Gerardo Caetano alza la voz, el dedo índice de su mano derecha dibuja figuras en el aire, a veces percute en la mesa. Y luego calla. Son cuatro, cinco, seis, siete segundos en los que fija sus ojos enojados en un punto que nadie más ve. De todo lo que dijo o dirá en su charla de 37 minutos, quiere que el auditorio retenga lo que acaba de decir. Quiere que se entienda que si las cosas no cambian, la educación continuará resquebrajándose. Que la educación será el “gran factor de desintegración social” del Uruguay.
El historiador tiene en sus manos documentos con cifras, indicadores de la evolución de la pobreza, la desigualdad, datos sobre el nivel educativo de la población. A veces los revisa mientras habla, pero no los recita todos, menciona solo los necesarios para contextualizar su análisis. Después de una “faena gigantesca” de los gobiernos del Frente Amplio que permitió bajar la pobreza, advierte Caetano, cerca del 25% de los uruguayos están en “situación de vulnerabilidad”: corren riesgo de recaer en la pobreza.
“Traumático”.
Son las ocho de la noche del viernes 19 y en el Club Social Los Titanes unas cuarenta personas se disponen a escuchar lo que tienen para decir Caetano, el director de la consultora Equipos, Ignacio Zuasnabar, y el director de Opción Consultores, Agustín Bonino, sobre “Las demandas de las clases medias en América Latina”. Es la segunda reunión del ciclo Atardeceres Canarios que organiza la Intendencia de Canelones y tiene por anfitrión al intendente Yamandú Orsi.
Caetano es el plato de fondo. El historiador al que alguna vez José Mujica quiso como presidente del Frente Amplio dice que la situación en América Latina es demasiado heterogénea como para hablar en general de las clases medias y que, en ese aspecto, Uruguay siempre fue diferente a los países de la región. “El éxito del batllismo”, explica, es que construyó un país “donde la referencia era la clase media”; ricos y pobres querían ser parte de esa “mesocracia”. Pero el “viejo imaginario batllista hoy está dislocado”, agrega. “En los sectores de clase media no consolidada, vulnerable, hay muchas veces una identificación con la clase baja, una identificación con las clases populares. Esto es una ruptura del imaginario. No por arriba sino por abajo”.
La pobreza disminuyó en Uruguay de 39% en 2004 a 9,7% en 2014, según datos del Instituto Nacional de Estadística. El desafío es que ese contingente de personas en situación socioeconómica “vulnerable” —cerca del 25% de la población— no vuelva a caer. Porque si retroceden es “mucho más difícil” que abandonen otra vez esa condición, dice Caetano. Los presentes escuchan en silencio, algunos asienten con la cabeza.
El académico sostiene que si bien la seguridad es un tema de preocupación, las clases medias y bajas saben que “la batalla por el futuro de sus hijos” está en la enseñanza. Y ganar esa batalla parece cada vez más complicado.
“Los últimos datos son muy preocupantes porque hay mejoras, pero hay cosas que se están quebrando”, dice Caetano al auditorio. “La clave de la historia uruguaya era que la generación que venía era más educada que la generación anterior. Hay algunos indicadores que están revelando que eso se está quebrando, que la tasa de escolaridad, de cantidad de años de educación por persona, en algunos lugares del Uruguay está bajando. Eso es traumático. Y quienes lo ven más, muchas veces, son los sectores medios y los sectores populares”.
Caetano cerrará su intervención cerca de las diez de la noche sin brindar cifras sobre la enseñanza. Las gráficas y el análisis que sustentan sus advertencias están en varios documentos que elaboró en los últimos años, dice al ser consultado por Búsqueda. Uno es “Educación, democracia y desarrollo en el Uruguay del bicentenario. La impostergable construcción de una nueva utopía educativa”, un trabajo del historiador en coautoría con el magíster en Ciencias Políticas Gustavo de Armas. Un estudio cuyas conclusiones, a pesar de lo que quisiera Caetano, mantienen vigencia.
De Varela al estancamiento.
La educación Primaria en Uruguay tenía a mediados del siglo pasado una cobertura envidiable en comparación con la región. El país había alcanzado “en un breve plazo” la “primera meta de los sistemas educativos modernos: universalizar el acceso a la educación primaria o básica”. Eso, según los autores, “implicaba democratizar la participación en un nivel de formación de competencias y capacidades imprescindibles para la integración al mundo del trabajo y al ejercicio activo de la ciudadanía política”.
Hasta mediados del siglo XX las noticias eran buenas. Las generaciones que ingresaban al sistema educativo lograban mayores niveles de escolaridad que sus padres. “Si se compara a quienes ingresaron a la educación escolar entre los años 30 y comienzos de los años 40 del siglo pasado con quienes lo hicieron entre 1956 y 1965, se advierte que en el primer grupo el 63% finalizó la enseñanza primaria, 23% la media básica, 13% la media superior y solo 5% la terciaria; en tanto en el segundo grupo —compuesto por personas veinte años más jóvenes— alcanzaron dichos niveles el 87%, 51%, 29% y 118%, respectivamente”, relatan los académicos en su estudio, que se basa en datos del Ministerio de Educación y Cultura de 2009. Sin embargo, las personas que hoy tienen entre 25 y 49 años de edad, y que son el grueso de la población económicamente activa, “lograron los mismos grados de escolaridad que quienes las precedieron, lo cual implica que en las últimas cuatro o cinco décadas Uruguay registró una situación de estancamiento educativo o, a lo sumo, un muy modesto o limitado progreso”.
Esos porcentajes apenas cambiaron si se toma en cuenta la medición de 2014 (ver gráficas).
La evolución es muy modesta no solo en comparación con su impulso vareliano. De acuerdo con Caetano y De Armas, el aumento de la escolaridad de la población “ha sido menor al registrado” en países desarrollados que partían de niveles similares al de Uruguay, como España, Italia y Grecia. Pero si esa comparación no es suficiente, los autores señalan que el incremento uruguayo fue “claramente inferior al observado en los países de la región de similar nivel de desarrollo humano: Argentina y Chile”.
A lo largo de los últimos 30 años el sistema educativo logró incorporar cada vez más jóvenes provenientes de los sectores de ingresos bajos. El problema, advierten, es que “no supo o no pudo prepararse” para su llegada. Así, los adolescentes y jóvenes más pobres “desembarcaron” en las aulas, pero no pudieron “sobrevivir masivamente dentro del ciclo”. Por eso los porcentajes de egreso de la enseñanza media superior —sexto de liceo o UTU— crecen muy lento.
“La evidencia histórica permite corroborar sin mayor esfuerzo, que esa promesa de progreso” gracias a la educación “efectivamente se cumplía para las familias”, dicen los autores. Eso era antes. “Desde hace varias décadas Uruguay no logra cumplir con esa premisa o, a lo sumo, lo hace en forma muy modesta”, añaden. E insisten: “Quienes hoy rondan los 30 años de edad son apenas un poco más educados que sus padres, aquellos que se ubican entre los 50 y los 59 años de edad; de hecho, la proporción de profesionales egresados de la enseñanza terciaria es prácticamente idéntica en ambos grupos. Mientras quienes integran el grupo de entre 50 y 59 años de edad estarían en condiciones de competir (disculpen por la expresión) en un mercado laboral global con sus coetáneos españoles, italianos, chilenos o argentinos, sus hijos enfrentarían serias dificultades en esa brega”.
“El pleito más importante”.
Si se le pregunta por el futuro, Caetano responde que no todo está perdido. En un correo electrónico en el que contesta preguntas formuladas por Búsqueda, asegura que los problemas de la educación uruguaya “tienen solución”. Pero agrega en seguida que al país “ya no le sobra tiempo”.
“La persistencia de los perfiles de estancamiento y de crisis real en el sistema educativo deben generar una proactividad mucho más sostenida y potente”, dice. Y vuelve a advertir: “Ya no hay tiempo que perder, insisto”.
“No es bueno caer en el catastrofismo, en solo ver los problemas, en invisibilizar los logros, que también los hay”, dice Caetano. “Pero hay que advertir con igual fuerza su insuficiencia, su lentitud, el desánimo que ello produce”.
Los problemas no son de ahora ni de los últimos diez años, escribe. Tampoco es una cuestión de “libreto”, porque todos los partidos políticos coinciden en “por lo menos el 90% del diagnóstico”. Todo estaría dado, dice, para que la educación fuera una política de Estado. Y sin embargo “eso parece una quimera”, sostiene Caetano, al menos hasta que el Frente Amplio encuentre un “rumbo cohesionado” en la enseñanza. Tampoco ayudan los “bloqueos corporativos”. El historiador añade algo, aunque le parece obvio: “El centro de la educación siempre es el alumno” y “no hay reforma posible sin docentes estimulados, considerados, jerarquizados”.
Y sobre el final de su correo electrónico, otra vez la advertencia. La educación “no es un tema de partidos”, y Uruguay “ya no resiste más fracasos o lentitudes” en esa área. ¿Por qué? Caetano responde: “Allí se juega sin duda el pleito más importante para el Uruguay del futuro, el de nuestros hijos y de nuestros nietos”.