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    La mujer en la ventana y el espectador en el ranking

    Al nuevo suspenso lanzado por Netflix, protagonizado por Amy Adams, le quedan grandes los zapatos de Hitchcock y su estreno pone punto final a una producción frustrada que acompaña el fin de los blockbusters medianos

    Netflix, una vez más, hizo de las suyas. La rapidez con la que la compañía que repartía DVD a los hogares estadounidenses se convirtió en un mastodonte del entretenimiento mundial es, por decirlo vulgarmente, de película. La plataforma con mayor cantidad global de suscriptores, 210 millones, aumentó su popularidad durante la pandemia. También lo hicieron las propuestas de sus nuevos rivales.

    Ante la inminente competencia y la llamada “fatiga de decisión” que los usuarios sienten al elegir qué ver en Netflix, la plataforma ha ido experimentando algunas modificaciones para presentar su catálogo. La más reciente ha sido la introducción de la opción “Ver cualquier cosa”, un mecanismo que sugiere, “al azar”, una serie, película o reality show. El nombre es irónicamente apto al momento de describir las opciones que el botón suele proponer.

    La modificación más exitosa ha sido el ranking diario que Netflix introdujo en 2020: una selección de los 10 contenidos “más populares” en el país desde donde se está mirando. Las comillas se justifican porque Netflix no ha explicado en detalle cómo confecciona exactamente el ranking. Sí se sabe que una de las métricas consideradas no es la cantidad de tiempo que una persona le dedica a ver una producción, sino cuántas personas han mirado al menos dos minutos una de ellas. Y si bien se ha puesto en duda si la propia compañía no prioriza sus contenidos originales en lugar de otros que solo se encuentra exhibiendo temporalmente, Netflix asegura que el ranking es “honesto”.

    Una de las últimas propuestas en encabezar la selección es La mujer en la ventana, un drama de suspenso con Amy Adams, dirigido por Joe Wright y distribuido por Netflix, que rescató la película de un limbo empresarial, la posicionó en lo alto de su lista y hoy la promociona a como dé lugar para justificar su inversión.

    La película tiene una propuesta estética meritoria, un elenco de estrellas y un guion torpe. Si La mujer en la ventana se siente como de otro tiempo, no es por la gran cantidad de referencias que hace a un cine anterior (y absolutamente mejor). Tres años atrás podría haber sido una de las grandes apuestas de los estudios debido al pedigree de su protagonista, la legitimación de Joe Wright por la Academia tras La horas más oscuras (2017) y el hecho de ser una adaptación de un policial best seller. Su lanzamiento fue postergado al haber sido una de las últimas películas del estudio 20th Century Fox antes de su compra por parte de Disney.

    Filmada en 2018 y con un estreno previsto para 2019, a La mujer en la ventana le costó ver la luz. Tras una serie de testeos de audiencias en los que el público dijo no poder seguir la trama ni comprender la resolución, Fox encargó filmar nuevas escenas bajo la supervisión de Tony Gilroy. La recepción no fue muy diferente después de los retoques. En 2019, además, la revista New Yorker publicó un artículo en el que retrató al autor de la novela, Dan Mallory (quien escribe bajo seudónimo de A. J. Finn), como un “fantasioso crónico que mintió escandalosamente para avanzar en su carrera”.

    Amy Adams interpreta a Anna Fox, una psicóloga infantil que padece agorafobia y toma una gran cantidad de antidepresivos. Vigila el mundo exterior desde las ventanas de su casa del siglo XIX de tres pisos en Harlem, Nueva York, y se pasa el tiempo bebiendo vino, viendo películas clásicas de cine noir y conversando con su hija y esposo, de quien se encuentra separada, por teléfono. Cuando los Russell, una nueva familia vecina, se mudan al otro lado de la calle, Anna se hace amiga de su hijo quinceañero y de la mujer que cree que es la madre, a quien luego verá ser asesinada.

    La mujer en la ventana está contada desde el punto de vista de una narradora no confiable. Anna vive en un encierro autoimpuesto, tanto física como mentalmente. Con una psiquis al borde del colapso a medida que la historia avanza, las fisuras de la propia mente de la protagonista empiezan a hacerse notorias, así como también las falencias del relato. La película, que también incluye una escena de La ventana indiscreta (1954) en sus primeros minutos, no le hace asco a los hombros de los gigantes en los que se para. Hay referencias directas a Hitchcock, con Anna mirando a sus vecinos mediante una cámara de fotos (aunque nunca filmando o sacando fotos), así como una actualización del conflicto padecido por el fotógrafo lisiado que interpretó James Stewart: qué vemos, qué creemos ver y qué debemos hacer con lo que creemos haber visto. El crimen central, que presenciaremos bajo la mirada de Anna, es cuestionado por un puñado de secundarios, entre los que se incluyen Gary Oldman en su rol antagonista de vecino, padre y esposo abusivo, el detective del montón Brian Tyree Henry y un inquilino de Anna al que da vida Wyatt Russell, un actor en pleno ascenso.

    Adams encuentra, entonces, un papel al que una vez más le explota la vulnerabilidad pero que es destruido, finalmente, con un monólogo teatral ridículo, en donde una de las mayores vueltas de tuerca se resuelve con un flashback y un silencio, incoherente desde el punto de vista de los involucrados en el caso. Hay algún que otro sobresalto y el encanto del casting es innegable, ya sea por el pequeño papel de Julianne Moore o por un alborotado Oldman.

    Si bien es notoria la competencia del diseño de producción y la apuesta audiovisual de Wright, La mujer en la ventana sufre rotundamente en la construcción de lo que debería sostener a su narrativa: un misterio. Hay un uso perspicaz en cómo retratar a Anna, utilizando las paredes de su casa como barreras y los encuadres de las ventanas como la única entrada de luz, con ella siempre impávida en su voyeurismo, pero la propuesta se desmorona, progresivamente, en los personajes y sus vínculos. Las cartas de cada uno de ellos se muestran en la primera de las manos. Y ninguno tiene un par de ases en la manga. Más bien todo lo contrario.

    ¿Qué pasará, entonces, con La mujer en la ventana y su vida dentro de la plataforma? Irá bajando en el ranking, como ya empezó a hacerlo, hasta quedar olvidada dentro de la bóveda de estrenos y el catálogo en expansión de Netflix. Es una película que, de haber hecho otro camino, podría haber sido un fenómeno de público. Quedará como el vestigio no solo de un boom literario particular, sino también como el modelo de trabajo en desuso en Hollywood, donde hoy las producciones narrativas sufren los coletazos de los intereses económicos por parte de los conglomerados.

    Saludemos entonces a La mujer en la ventana, que, de todas formas, podría tener una segunda vida como un entretenimiento vespertino pasajero, si es que algún día Netflix decide finalmente transmitir sus producciones en un canal propio y en vivo. Si la plataforma contara, además, con algo de Hitchcock en su catálogo, hasta se la podría exhibir dentro de una doble programación titulada “Tributos fallidos con buenas intenciones”. Lamentablemente, eso no es posible, ya que nada del maestro del suspenso se encuentra en Netflix hasta la fecha. Mientras tanto, entre ausencias de maestros y la renovación constante pero superflua, Netflix seguirá haciendo de las suyas. Nosotros miraremos desde el otro lado del monitor. Miraremos y olvidaremos.

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