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    La lucha es cruel y es mucha

    La oferta de series es tan abundante que una razón de tiempo induce a dedicarse a las más breves: pocos episodios y si es posible, una sola temporada. Así las cosas, Netflix anuncia de manera insistente en su portada la serie Algo en que creer, de origen danés-francés. La información básica dice que son dos temporadas de diez episodios cada una y cada episodio de una hora de duración. Total: 20 horas. Se trata de la historia de una familia de pastores luteranos y de sus problemas existenciales. ¿No será mucho 20 horas para problemas existenciales? Pero al indagar un poco más vemos que su creador es Adam Price (Dinamarca, 1967), el mismo de Borgen, que en 2012 ganó el Premio Bafta por esa magnífica serie de tres temporadas que exploraba la interna de la política danesa. Este dato inclina la balanza a favor.

    Algo en que creer (en inglés Ride upon the Storm, Dinamarca-Francia, 2017-2018) cuenta la historia de una familia formada por el matrimonio y dos hijos varones. El jefe de la familia es Johannes, pastor luterano e integrante de una estirpe que ha dado pastores a esa Iglesia durante diez generaciones. Mantener y prolongar la tradición es una carga que pesa sobre Johannes y que este pretende hacer pesar también sobre sus hijos Christian y August. Este último es el hijo perfecto que, siguiendo a su padre, se hizo sacerdote. Christian, en cambio, no tiene buena química con el padre, abandonó sus estudios de teología, rumbea para los negocios, pero está medio perdido en la vida. Johannes es una personalidad compleja y ambigua. Ama a Elisabeth, su mujer, y al mismo tiempo le es infiel con la jardinera de la parroquia. Predica la paz y la bondad, pero maneja a su familia con una mano demasiado férrea que ha dejado marcas en su esposa y en sus hijos. La serie comienza dando cuenta de un hecho que muestra la vulnerabilidad de ese hombre, que cuando se calza la sotana parece todopoderoso, pero cuando pierde la elección de obispo frente a una competidora mujer se desmorona y se emborracha durante varios días. Este hecho, de una forma u otra, atravesará los 20 episodios.

    Pero la serie es mucho más que eso. Para decirlo con palabras del propio Adam Price: “Es un drama sobre la fe, no solo sobre la fe religiosa, sino también sobre esa fe en algo que nos guía a través de la vida. Intentamos proponer grandes preguntas que el hombre se ha hecho siempre pero en un contexto íntimo como es la historia de una familia. Estamos ante un drama familiar, pero también ante el drama de un hombre (Johannes) que se debate en cómo guiar a la gente mientras su vida personal es un poco un desastre”. Y agrega Price un detalle interesante: “Como no siempre estamos hablando de cosas reales, tangibles, y encaramos cuestiones como Dios, los grandes sueños, los demonios internos, también hay algún milagro. Porque en una historia sobre la fe, los milagros tienen que existir, al menos para los creyentes. En este sentido y quizás robando algo de América Latina como el realismo mágico, podríamos definir Algo en que creer como el producto de un nuevo género que sería el realismo mágico escandinavo”. Es posible compartir el concepto del realizador pero puntualizando que el escandinavo, al provenir de una cultura y un clima diferentes, es mucho más gélido y con mucho menos humor que el latinoamericano.

    Price escruta las vidas de sus personajes y en las distintas peripecias, que desbordan los márgenes de la parroquia y de Dinamarca y llegan a la guerra en Afganistán y a Nepal. Plantea cuestiones universales como el conflicto entre las formas y las esencias, la opción por los desamparados en el Evangelio, el multiculturalismo y el problema de los inmigrantes, la eutanasia, la homosexualidad masculina y femenina, la lealtad entre amigos, la drogadicción, la culpa, el perdón, el aborto, el bien y el mal, la existencia o inexistencia de Dios, el cristianismo y el islam y quizás por sobre todas las cosas, el verdadero significado del amor. En el papel no parecía fácil armar y vender un producto con contenidos tan significativos, pero el resultado obtenido es una notable parábola moderna incrustada en un arrollador drama familiar cuyo núcleo duro es la relación tormentosa entre un padre y sus dos hijos. Y en cuanto a la venta, la universalidad de los temas tratados, que fue lo que atrajo a los franceses a la producción, ha sido la causa del éxito de la serie en Europa y ahora, Netflix mediante, lo será seguramente en el resto del mundo. Por lo visto no es necesario tener siempre un crimen para atraer el interés de grandes audiencias y eso es una buena noticia.

    Aparte del interés conceptual que la serie ofrece con esos riquísimos contenidos, es formidable el desempeño sin fisuras del elenco. Lars Mikkelsen (Johannes) es el pastor desafiante, el padre atribulado, el marido despechado, el abuelo amoroso. Un tour de force notable. Lo hemos visto en The Killing y más recientemente encarnando a Petrov, el Vladimir Putin de House of Cards. Ann Eleonora Jorgensen (Elisabeth) es la madre zurcidora y esposa sufriente que acompaña a ese marido difícil y que tantea su propia salida del agobio de ese microclima en busca de aire fresco. Simon Sears es Christian, el hijo mayor, que como intérprete va creciendo lentamente con el transcurso de los episodios y llega a mostrar con transparencia lo fácil que es mentirse a uno mismo. Morten Hee Andersen es August, el hijo menor, sacerdote, quizás el más carismático como actor, en una labor fulgurante donde debe lidiar con la tortura que le produce la culpa por algo que hizo y ocultó, y todas las derivaciones que esa tensión produce en su matrimonio y en su enfoque sacerdotal. A ese cuarteto descollante lo rodea una decena de secundarios de gran solvencia.

    Es llamativo el impacto que produjo en Mikkelsen el haber encarnado a Johannes. Siendo él un ateo de 54 años, una vez finalizado el rodaje le preguntaron qué le había dejado esa experiencia, y contestó: “Resolví bautizarme. No sé por qué no lo pude hacer antes. En mi familia eran todos comunistas y no tenían tiempo para estas cuestiones. Pienso que yo siempre creí en algo, aunque no podía definir en qué. Vivimos actualmente vidas muy seculares y todos luchamos con la fe de diferentes maneras. Ahora me considero creyente y por eso pedí que me bautizaran. Quizás no resulte atractivo decir que uno cree en algo. ¿Pero no es justamente eso lo que necesitamos?”.

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