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    La política resiste, los mercados rejubilan

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2233 - 13 al 19 de Julio de 2023

    A lo largo de 2023, los argentinos ya eligieron gobernadores en 13 provincias. En 10 de ellas, incluyendo la populosa Córdoba, ganó el oficialismo local. También hubo elecciones legislativas en Corrientes, donde ganó la coalición liderada por el gobernador Gustavo Valdés. En otras dos provincias ganó un desprendimiento de los partidos gobernantes: a partir de diciembre, Neuquén será administrada por quien había sido vicegobernador del oficialista Movimiento Popular Neuquino, y San Luis lo será por quien ya fuera gobernador delegado por el actual, Alberto Rodríguez Saá. Cuando parecía que para derrotar al oficialismo era necesario haberlo sido, la decimotercera fue la vencida: en San Juan, la oposición de Juntos por el Cambio logró una victoria limpia, sin alianzas con oficialistas despechados.

    La distribución partidaria de los vencedores se resume así: siete están alineados con el gobierno nacional, cuatro, con la oposición tradicional cambiemita, tres provienen de partidos provinciales y cero representan a la novedad libertaria. Falta votar en 10 provincias, en cuatro de las cuales Juntos por el Cambio aparece con chances, mientras en cinco se descuentan victorias oficialistas. La monstruosa Buenos Aires, que alberga al 40% de los argentinos y de la cual depende la gobernabilidad del próximo presidente, sigue indefinida. En el país latinoamericano con mayor inflación y crisis fiscal permanente, nada parece moverse demasiado: el poder se alterna entre los mismos de siempre y los principales candidatos presidenciales son ministros del gobierno actual (Sergio Massa) o del anterior (Patricia Bullrich). ¿Cómo es posible?

    La primera causa de la estabilidad política son las fuertes identidades sociales, que dividen a los argentinos entre peronistas y no peronistas, pero inmediatamente después viene el sistema electoral. Restrictivo en vez de permisivo, en contraste con Chile y Brasil, ancla a los partidos establecidos en el territorio y los sobrerrepresenta en el Congreso, mientras impone a los outsiders altos costos de entrada. Con más de 100.000 mesas de votación en todo el país, los partidos necesitan ese número de militantes para distribuir y fiscalizar las boletas. De lo contrario, se arriesgan a ser víctimas del apotegma kantiano de la política argentina: “Si el opositor no pone fiscales, me veo en la obligación moral de volcarle el padrón”. Esta acción, presuntamente fraudulenta, consiste en “hacer votar” a los electores ausentes.

    En la disputa entre partidos establecidos, sin embargo, sordos ruidos se dejan oír por debajo de la superficie. En las PASO de Chaco, que todavía tiene que elegir gobernador, la oposición quedó en primer lugar con 6% de diferencia sobre el aspirante a la reelección. Además de una estrategia adecuada y unas primarias competitivas, la oposición fue inconsultamente beneficiada por un asesinato cometido por funcionarios y candidatos oficialistas. Años atrás, eventos similares llevaron a la derrota de gobernantes peronistas eternizados en Catamarca y Santiago del Estero. Si la política nacional baila al compás de la economía, la provincial lo hace al compás de la violencia institucional. Por eso, las protestas violentas organizadas en Jujuy contra la reforma constitucional del gobernador radical Gerardo Morales fueron seguidas de cerca desde el Obelisco: los argentinos quieren orden pero no toleran muertos, así que toda represión debe ser medida. Morales atinó en la respuesta: reprimió sin causar decesos y ganó la candidatura vicepresidencial secundando al jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta.

    En este escenario de turbulencia provincial se inscribieron las listas para los cargos nacionales. La mayor sorpresa fue la fórmula oficialista, integrada por el ministro de economía Sergio Massa y el jefe de gabinete Agustín Rossi, que desplazó a última hora a la que se había conocido días antes encabezada por el ministro del interior, Wado de Pedro. Aunque algunos analistas leyeron la candidatura de Massa como una derrota de Cristina Kirchner, fuentes cercanas a la vicepresidenta —y sus apariciones posteriores, levantándole el brazo al candidato— indican lo contrario. Después de lanzar varios globos de ensayo, Cristina optó por apostar al dirigente con el piso electoral más alto, delegar la responsabilidad de la derrota, guarecerse en la provincia de Buenos Aires y concentrar fuerzas en el Congreso. Desde ahí, donde se aseguró de contar con bloques gordos de leales, podrá condicionar al próximo presidente si es propio y bloquearlo si es ajeno.

    Los mercados saludaron la candidatura de Massa con indisimulable optimismo. Hasta entonces, De Pedro les simpatizaba porque facilitaba la victoria de Juntos por el Cambio; desde entonces, esa victoria es prescindible: el actual ministro de Economía les ofrece la misma proximidad ideológica que Rodríguez Larreta o Patricia Bullrich pero mejores condiciones de gobernabilidad. El control de la calle, se dice, es una especialidad del peronismo y un dolor de cabeza para los no peronistas. En cualquier caso, el círculo rojo, que es como en Argentina se denomina al establishment empresarial y mediático, se refriega las manos al confirmar que los cuatro candidatos que quedan en carrera son promercado y amigos de Estados Unidos.

    El cuarto de esos presidenciables es Javier Milei, un excéntrico economista libertario que quiere cerrar el Banco Central y el Ministerio de Educación y aceptó como temas de debate la venta de niños y el tráfico de órganos. Consultado sobre los rumores de que dormía con ocho perros y su propia hermana, los negó indignado: “Esto es dantesco. Llegamos a un nivel de locura de decir cualquier cosa. Primero los datos: yo no tengo ocho perros, tengo cinco”. Durante varios meses Milei punteó en las encuestas, pero en las últimas semanas todas coinciden en que ha comenzado a desinflarse. A mediados de julio ya no es el candidato individual más votado, habiendo sido superado por Massa y, en algunos sondajes, por Bullrich.

    Si hubiera que ubicar a los cuatro presidenciables en el espectro izquierda-derecha, Milei estaría corrido a la extrema derecha seguido de cerca por Bullrich, mientras Larreta se encuentra más cerca del centro y Massa en el punto central, con una cara mirando para cada lado. La izquierda, en general y en esta elección, está vacante en Argentina. Por eso a Larreta lo complica la aparición de Massa, mientras a Bullrich la favorece el desinfle de Milei, aunque los equipos del primero piensen extrañamente lo contrario.

    Lo que está fallando, también, es la intuición del entorno que rodea a Massa. Ahí se cree que Bullrich superará a Larreta y será más fácil de vencer, al dejarle el centro libre. El mismo error de análisis cometió el entorno de Raúl Alfonsín en 1989, cuando vio en el populista Carlos Menem un candidato más derrotable que el institucional Antonio Cafiero. Si esta es una elección de tercios, como tantos repiten, y el barullero Javier Milei queda fuera del balotaje, Bullrich tendrá más facilidad para seducir a los electores vacantes que cualquier transeúnte de la avenida del medio. Porque, aunque a los moderados les cueste entenderlo, el centro que gana las elecciones no es el ideológico sino el posicional, y los centristas ideológicos hoy no están en el centro posicional sino apilados en un extremo.

    *Politólogo, Universidad de Lisboa

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