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    La izquierda europea hoy

    Arrinconada por el surgimiento de grupos populistas y demagogos (Podemos en España y Syriza en Grecia son los ejemplos más conocidos), y sin respuestas a los problemas propios del tercer milenio, la izquierda tradicional europea ha perdido el norte, el compás, la brújula y las ideas.

    El período dorado de la socialdemocracia pertenece definitivamente al pasado. Hoy, los Olof Palme, los Willy Brandt, los Bruno Kreisky, los Felipe González y los François Mitterrand brillan por su ausencia. En su lugar transitan opacas figuras de la talla de un Jeremy Corbyn o un Pedro Sánchez: gente cuyo IQ apenas supera el talle del zapato que calzan. (La excepción que confirma la regla es François Hollande, a quien el terrorismo islamista apuntala en la presidencia al generar una necesidad angustiosa de estabilidad política y social en el país).

    Sin brillar ni gastarse demasiado, los partidos conservadores tienen garantizada la permanencia en el poder por mucho tiempo aún.

    El caso del PSOE español, con una caricatura de líder como Sánchez, es conocido en el mundo hispanohablante. Menos conocido pero más patético aún es el caso del legendario Labour británico, capitaneado desde hace un año por alguien tan insólito como Jeremy Corbyn.

    Los motivos que llevaron a Corbyn a la jefatura del Labour han sido estudiados y sobre ellos no hay mayor discordia: la fuerte derrota electoral de mayo de 2015, que siguió a otras derrotas; el desencanto con la dirección partidaria, un nuevo método electoral interno que les permitió a los simpatizantes votar mediante el pago de menos de cinco dólares y el carisma personal de Corbyn, quien durante décadas se mantuvo fiel a los ideales sesentistas (estatismo, colectivismo, pacifismo, antiimperialismo, etc.).

    De nada sirvió que Tony Blair advirtiera sobre el peligro que representaba alguien como Corbyn al frente del partido: para miles de jóvenes radicalizados, el agradable anciano de barba blanca que simpatiza con los grupos palestinos, admira la línea política de Chávez y considera que la Unión Europea es “un proyecto capitalista”, es el líder ideal del movimiento “antisistema”.

    En muy poco tiempo, Labour se vació de electores tradicionales (incluidos vastos sectores de esa clase obrera que la izquierda dice representar) y se llenó de jóvenes izquierdistas radicalizados, en donde no faltan las sectas trotskistas.

    El Labour de hoy es una copia del Labour de los años 80, el mismo que se perdió en una interminable travesía por el desierto hasta que Tony Blair tomó las riendas y conquistó el gobierno con una política que hoy la nueva dirección considera una vergüenza en la historia partidaria.

    Para Corbyn y para su grupo, lo importante no es tomar el poder y concretar medidas políticas. O sea, cambiar las condiciones de vida de la ciudadanía. Lo verdaderamente importante para ese tipo de gente, por el contrario, es defender sus ideales, a pesar de que los mismos pertenezcan al museo de la política. Es decir: estar contentos consigo mismos aunque ese sentimiento de satisfacción personal signifique que el Partido Conservador pueda tranquilamente seguir gobernando.

    Luego del fracaso en el plebiscito sobre el Brexit, 172 parlamentarios de Labour (ocho de diez) intentaron derrocar a Corbyn. No tuvieron suerte pues el viejo líder sindical se mantuvo en su puesto contra viento y marea. El grave choque con el grupo parlamentario no es un tema importante para quien interpreta la política desde el horizonte de la lucha de clases: basta acusar a sus enemigos de “burgueses” para justificar cualquier medida.

    Ahora, Corbyn y los suyos anhelan fortalecer sus posiciones partidarias y llevar adelante una purga a fondo entre los “traidores”.

    En estos días, los miembros y simpatizantes del Labour están llamados a nuevas elecciones internas. Todos los análisis indican que Corbyn y su camarilla radical mantendrán el poder absoluto dentro del Labour. Theresa May y la nueva dirección del partido conservador descorchan botellas y brindan, mientras dejan correr los días, las semanas y los meses y esperan que todos se olviden del Brexit.

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