En El mercader de Venecia, de Shakespeare, hemos visto la gran fuerza que tenía el ideal de justicia social en la Europa medieval. Para lograrla se aplicaron varias medidas, algunas vigentes aún, otras no.
En El mercader de Venecia, de Shakespeare, hemos visto la gran fuerza que tenía el ideal de justicia social en la Europa medieval. Para lograrla se aplicaron varias medidas, algunas vigentes aún, otras no.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUna de estas medidas fue establecer “un precio justo” por los productos ofrecidos. El zapatero o el tonelero o el carpintero de un pueblo cualquiera no podían cobrar sus mercaderías según las leyes de la oferta y la demanda pues la ética vigente exigía que el precio fuese “justo”.
Para saber cuál era el precio justo de una mercadería se calculaban los costos de producción y se agregaba una ganancia que le permitiera vivir “dignamente” al productor.
Un zapatero, por ejemplo, debía comprar cuero, clavetas, alguna herramienta y poca cosa más. También tenía que vivir. ¿Cuánto debía cobrar por sus zapatos para mantener a su familia dentro de los márgenes que le correspondían como zapatero?
El resultado de esa ecuación era el precio justo.
El precio justo por una mercadería cualquiera en una sociedad que no conocía la inflación se mantuvo prácticamente incambiado durante siglos. Esto también fue posible por la ausencia de competencia.
Como la competencia hubiera liquidado la vigencia del precio justo, las autoridades del pueblo, teniendo en cuenta la población del lugar, determinaban cuántos zapateros (o toneleros o carpinteros o lo que fuere) podían trabajar allí.
El mercado estaba fuertemente regulado, los precios estaban congelados y no era posible la libre competencia.
Recién a la muerte de un maestro zapatero (u otro tipo de artesano) se permitía el establecimiento de un nuevo profesional. Generalmente se trataba de un alumno del finado, alguien que había trabajado con él durante años en su taller esperando ser titular alguna vez.
Cuando moría el maestro, el alumno presentaba un trabajo de prueba. Si el mismo obtenía el visto bueno de las autoridades, pasaba a gestionar el local de su patrón muerto, heredaba su taller, su clientela y mantenía el nivel de calidad y precios ya existentes.
Muchas veces heredaba también a la viuda, la cual pasaba a llamarse “viuda conservada”. Los más suertudos se salvaban de ese destino y heredaban a la hija del antecesor.
El edificio social que la Iglesia logró mantener en pie durante siglos estaba construido con todos estos detalles de ingeniería y principios éticos, de hilos frágiles y sermones, de prohibiciones y de reglamentos destinados a mantener un equilibrio acorde a la doctrina vigente.
La idea del precio justo iba a contrapelo de la idea básica de que un producto, en determinadas circunstancias, podía valer menos (y llevar a su fabricante a la ruina) o valer más (y hacer de su fabricante un hombre rico).
Pero el verdadero cuco del cuento era la usura. La usura era la amenaza más visible al equilibrio perseguido. Por eso, El mercader de Venecia desnuda, en una trama por demás original y dramática (si bien la obra es catalogada como comedia), los grandes miedos de la sociedad pos feudal.
Ahora bien, los expertos en la Biblia sostienen que en todo el Nuevo Testamento no existe una sola condena a la actividad prestamista. La verdadera fuente de esa postura antiusurera sería Aristóteles, cuyos escritos, traducidos y comentados por los árabes, llegaron a Europa occidental durante la Alta Edad Media.
De esa forma, el pensamiento pre cristiano de Aristóteles fue adoptado por los grandes teólogos de la Iglesia, con Santo Tomás de Aquino a la cabeza. Fue, pues, en esa fuente de la Antigüedad griega que los teólogos cristianos bebieron la condena a la usura y al préstamo con interés.
Podemos incluso seguir el avance de estas ideas a través de los grandes encuentros eclesiásticos.
En el segundo concilio de Letrán (1139) se prohibió la actividad prestamista al clero. En el tercero (1179) se condenó a los prestamistas con la excomunión, lo que los dejaba sin sepultura cristiana. En el cuarto (1215) se ordenó el destierro de quienes se dedicasen al préstamo de dinero con interés. En 1317 se declaró que quien sostuviese que ese tipo de actividades no era pecado sería declarado hereje. Etcétera.
La sucesión de prohibiciones (sólo se ha nombrado una gota de agua en el mar) demuestra dos cosas fundamentales: que el préstamo con interés era imparable y que la Iglesia estaba decidida a combatirlo, si bien su propia dirección (papas, arzobispos, abades, obispos y demás) lo practicaba con placer y no siempre con discreción.
La contradicción central de El mercader de Venecia se agita en este enfrentamiento: por un lado estaban los judíos, usureros y materialistas; por el otro estaban los cristianos, siempre dispuestos a ayudar a sus amigos, aún a riesgo de terminar fundidos.
Hasta aquí, Shakespeare se mantuvo dentro del terreno conocido por todos. Su originalidad (su genialidad) fue hacer que Shylock, el judío prototipo, de pronto pasase a actuar como cristiano, anteponiendo el deseo de venganza personal al de la ganancia material.
Shylock era un judío en proceso de cristianización, como comentó asombrado su deudor Antonio ante la tozuda negativa del prestamista de contentarse con una ganancia mucho mayor a la acordada.
Cuando Shakespeare escribió El mercader de Venecia, en España no pasaba un día sin que se emitieran condenas al judeo-calvinismo, que combinaba la herejía religiosa con la práctica usurera. Era la más alta bajeza que se podía concebir.
(*) El autor es doctor en Historia y escritor.