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    La pata de la sota

    Es fácil hoy echarle la culpa de la colección de fracasos y desastres nacionales al Frente Amplio. La larga (si bien todo es relativo) permanencia en el poder de la coalición, que elimina la excusa de “la herencia maldita”, se ha vuelto un excelente argumento para ello.

    Sin embargo, los frenteamplistas “han recogido los frutos” de los gobiernos anteriores. Por eso, quien busque culpables debe mirar más lejos. Así haciendo descubrirá que prácticamente todos los políticos mayores de cierta edad y absolutamente todos los partidos, empezando por los blancos y los colorados, son responsables, en mayor o menor medida, del lamentable estado de la República.

    La conversión del país en una inmensa oficina pública, a comienzos de los 50; el sabotaje a todos los intentos de modernización e innovación de la economía nacional en el mismo período por parte del gobierno batllista; la incapacidad de los diferentes grupos blancos para enfrentar los problemas que se iban acumulando a comienzos de los 60, pasando luego por la etapa de la dictadura y la de los gobiernos blancos y colorados que siguieron, echaron las bases de los males que han hundido al país.

    Se olvida fácilmente que durante los años álgidos a fines de los 60, cuando la vida nacional estaba acalambrada por la rápida sucesión de contratiempos y el terrorismo tupamaro, los blancos y los colorados tenían 92 de las 99 bancas de Diputados y 30 de las 31 de Senadores. Se trataba de una mayoría aplastante que hubiera permitido encauzar el rumbo de la nave sin depender de los puntos de vista de los grupos de izquierda.

    Pero ese rumbo era imposible de encauzar, pues quienes estaban detrás del timón no tenían la más pálida idea de lo que querían hacer ni de hacia dónde querían dirigirse. Primaba el interés personal y partidario, pesaba más la lucha en la chacrita propia, interesaba más el éxito a corto plazo y, sobre todo, la zancadilla al contrincante más cercano.

    A comienzos de los 60, varios diplomáticos escandinavos acreditados en Montevideo habían señalado en sus despachos que urgía promover cambios radicales. Y señalaban, por ejemplo: “Si no se hace así, Uruguay, con 2.700.000 habitantes de los cuales 320.000 son empleados públicos y apenas 900.000 trabajan en el sector productivo, no podrá financiar los costos de uno de los sistemas sociales más avanzados de América Latina, incluido un numeroso grupo de personas jubiladas prematuramente. Uruguay parece haber empezado por la punta equivocada, construyendo un Estado de bienestar sin tener la suficiente base económica”.

    Lo he escrito y subrayado en algunos libros y en varias docenas de artículos: la decadencia uruguaya lleva prácticamente 80 años. Todos los fenómenos negativos del Uruguay frenteamplista fueron plantados y echaron raíces durante la etapa anterior. Y esto es válido desde la impronta económica primitiva (exportación de materias primas, importación de productos elaborados) hasta los casos de corrupción, pasando por esta costumbre dinástica y profundamente antidemocrática de heredar los cargos políticos.

    Visto desde esta perspectiva de largo plazo, Mujica no fue una causa sino una consecuencia.

    ¿Por qué? Porque Mujica es mucho más que el apellido del ex presidente en cuestión. Mujica es un fenómeno que supera ampliamente los límites de una persona determinada. Mujica es una visión del mundo. Es una forma de interpretar y transmitir la realidad. Es, también, un modelo social. Pero por sobre todas las cosas, es un fenómeno cultural.

    Toda esa decadencia resumida en el vocablo Mujica no se gestó por obra y gracia del Espíritu Santo, no surgió en el ámbito de un ser de carne y hueso, perfectamente identificable, sino que fue creciendo durante buena parte de la historia nacional.

    Dicho esto no se está liberando de culpa a la rosca político-sindical que desde hace más de una década gobierna (es una forma de decir…) Uruguay. Pero sí se está haciendo hincapié en la verdadera dimensión del proceso.

    Y por último: las simpatías políticas de los historiadores y la perspectiva cortoplacista que todo lo domina son los principales obstáculos para entender esa dimensión y, si se quiere, para determinar más o menos objetivamente el reparto de responsabilidades tenidas a lo largo del tiempo.