeno favorable a primera vista, el arribo de empresas foráneas como elefantes a la hora de la siesta mueve los cimientos del país y lo expone a desafíos que están en debate actualmente.

    Históricamente Uruguay se caracterizó por tener niveles muy bajos de inversión extranjera, salvo a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando capitales ingleses se radicaron en algunas áreas clave, como el ferrocarril, mientras el país construía la base de su infraestructura.

    En mayo de 1990 un artículo publicado en la sección de Economía de Búsqueda indicaba que Uruguay era “uno de los países del mundo con menor inversión”.

    Fue en la década de los 2000 cuando el panorama comenzó a cambiar. La inversión extranjera directa (IED) radicada en el país representaba cerca de 10% del Producto Bruto Interno (PBI) en 2002, mientras que el año pasado esa relación superó el 32% a partir de flujos crecientes, según datos del Instituto Uruguay XXI. En 2011 llegó al país nueva inversión por U$S 2.191 millones (4,7% del PBI anual), uno de los valores más altos de la historia.

    Industrias como las de autopartes y otras que no tenían antecedentes en el país, como la de producción de pasta de celulosa, desembarcaron en años recientes con inversiones millonarias en dólares.

    Actualmente está en debate un proyecto incluso más grande; la minera Aratirí, de capitales indios, está interesada en producir mineral de hierro, lo que involucra según sus planes, una inversión récord para el país de U$S 3.000 millones (6% del PBI). Mientras, el presidente José Mujica anunció que una tercera empresa productora de pasta de celulosa planea ubicarse en el noreste del país en 2014.

    La compra de tierras agropecuarias por parte de argentinos, brasileños y europeos básicamente, también engrosó las cifras de los años recientes.

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    ¿Por qué tanta inversión desde el exterior empezó a llover sobre Uruguay en los últimos años?

    Un informe publicado recientemente por Graciana del Castillo y Daniel García para la Universidad de Columbia plantea algunas ventajas competitivas de Uruguay: “la estabilidad económica; la localización estratégica entre Argentina y Brasil; las instituciones sólidas; bajos niveles de corrupción; alta transparencia; mejor seguridad en comparación a sus vecinos; infraestructura adecuada”; y niveles educativos “más elevados que otros países de América Latina”.

    Ese clima que destacan esos investigadores se dio en una etapa de crecimiento fuerte de la economía uruguaya, desaceleración en los países más desarrollados, elevados precios internacionales de los productos agropecuarios y el resto de los commodities, y tasas de interés históricamente bajas.

    El capítulo más notorio en este proceso fue la instalación de la finlandesa Botnia (luego adquirida por UPM). Búsqueda destacaba en un informe el 17 de enero de 2008, que la puesta en marcha de la fábrica de pasta de celulosa que construyó en las afueras de Fray Bentos —uno de los mayores emprendimientos industriales de la historia del país— “empezó a provocar cambios en el mapa productivo y comercial de Uruguay”. El emprendimiento también tomó trascendencia por ser el motivo de un diferendo entre los gobiernos de Uruguay y Argentina, con un grupo de ambientalistas en un rol protagónico cortando con “piquetes” los puentes que comunican ambos países.

    En esos años el monto de la IED saltó desde U$S 1.403 millones en 2002 a U$S 14.859 millones en 2011 (10% a 32% del PBI), según Uruguay XXI. Eso significa que si bien en términos absolutos esa inversión en el país es mucho menor a la del resto de otros países de la región, en relación al “tamaño” de la economía la presencia de empresas del exterior es mayor que en Brasil (27% del PBI), Argentina (21%) y Colombia (20%). Muy por encima de esos niveles se encuentra la economía chilena, donde la IED instalada era 64% del Producto el año pasado, según ese instituto.

    Algunas décadas atrás el arribo a Uruguay de inversión foránea con fines productivos había sido muy limitado y se concentró en actividades de servicios, principalmente. Si bien no se disponen de cifras concretas, eso permite presumir que su participación en el Producto era bastante menor que en la actualidad.

    Inviertan acá.

    A fines de la década pasada la inversión de origen brasileño penetró con fuerza en la agroindustria nacional mediante la compra, por ejemplo, de varios frigoríficos y la principal arrocera. El portugués se habla desde entonces en algunas plantas.

    “Jugala, acá no te la van a expropiar ni te van a doblar el lomo con impuestos”, exhortaba Mujica a más de 1.000 empresarios que se reunieron a escucharlo en el hotel Conrad de Punta del Este en febrero de 2010, un mes antes de asumir como mandatario. Uruguay ya contaba con mecanismos con la finalidad directa de atraer nuevos emprendimientos, pero el presidente electo pretendió con ese mensaje disipar temores acerca de las reglas de juego en su gobierno.

    Desde la década del noventa está vigente la “ley de promoción de inversiones”, que fue reformada en 2005 ampliando las ventajas tributarias para los proyectos —nacionales o de origen extranjero— que sean evaluados como satisfactorios por una comisión oficial.

    Antes de eso, desde fines de los años ochenta, rigió un régimen de estímulo para el desarrollo del sector forestal, cuyos resultados se hicieron visibles al ritmo que crecen los eucaliptos y generaron una masa de bosques suficiente para acoger a industrias de la madera que forman parte del nuevo paisaje del interior del país.

    Durante el actual gobierno fue aprobado un marco específico para la realización de obras de infraestructura con participación público-privada que puede ser otra puerta de entrada a los capitales foráneos.

    El comportamiento proactivo de las autoridades se sustenta en la idea de que los niveles de inversión tienen efectos positivos sobre las economías, provocando generalmente mayor crecimiento, más empleo y un impulso a otros sectores de actividad. La IED también favorece la internacionalización de las empresas, bajando sus costos y expandiendo los mercados.

    De hecho, la expansión del PBI de 4% que el gobierno espera se concrete en 2012 estará explicada principalmente por la construcción en Conchillas de una segunda fábrica de pasta de celulosa. Esa obra de Montes del Plata —un consorcio de capitales chilenos, suecos y finlandeses— está actualmente en marcha con otra inversión que pasará a la historia por el volumen que involucra.

    Dilemas.

    Entre tanto proyecto y tanto dinero foráneo que desembarca en Uruguay tiene que haber una contraindicación: atentos a ese tipo de efectos secundarios siempre se encuentra a los defensores del medioambiente, los extremistas que cortan puentes internacionales y los que simplemente alertan sobre los riesgos que algunos sectores representan sobre los suelos, aguas y la sostenibilidad de los procesos productivos que explotan.

    Por otro lado, la instalación de nuevas empresas lleva a la discusión sobre el tipo de estructura productiva que más conviene a los intereses del país de cara al futuro. En ese plano, si se instala el emprendimiento de Aratirí, el mineral de hierro pasará a ser la principal exportación, superando a la carne y la soja.

    ¿Uruguay quiere ser un país cuya producción principal sea el hierro a través de la minería a cielo abierto? ¿Cuántas plantas procesadoras de pasta de celulosa son suficientes? ¿A qué sectores podría enfocarse la nueva inversión extranjera? Ese tipo de dilemas forman parte de la estrategia de captación de IED que los países asumen.

    En Uruguay, en los últimos diez años la inversión se dirigió una cuarta parte hacia el sector primario (agropecuario, minería y forestal), poco menos de 30% al secundario (industria y construcción), casi 35% fue al terciario (comercio, servicios, transporte y financiero) y poco más del 10% se volcó a “otros sectores”, según el estudio de Del Castillo y García.

    La idea de apuntar a captar inversión en sectores clave, planteada por un experto extranjero en un reciente evento organizado por el Instituto Uruguay XXI, no es nueva. Las teorías de crecimiento derivadas del pensamiento de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) utilizaron ese concepto para elaborar planes de crecimiento aplicados a economías subdesarrolladas. Se basa en que el Estado debe potenciar las posibilidades de los agentes locales de aprovechar el desarrollo de algunos sectores mediante la atracción de inversiones y la imitación de la tecnología y los procesos de producción.

    Más que en el pasado, pero quizás menos de lo necesario para sostener una alta tasa de crecimiento, la inversión productiva aumentó en Uruguay gracias a emprendimientos de ejecutivos que en muchos casos llegaron sin saber hablar español.

    Economía
    2012-11-08T00:00:00

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