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    La ley del deseo

    Cincuenta sombras de Grey
    Colaborador en la sección de Cultura

    Finalmente lo hicieron. La adaptación cinematográfica de Cincuenta sombras de Grey, primer título de la trilogía firmada por E. L. James, alias de una ejecutiva de televisión británica cuyo nombre de soltera es Erika Leonard Mitchell. 

    Desde la cocina de su casa, James concibió una historia en modo fan fiction, es decir, dentro del género de ficción hecha por fans. Se inspiró en los personajes de Crepúsculo, otra saga literaria comercialmente exitosa que también ha sido trasladada al cine. La tituló Master of the Universe y fue subiendo episodios al sitio fanfiction.net. Todo iba bien hasta que surgieron comentarios negativos de algunos usuarios quejándose del contenido sexualmente explícito de algunos episodios. La autora retiró el texto del sitio. Lo que hizo después fue cambiarles el nombre a los personajes, escribir algunas páginas más, partir la historia en tres y, por medio de la editorial electrónica The Writers’ Coffee Shop, publicar bajo demanda lo que tituló Cincuenta sombras de Grey. El éxito fue inmediato.

    De un modo similar al que Crepúsculo utiliza el mito del vampiro y la figura del hombre lobo para narrar una fantasía de romance adolescente, Cincuenta sombras de Grey se sirve de elementos de la literatura erótica y de la cultura BDSM (Bondage-Disciplina-Sadismo-Masoquismo) para ilustrar la conflictiva relación entre Anastasia Steele, bonita, inteligente y modesta estudiante de literatura, y Christian Grey, multimillonario de 27 años, terriblemente atractivo y con apetencias sexuales alternativas, por llamarlas de algún modo. Otro dato: Anastasia, además, es virgen. 

    Desde su salida al mercado a través de la venta a demanda, la novela fue un bombazo editorial que conectó especialmente con el público femenino. De ahí que Stephen King se haya referido despectivamente a la trilogía (compuesta por Cincuenta sombras de Grey, Cincuenta sombras más oscuras y Cincuenta sombras liberadas) como “porno para mamás”. El bestseller ha generado su propia fan fiction y, como buen fenómeno popular inflado y megapromocionado, uno lo ve aunque no lo quiera ver. Se han difundido estudios universitarios que afirman que las personas que leyeron los libros de James tienen mayor deseo sexual o están expuestas a abusar del alcohol, tener conductas promiscuas o desórdenes alimenticios. También surgieron expresiones de rechazo argumentando que se trata de una obra machista que incentiva la violencia de género, promueve el abuso sexual y la sumisión de la mujer. También: que es una metáfora poco sutil sobre el poder del capitalismo salvaje. En lo estrictamente literario, la recepción crítica fue mayormente negativa. Para ilustrar lo rudimentario de su prosa, alguien definió la primera entrega como “una lección de 500 páginas de cómo no utilizar un diccionario de sinónimos”. A James quizás ese tipo de argumentos ni la despeinó: esa misma entrega vendió 40 millones de copias, y la trilogía lleva más de 100 millones de ejemplares vendidos. 

    A todo esto, la adaptación cinematográfica se veía venir. 

    Y vino nomás. Y en su fin de semana de estreno en Uruguay fue vista por 35.000 espectadores, superando el récord que ostentaba Rápidos y furiosos 6, la película de superacción efedrínica con acrobacias en autos hiperveloces, mujeres atrevidas y testosterona a todo trapo. 

    Obvio: que algo sea escandalosamente popular, rabiosamente exitoso en términos comerciales, no implica que sea una basura. Stephen King, los libros y las películas de Harry Potter y el cine de Steven Spielberg, por dar algunos ejemplos, están para demostrarlo. No es el caso de Cincuenta sombras de Grey, la película. 

    Aislándola del fenómeno que la realza, la producción, por sí misma, ni siquiera es indigesta: es insustancial. Dakota Johnson (que, como se ha repetido un millón de veces es la hija de Don Johnson y Melanie Griffith) es la virginal estudiante de la Universidad de Washington que conoce a Christian Grey (Jamie Dornan) y queda impresionada/maravillada/encantada/etc. con su atractivo. Al parecer, Grey es el equivalente humano a un Audi último modelo. El encuentro se da, lo que son las cosas, porque su compañera de piso, una estudiante de periodismo interpretada por Eloise Mumford, está con gripe y le pide a Anastasia que haga la entrevista por ella. Supuestamente en ese primer encuentro, en el pulcro y sofisticado piso donde el joven millonario tiene su despacho, se enciende la chispa de la atracción mutua. Grey no pestañea, ella  suspira, se muerde el labio y comienza el juego de seducción e histeria.

    Ya de entrada Anastasia ve que el muchacho es especial. No le gusta que lo toquen, no duerme con nadie y para iniciar una relación le ofrece, además de una cláusula de confidencialidad, un contrato donde él pone las reglas. A partir de entonces la película avanza con una lentitud dolorosa en la que se va revelando el oscuro placer de Grey por el sadomasoquismo, se cuelan líneas de diálogo hot, Danny Elfman, encargado de la banda sonora, suministra canciones pop como para publicitar refrescos o ropa interior, Grey toca el piano y Anastasia duda y suspira y duda más y se muerde el labio y sigue dudando si firmar o no el contrato sadomasoquista con su monstruoso príncipe azul porque, bueno, él tiene algo, además de una cuenta bancaria delirantemente abultada…

    Cada vez que ella se aleja, él le compra algo caro o la saca a pasear en un planeador o en alguno de los autos, tan lujosos y modernos que harían que Patrick Bateman se encaje una dosis de pentobarbital sódico con el jugo de naranja del desayuno. Y todo para llegar a las escenas de sadomasoquismo, las del cuarto de juegos (“¿Ahí es donde tenés la Xbox?”, pregunta ella), que constituyen una parte no muy extensa este largometraje.

    Las escenas de sexo tienen el nivel de las producciones softcore de la década de 1980 y principios de 1990, sin el descaro y el vigor de aquellas, una gama de títulos que va de Nueve semanas y media a cualquier thriller erótico de Shannon Tweed, pero hervido, pasado por un riguroso método de asepsia. Cada vez que se va a producir una penetración, la directora Sam Taylor-Johnson tiene la precaución de insertar un plano de Grey sacando un preservativo de su envoltorio con los dientes. Es destacable la ausencia de fluidos corporales: en esta película casi no hay sudor (excepto cuando se sale a correr), no hay sangre, y aparentemente nadie tiene glándulas salivales.

    Grey es presentado como un personaje similar a John Gray, el yuppie que interpretó Mickey Rourke en Nueve semanas y media, clásico del cine erótico dirigido por Adrian Lyne, maestro de la berretada. Como Gray, Grey ha construido una firme fachada tras la que agazapa una personalidad animada por la perversión y la búsqueda del placer por medio de métodos apartados de lo que se considera convencional. Gray es solitario, posesivo, depredador. Grey también, pero sin carisma. 

    Lo mejor del filme está en la reunión de negocios para discutir algunos puntos del contrato. Es divertida, y no de forma involuntaria, una situación donde se juega también con la dominación y la sumisión, donde Anastasia se atreve a tomar las riendas, donde se luce Johnson, de lo escasamente rescatable de todo este asunto. Que recién empieza. Todavía quedan dos libros más.

    Cincuenta sombras de Grey (Fifty shades of Grey). EEUU, 2015. Director: Sam Taylor-Johnson. Con Jamie Dornan, Dakota Johnson, Jennifer Ehle, Luke Grimes, Marcia Gay Harden. Duración: 124 minutos.

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