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    La oferta amorosa a una pantalla de distancia

    Mañana tendremos otros nombres, de Patricio Pron, Premio Alfaguara de Novela

    A mitad de la entrevista saca del bolsillo de su saco lo que parece un collar con semillas negras y se pone a jugar con él entre las manos. Mientras piensa las palabras más adecuadas para responder, lo enrosca y desenrosca entre los dedos. Al final, la pregunta es inevitable:

    —¿Es un collar?

    —No, es un rosario budista. Lo compré al sur de la India hace unos meses. Es de madera de sándalo y huele muy bien. Mi editor, Claudio López, que murió recientemente, solía llevar uno siempre consigo y a mí me hacía gracia. Pero después descubrí que es muy eficaz en las entrevistas porque consigo concentrarme mejor.

    Quien habla es Patricio Pron (Rosario, 1975), el escritor argentino que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2019 con Mañana tendremos otros nombres. Con esta historia de una pareja que después de cinco años de convivencia se separa, Pron quiso hablar no solo del desconcierto y sufrimiento que provoca la ruptura en los personajes, sino también de los nuevos vínculos que llegaron con las aplicaciones de los teléfonos inteligentes y con los cambios sociales a partir de las denuncias del movimiento Me Too: “Nadie sabía ya qué era la seducción, qué eran el abuso y el consentimiento; en particular, nadie sabía ya —y Él iba a tener que aprenderlo por su parte, como todos— qué eran las relaciones amorosas y cómo se establecían”, explica el narrador de la novela.

    La fuente de inspiración para esta historia fueron las experiencias vividas por los amigos del escritor. “A buena parte de ellos les preocupa la profunda incomunicación que se pone de manifiesto en el mundo de las relaciones amorosas en este momento. Y eso les produce inseguridad e incertidumbre. Muchos atribuyen esta incomunicación a diferencias de género, pero, en realidad, está relacionada con las dificultades para comprender las herramientas que estamos desarrollando. Por ejemplo, ¿qué clase de comunicación procura tener quien manda una fotografía de su pene, sin ser solicitada y a veces sin mediar palabra? En España se llama fotopollas. ¿Es una forma de seducción equivocada? ¿Qué reacción espera de la otra persona? ¿O no la espera? Esa perplejidad me pareció que podía constituir el tema de una novela”.

    A sus personajes, identificados solo como Él y Ella, les termina sucediendo lo mismo que les sucedió a los amigos de Pron. Ella, una arquitecta cercana a los 40 años, decide abandonar a su pareja porque algo le falta en la relación, aunque los motivos quedan difusos. Él, un escritor de la misma edad, no comprende lo sucedido y pasará largo tiempo desorientado­ y angustiado. La trama sigue el tiempo del sufrimiento hasta completar los siete meses. En ese transcurso, ambos tienen otros encuentros, reciben fotos de genitales, observan la fugacidad en las relaciones amorosas de sus amigos y la falta de compromiso, incluso para asumir la paternidad.

    Una de las amigas de Ella, llamada D., comienza a usar una red social para conseguir pareja o encuentros sexuales. “Desde ese momento, D. había tenido varios amantes (…) pero no había podido establecer una relación permanente con ninguno. En ocasiones el problema radicaba en ellos, pero, más a menudo, la dificultad estaba relacionada con la naturaleza del mecanismo por el cual los había encontrado: la oferta era tan abrumadora que hacía que cualquier elección pareciera equivocada”.

    Para Pron, la suya no es una novela moralista que vea todo negativo en estos vínculos o que valore más las relaciones de pareja tradicionales. Pero sí encuentra que en algo fracasó el proyecto de las generaciones anteriores: “Se pensaba que la liberación sexual iba a suponer una solución a los problemas sentimentales, pero como les pasa a los personajes en la novela, las personas no necesitan tanto la actividad sexual como la proximidad con el otro, el apego. Para lograrlo, las relaciones fugaces no constituyen un buen punto de partida. Todo se ha vuelto parte del mercado amoroso. Es como estar frente a un gran bufete y no saber qué comer, o frente a la góndola del supermercado. Hay tantas opciones que te prometen un cambio en tu vida que no sabes cuál elegir”.

    Hace 20 años que Pron está lejos de Rosario, su tierra natal. En 1999, cuando ya había publicado un libro de cuentos, Hombres infames, y una novela, Formas de morir, se fue para Alemania, donde estudió filología románica. “Pensaba que ya había agotado lo que tenía para decir y que no era el escritor que quería ser. Tenía la impresión, quizás errónea, de que en Rosario ya no tenía nada más que aprender”, dice.

    Pero en Alemania, donde vivió 10 años, continuó escribiendo y tuvo varios reconocimientos, entre ellos el Premio Jaén de Novela en 2008 con El comienzo de la primavera. “Ese premio me puso en la órbita de Penguin Random House y la relación con mis editores, que fue intensificándose con los años. Al punto de que ya no pude echarme atrás y dejar de ser un escritor”.

    Desde 2009, Pron vive en España, y es justamente Madrid el escenario de su última novela. En 2010, la revista Granta lo eligió como uno de los 22 mejores escritores jóvenes en español.

    En su obra, Pron siempre incorpora aspectos biográficos y suele retomar personajes que creó en alguno de sus libros. En Mañana tendremos otros nombres aparece, por ejemplo, una joven que se alimenta solo de puré de papas instantáneo, que aparecía en uno de los cuentos de La vida interior de las plantas de interior (2013). También le gustan los títulos largos para sus obras y les da importancia a los nombres, aunque no aparezcan, como en su última novela: “Los nombres con los cuales nos identificamos no son solamente los que nos han puesto nuestros padres, sino también los que nos van poniendo otras personas amadas”.

    En Mañana tendremos otros nombres hay divisiones de bienes imposibles, por eso los libros que no pueden dividirse pierden sus hojas. Hay también un lugar al que van los símbolos del desamor, como el Museo de las Relaciones Rotas, que es lo contrario a los puentes de los candados: en lugar de simbolizar el amor eterno, muestra la fragilidad de las relaciones. “Existe realmente. Es el proyecto de dos artistas croatas que decidieron destinar una habitación de la casa que compartían para dejar los objetos significativos de relaciones rotas. Luego, sus amigos fueron dejando otros. Este museo privado, casi clandestino, empezó a ser visitado por más y más personas de todas partes del mundo que hacían sus donaciones. Ahora tiene dos sedes: en Zagreb, la original, y en Los Ángeles. Tiene objetos variopintos, desde platos rotos hasta casetes grabados, desde tickets de conciertos hasta un test de embarazo positivo. Fue uno de los primeros indicios que tuve de que las cosas estaban cambiando”, explica Pron, mientras sigue enrollando su rosario.

    Vida Cultural
    2019-04-11T00:00:00