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    La muerte, qué espónsor

     

    Renzo (Luis Brandoni) es un artista plástico bohemio, como la gran mayoría de los artistas plásticos. Vive en una vieja casa con sus lienzos y un desorden circundante, a salto de mata, casi sin un mango partido por la mitad. Cada tanto vende algún cuadro. Es fiel a su estilo y no se corrompe ni desea hacerle el caldo gordo a ningún empresario, aunque el encargo de una gran obra para inaugurar un gran edificio de oficinas le posibilite un considerable alivio económico. Siempre está manchado de pintura, trabajando y con una noviecita unos cuantos años menor que él, que fue su alumna y ahora pretende ser una artista de vanguardia (saca unas fotos muy osadas en las que ella misma es el modelo), aunque en realidad carece por completo de talento, a no ser para las artes amatorias. Renzo es un artista reventado, veterano, un muy posible perdedor en el juego de la vida.

    Del otro lado está Arturo (Guillermo Francella), un marchand o galerista, precisamente el marchand o galerista de Renzo. Alguna vez fueron amigos pero el romanticismo a ultranza del pintor los ha separado en los últimos años. Arturo piensa en términos prácticos: esto es lo que hoy se vende, esto no. Es un hombre de negocios, el tipo que baja a tierra los eventuales delirios plásticos de los artistas, y la mayoría de las veces, también el cuervo que vive de ellos. Pero no parece mala gente.

    En cierto momento, Renzo y Arturo traman una pequeña triquiñuela —“pequeña” siendo generosos— que puede reportarles mutuos beneficios pero también una complicación mayor, y así está servida esta historia que en un claro tono de comedia, del cual nunca se baja, habla del mundo del arte, de los gustos de la gente, de la ética y las excentricidades, pero sobre todo de la amistad y sus alcances. Los afectos, como todos lo sabemos a la corta o a la larga, son los que terminan dando buen o mal gusto a todas las cosas.

    La banda sonora tiene una música ligera, amable, que nunca permite a la historia desbarrancar hacia zonas más opacas, aunque no carece de cierto humor negro. Si hiciésemos un símil con una comedia estadounidense, en tono y alcance, el lugar de Brandoni y Francella lo ocuparían dos estrellas como Billy Crystal y Ben Stiller.

    Mi obra maestra está escrita y dirigida por Gastón Duprat, pero el propio Duprat se ha encargado de decir que es el resultado, una vez más, de la asociación exitosa que compone con Mariano Cohn (ahora como productor). La pareja ha codirigido valiosas películas como El ciudadano ilustre (2016), El hombre de al lado (2009) y El artista (2008), también sobre el mundo del arte y de cómo un pintor de talento naif era levantado del completo anonimato de un geriátrico y empleado para beneficio de otros interesados. En todos estos casos, así como en la fallida Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011, pretenciosa, con un humor que promete pero no llega), el libreto era responsabilidad de Andrés Duprat, hermano de Gastón y arquitecto y curador de arte, además de director del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, lo que en gran parte explica esa predilección por temas vinculados a la producción plástica, desde los inconscientes impulsos del artista y la percepción del visitante de un museo (cómo ver una obra, cómo abordarla) hasta su engranaje en el mundo de los negocios y la maquinaria en torno al comercio de los cuadros. Es decir que el equipo tiene, al menos en sus andamios estructurales, a tres autores.

    Francella y Brandoni poseen solvencia de sobra para encarar sus papeles, bien cercanos, bien porteños. Francella se maneja bien con menos elementos; no necesita caracterizar a su galerista con nada extra. Brandoni, en cambio, despliega un arsenal de gestos un poco más amplio; tiene a su cargo un personaje con posibilidades más payasescas. También hay una muy cuidada ambientación para las galerías, las oficinas, los interiores luminosos y la casa del artista (cuando lo pasa mal y cuando está un poco mejor). Pero estamos lejos de la densidad, la pesadumbre inquietante de El ciudadano ilustre, El artista o El hombre de al lado, que eran comedias oscuras, negrísimas, que provocaban en el espectador, casi sin que se diera cuenta, un corrimiento adormecedor hacia zonas de menor confort. Las comedias no son necesariamente más livianas que los dramas. En el humor puede haber mayor violencia, filo y caldo delirante que en el más desesperanzador de los dramas.

    El arte moderno, con sus vueltas cubistas y excentricidades, tiene un costado gracioso y simpático. Ese lado es el que pinta esta película.

    Mi obra maestra. Argentina-España, 2018. Escrita y dirigida por Gastón Duprat. Con Guillermo Francella, Luis Brandoni, Raúl Arévalo, Andrea Frigerio. Duración: 100 minutos.

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