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La semana pasada, la Reserva Federal (FED) de Estados Unidos anunció que tendrá “paciencia” antes de decidir cuándo comenzar a subir las tasas de interés de los FED Funds. Esa señal desató la euforia en las bolsas de valores que, en apenas tres días, prácticamente recuperaron las pérdidas que venían acumulando en diciembre. Además, la evaluación más optimista del gobierno de Estados Unidos sobre la evolución de su economía apreció el dólar en los mercados cambiarios y propició leves subas en las tasas de interés en los mercados de bonos.
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Ni la FED ni ninguno de los principales bancos centrales del mundo van a iniciar un proceso de restricción monetaria más o menos significativo en 2015 y probablemente tampoco lo hagan durante la mayor parte de 2016. Eso ayudará a mantener condiciones financieras muy favorables para los países que no tengan desequilibrios domésticos significativos. El temor a una reversión súbita de los flujos de capitales ha disminuido ahora claramente, a raíz de la debilidad del crecimiento económico fuera de Estados Unidos y de las crecientes presiones deflacionarias que se observan en la economía mundial, fenómeno potenciado por la dramática caída del precio del petróleo de los últimos meses y, en general, de todas las materias primas.
Esos tres factores (crecimiento débil, desplome de las materias primas y fortaleza del dólar) permiten a la FED demorar aún más cualquier suba de tasas en EEUU, para mitigar el impacto del actual contexto internacional sobre el crecimiento de la economía norteamericana y sobre la inflación.
El panorama en este sentido es, entonces, positivo para países como Uruguay. Sin embargo, no hay que perder de vista los factores que están permitiendo sostener en el tiempo esta situación financiera (pobre crecimiento de la economía mundial, descenso en los precios de las materias primas y divergencias de las políticas monetarias entre las principales economías desarrolladas), porque eso generará impactos muy negativos que, inexorablemente, habrá que absorber en los próximos años.
A diferencia de lo que ocurrió en la segunda mitad de la década de los 90, la flexibilidad cambiaria, el alto nivel de reservas, una deuda pública menor con un mucho mejor perfil por plazos, tasas y monedas, y un sistema financiero más sólido, son elementos que le dan a Uruguay márgenes de libertad que no había en aquel momento, para procesar los inevitables ajustes en materia de competitividad y estructura y nivel del gasto interno.
Veremos cómo aprovecha el próximo gobierno la “paciencia” de la FED.