• Cotizaciones
    sábado 21 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La pandemia fue un mojón “en la muy escasa demanda” de saber científico que hay en Uruguay, donde se prioriza importar soluciones

    Hay ciencia nacional de “calidad” capaz de resolver problemas, pero está “altamente subutilizada porque la demanda se vuelca de manera injustificada” hacia el exterior, dice Judith Sutz, que abandona el cargo de coordinadora de la unidad académica de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Udelar tras casi tres décadas

    Cuando terminó la última dictadura (1973-1985), la ciencia estaba “totalmente destruida”. La situación era “catastrófica”, en palabras de Judith Sutz. “No quedaba un matemático, un físico, apenas unas pocas decenas de biólogos en el Clemente Estable, a los que llamaban ‘los monjes del Estable’ y cuya gran reivindicación era ganar lo que un profesor universitario, poquísimo”, cuenta la académica, profesora e investigadora de la Universidad de la República (Udelar), para añadir que entonces se produjeron algunas de las experiencias más notables de la vida científica del país.

    Un “mojón” para la reconstrucción del mundo científico fue la firma del decreto que dio origen al Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba), en 1986, y otro fue la creación de la Facultad de Ciencias, en 1990.

    Ahora la pandemia supuso un último mojón en “la muy escasa demanda de conocimiento científico del país, porque la sociedad le dijo a la comunidad científica: ‘Necesitamos esto, esto y esto’. Y fue posible”, destaca Sutz, que el 31 de diciembre pidió la renuncia —aceptada días atrás— como coordinadora de la Unidad Académica de la Comisión Sectorial de Investigación Científica (CSIC) de la Udelar, cargo que ejerció desde el 2 de febrero de 1992.

    “En estos 30 años hemos construido muchas más capacidades que aquellas que son realmente utilizadas para el desarrollo nacional, y ahí es donde hay que poner el mayor esfuerzo: no descuidar los recursos que permiten los instrumentos para avanzar en la producción de conocimiento, pero también necesitamos conocer mejor las demandas de la sociedad y conseguir más espacios laborales fuera de la burbuja académica”, explica esta ingeniera electricista, nivel III del Sistema Nacional de Investigación e integrante de la Academia Nacional de Ciencias del Uruguay, máster en Planificación de Desarrollo por la Universidad Central de Venezuela y doctorada en Socioeconomía del Desarrollo en la Universidad de París.

    Con su pareja, el exrector Rodrigo Arocena, Sutz ha trabajado en temas de ciencia, tecnología, desigualdad y en los desafíos para una evaluación académica que acerque la investigación a las metas de un desarrollo humano y sustentable.

    Lo que sigue es un resumen de la entrevista de Sutz con Búsqueda.

    —¿Cómo quedó posicionada la ciencia en Uruguay con la respuesta que dio ante la crisis sanitaria?   

    —La pandemia planteó una situación totalmente nueva e inédita. Que teníamos buena ciencia, ya lo sabíamos. Pero no creo en absoluto en hacer ciencia como quien va a las Olimpíadas. No creo en el concepto de competitividad en ciencia, el medir y comparar según indicadores. Eso me parece profundamente equivocado e inadecuado para la función intrínseca de la ciencia. No quiero decir que en términos económicos la competitividad no tenga sentido; por supuesto que sí la tiene. Pero hay ámbitos de la actividad humana que no tienen por qué regirse con los mismos criterios con que se rigen o se valoran otros.

    Las cosas que se consiguieron durante la pandemia fueron construidas a lo largo de muchísimo tiempo, con muchísimo sacrificio y con mucho más trabajo del que es razonable. Porque, bueno, no vamos a discutir que el Uruguay no le dedica a la ciencia mucho dinero (invierte 0,41% del PBI, y el 88% de esa inversión proviene de fondos públicos, es decir, un 0,36%). No vale la pena repetir lo que ya se sabe.

    —Al comparar estos indicadores con los de otros países, por lo general, Uruguay no sale muy bien parado y, sin embargo, el ámbito científico local respondió al desafío de la crisis sanitaria con nota.

    —De eso no tengo la más mínima duda. Pero no lo estoy midiendo en términos comparativos ni competitivos. Digo que hubo ciencia de alta calidad que tiene formas de evaluarse. Pero esa ciencia de calidad estaba en alguna medida relativamente escondida y tenía muy poco reconocimiento y orgullo —por qué no decirlo— por parte de la población en general. Llegó la pandemia y te encontrabas con científicos hablando a la hora pico de la tele y las radios. Cuando la gran revista Nature puso a Gonzalo Moratorio entre las 10 figuras más influyentes en ciencia en 2020… A Uruguay no le había pasado nunca una cosa como esa. Ojalá la ciencia permanezca al menos como estuvo durante la pandemia. Porque en condiciones muy difíciles se construyó una ciencia que cuando se conjugaron dos o tres características explotó y colaboró para salvar al país. Y eso es algo maravilloso.

    —¿Por qué “explotó”? 

    —Porque no se podía conseguir nada, ya no respiradores, ¡no había hisopos! El Ministerio de Salud Pública llamó a la prorrectora de investigación de la Udelar (Cecilia Fernández) para decirle: “No tenemos hisopos”. Y se hicieron los hisopos, que no es ninguna bobada: tiene que tomar la muestra, no contaminarla y depositarla no contaminada para poder hacer el análisis. No tenías ni kits de diagnóstico ni ciertos elementos imprescindibles cuando la gente llega al CTI. Todo eso se hizo y más, como la desinfección de salas hospitalarias, con base en ciencia nacional, a tecnología nacional, a investigación nacional. Por eso digo que fue maravillosa la capacidad de respuesta que tuvo la ciencia.

    —¿La comunidad científica esperaba esta demanda o la tomó por sorpresa?

    —La verdad es que la comunidad científica nacional siempre estuvo hambrienta de tener la oportunidad de demostrar su potencial. ¿Qué puede hacer un científico si nadie le pide nada? ¿Qué puede hacer alguien que tiene capacidad de dar respuestas si no se le hacen las preguntas? Lo que pasó con la pandemia es la conjunción de que no se podía comprar nada afuera, dado que la importación era imposible porque los mercados habían sido acaparados. La urgencia y la determinación de resolver las cosas se manifestó en una gigantesca demanda volcada a la ciencia nacional. ¿Y qué pasó? La ciencia nacional pudo responder pese a la muy escasa demanda de conocimiento científico del país, porque la sociedad le dijo a la comunidad científica: “Necesitamos esto, esto y esto”. Y fue posible. Porque se le pidió, y pudo haber respondido antes en muchas otras ocasiones. Tampoco es la primera vez que responde. Pero sí es la primera vez en que la gravedad de la situación, el desafío a la vida que implicó la pandemia, le dio una visibilidad a su capacidad de respuesta. Incluso antes de que el gobierno pidiera nada, ante la sola hipótesis de que esta crisis se venía, los científicos se pusieron a trabajar en febrero de 2020. Por eso la comunidad científica nacional está contenta. ¡Cómo no va a estar contenta! Mostró una capacidad de respuesta que no es solo la respuesta a una pregunta ajena, sino una respuesta a una pregunta propia. Esa capacidad es fantástica.

    —¿Cree que el gobierno recurrió a la ciencia como último remedio?

    —Mirá, no te sé decir. Eso es un contrafáctico. En otras ocasiones, pudiendo haber recurrido a la ciencia nacional, no se hizo. En este caso era lo único que se podía hacer. Lo que sí puedo decir es que la preferencia por la importación, cuando hay capacidades nacionales para resolver los problemas, es una constante. Tampoco puedo decir que lo que pasó en la pandemia es totalmente natural, que pasó siempre. ¡No! No es así. Lo que pasó en la pandemia es bastante excepcional y lo que una quisiera es que por el efecto de demostración de lo que pasó deje de ser excepcional y pase a ser natural. Si en Uruguay empezara a normalizarse el recurrir de manera sistemática a las capacidades propias y antes que eso hacer todo lo que hace falta para fortalecerlas…, y bueno, estaríamos mucho mejor.

    —¿Qué pasará con esta intervención de la ciencia nacional? ¿Continuará? 

    —No quiero mezclar los tantos, pero hay realidades muy claras en Uruguay. Personalmente no estoy contenta porque la Universidad de la República representa el 80% de la producción de conocimiento del país. Yo quisiera que la universidad fuera el 50%, pero que se produjera 300% más, con muchísimos otros actores. Me encantaría que hubiera una producción de conocimientos y de innovación significativa en el sector empresarial.

    —¿Por qué el sector productivo invierte tan poco en investigación y desarrollo?

    —Es una pregunta válida. No se trata de acusar a nadie, porque eso no sirve para nada. Hay muchas razones. El 95% de las unidades productivas uruguayas, que son las pequeñas y medianas empresas, carecen de personal profesional. El 80% de las pequeñas empresas danesas, que también son el 95%, tampoco tienen personal calificado. Pero Dinamarca tiene políticas consistentes. Una de ellas es el programa de primer profesional en las pymes y otra es el apoyo proactivo para mejorar la empresa. Para usar conocimiento hay que empezar por saber que este puede ser útil, y no necesariamente eso está al alcance de muchas empresas: hay que ayudar a que ese mutuo conocimiento de utilidad aparezca.

    —También hace falta una mayor demanda de científicos en el propio Estado. ¿Los ministerios y las empresas públicas deberían recurrir más a la capacidad de la ciencia nacional?

    —Eso sería muy importante, ni hablar. Pero las señales que vemos desde la perspectiva presupuestal, que es parcial pero importante, es otra. Si querés tener una ciencia más sólida tenés que generar un conjunto de inversiones en gente, en equipamientos, espacios laborales, porque es trágico que formes una enorme cantidad de gente con maestrías y doctorados, y después… hay que acompañar todo eso. Y sobre todo hay que usarlo. No solo dentro de los claustros académicos. Hay que abrir la puerta para que quien genera conocimiento trabaje en otras partes. La demanda de conocimiento del conjunto de los ministerios es gigantesca, igual que en las empresas públicas. ¡Gigantesca!

    —¿Cómo puede hacer Uruguay para ampliar los espacios laborales de sus investigadores?

    —Uruguay es un caso excepcional, tiene el 1% de los investigadores fuera del mundo público y la enorme mayoría trabaja en el mundo académico. Ese es un problema. Holanda tiene algo así como 10 veces más investigadores que Uruguay por millón de habitantes, pero en términos de proporción, ¿cuántos investigadores tiene Holanda trabajando en empresas públicas y privadas? El 57 %. ¿Cuántos tiene Uruguay? El 3%. Ahí está la cosa. ¿Cómo cambiamos? ¿Por dónde empezamos a tirar de la piola para modificar esta realidad?

    —¿Alcanza con “la cifra mágica” del 1% del PBI?

    —¡No! Claramente los recursos son imprescindibles, no vamos a discutir eso. Pero no alcanza con eso. Eso alcanza para movilizar la producción de conocimiento, pero no para movilizar la utilización del conocimiento. Y si hay algo que no es cierto en ciencia es que la oferta crea su propia demanda. Uno sigue generando ciencia y ciencia, y donde la ciencia se usa es porque hay estructuras que están expectantes, esperando los resultados para poder transformarlos, o porque hay otras estructuras que le piden cosas a la ciencia. Lo que tenemos que hacer, además de hacer más y mejor ciencia, es crear de manera sistemática espacios donde la ciencia se pueda usar, colaborar, resolver problemas y relevar la demanda de conocimiento, articulada con la oferta. Uno de los grandes problemas de importar soluciones es que en general funcionan mal, además de ser carísimos.

    —El tema es quién les pide conocimiento a los investigadores… 

    —Exacto. Quién le pide y desde dónde. Desde los temas de vivienda decente a bajo costo, problemas de saneamiento, a los de malnutrición infantil, todo eso. Alguien puede decir que hace falta dinero para comprar las soluciones en el exterior. ¡No! Discúlpeme, así no se arregla nada… Porque no hay plata que alcance y porque además las soluciones no son siempre adaptables. Por eso la capacidad nacional de responder es muy importante. No digo que en Uruguay se prescinda del conocimiento. Digo que hay mucha menor demanda de conocimiento hacia las capacidades nacionales y que estas están altamente subutilizadas porque la demanda se vuelca de manera injustificada en términos de obtención de soluciones suficientes hacia el exterior. Y eso, además, es muy desmoralizador. Después se quejan. Pero empujan a los investigadores a vivir dentro de la burbuja de la academia y luego los acusan de vivir dentro de esa burbuja. Hay que ayudarlos, porque no es tan fácil salir solos.

    Tú me preguntabas qué va a pasar. Por ahora las cuestiones vinculadas con los recursos no están dando ninguna señal positiva, y además habría que generar muchísima mayor interacción entre las necesidades del país y la capacidad de respuesta por parte de la comunidad científica. Eso hay que hacerlo y no se está haciendo. No es un diseño de política sencillo, pero sí tengo clarísimo que se puede hacer.

    • Recuadro de la entrevista

    “El efecto tijera” y la tensión “malsana”  que “genera una especie de máquinas”

    // Leer el objeto desde localStorage