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    La selva orquestada

    Arte eterno: Solo, el disco de Egberto Gismonti grabado en 1978, fue un punto culminante en su carrera; el próximo 30 de abril, el músico brasileño estará en el Solís

    En noviembre de 1978, el guitarrista, pianista, vocalista y compositor brasileño Egberto Gismonti entraba en el sagrado Talent Studio de Oslo. Llevaba su guitarra de ocho cuerdas y unas campanitas, nada más. Naturalmente, el estudio se hacía cargo del piano, un piano en el que había tocado Keith Jarrett exactamente un año atrás, cuando grabó My Song.

    Como era de esperar, estaban el ingeniero de sonido Jan Erik Kongshaug y el productor Manfred Eicher, fundador del sello ECM. Salieron seis temas: la extensa pieza Selva amazónica, Pau Rolou, Ano Zero, Ciranda nordestina y Frevo y Salvador, dos de las más conocidas composiciones de Gismonti. El asombro fue inmediato, en particular por los sonidos que el músico era capaz de sacar en Selva amazónica. Parecía que allí hubiera más de un guitarrista. En realidad, toda una orquesta era la que se abría paso entre la maleza, los pastizales y el fango, una suerte de movimiento sonoro capaz de incorporar el costado más salvaje de la naturaleza con las armonías ordenadas. Y eso que el disco aclara, por las dudas, que no hubo sobregrabación de guitarra... Era Gismonti solito, a la intemperie, con su clásica barba y su coleta.

    Solo se editó en 1979 y solamente en Estados Unidos vendió más de 100.000 copias, una inmensidad si se toma en cuenta que no es una propuesta sencilla ni comercial. En esa música había años de estudio y academia, desde Stravinsky, Debussy y los conceptos dodecafónicos, hasta las raíces más profundas del folclore brasileño, todo mixturado con la improvisación jazzística. Música libre y difícil de clasificar pero reconocible al instante: solamente puede ser Gismonti.

    Han pasado 37 años de la edición de este disco y el maestro de las cuerdas y las teclas volverá a tocar en Montevideo, con sus guitarras, su voz y un piano, el próximo jueves 30 de abril en el Teatro Solís a partir de las 19.30 horas, en el marco del Día Internacional del Jazz. El evento es organizado por Jazz Tour e incluye, para el mismo día a las 18 y en la Sala Zavala Muniz, ¿Qué es una jam?, donde docentes-músicos explicarán los conceptos básicos de una jam session.

    Gismonti nació en Carmo, un municipio de Río de Janeiro con unos 20.000 habitantes, en 1947. Estuvo varias veces en Uruguay, solo y bien acompañado. Una de sus visitas, en el teatro Stella de Mercedes y Tristán Narvaja, tuvo un frustrante resultado pero no por culpa de Gismonti; iba a tocar con la Filarmónica de Montevideo, dirigida por Federico García Vigil, pero una huelga de municipales hizo que Gismonti tuviera que volver al formato solitario, con la tímida intervención de algún instrumentista que prefirió ser músico antes que un funcionario solidario. El brasileño no salía de su asombro ante la situación. Eu não poso acreditar… repetía a cada rato.

    Hijo de un acomodado empresario de ascendencia libanesa y de una madre siciliana, desde muy temprana edad recibió educación musical. Su potencial rápidamente le valió una beca para estudiar en Viena, pero la rechazó con el fin de reparar en los sonidos de su tierra. Se dio a conocer con O Sonho, una compleja pieza orquestal que ya hablaba de sus habilidades para manejar múltiples instrumentos en una propuesta que rápidamente se tornó distintiva, porque este hombre que tiene la bossa nova, la guitarra de Baden Powell y las enseñanzas de Villa-Lobos en su sangre, no suena parecido a nadie de sus compatriotas. A nadie.

    Picasso alguna vez dijo que le llevó toda la vida aprender a pintar como un niño. Algo parecido podría decirse de la música de Gismonti: intensos estudios con Nadia Boulanger en París y sólidos conceptos de orquestación para poder destilar los sonidos naturales de la tierra, de la selva Xingú, esos sonidos que tienen la espontaneidad del viento y de los ríos, que fluyen y siempre seducen, como la música de Gismonti, esté solo o bien acompañado.

    Entre sus primeros discos hay que destacar Orfeo Novo, grabado en Alemania en 1970, en compañía del flautista Bernard Wystraete, el imponente contrabajista Jean-François Jenny-Clark y quien en ese entonces era esposa de Gismonti: la vocalista Dulce Nunes. El brasileño aparece con una sencilla guitarra de seis cuerdas. Dos temas se adelantan en el libro de composiciones: Parque Laje y Salvador, que luego se convertiría en un clásico de su repertorio. No es el Gismonti selvático ni orquestal, es más reposado, intimista, de cámara. Pero el sonido característico ya está instalado. El disco fue producido por el conocido jazzófilo Joachim E. Berendt, un tipo con olfato para las propuestas novedosas y el talento en bruto. No hay caso: el que sabe, sabe.

    Su discografía es muy amplia. En Brasil grabó para EMI, entre otros trabajos, Agua e vinho, Egberto Gismonti, Corações futuristas y Academia de danças. Nada de voces para una noche cálida sobre Ipanema o Leblon, nada de complaciente alegría carnavalera, nada de conformismo. Una música completamente única, anticomercial, con arreglos eléctricos y vueltas sorprendentes.

    Gismonti comenzó a sonar con fuerza en el panorama musical internacional gracias a su colaboración con ECM, y en particular a través del primer disco para el sello alemán: Dança das cabeças (1976), junto a Naná Vasconcelos. Guitarra, voz y percusión, únicamente esos elementos para cocinar. Una música imbricada, tan suelta como compleja. Y tan imbricada y extraña que llevó a los empleados de las disquerías a las más variadas opciones para colocar sus discos en las góndolas: pop para los ingleses, folclore para los estadounidenses, música clásica para los alemanes y el que no sabía qué hacer le encajaba la grifa jazz. Es que Gismonti debería tener una góndola para él solo.

    Luego vendrían Sol do meio dia (1978), con Jan Garbarek, Ralph Towner, Collin Walcott y Naná; Magico y Folk Songs (1979, ambos con Garbarek y Charlie Haden) y Sanfona (1980, disco doble, de un lado Gismonti solo y del otro con Mauro Senise, Zeca Assumpção y Nené). Pero hay mucho más, porque también siguió grabando en Brasil cosas siempre creativas como No Caipira (1978), Circense (1979), Fantasía (1982) y Trem Caipira (1985). Sus últimas entregas también son para ECM: In Montreal (2001, en vivo con Charlie Haden), Saudações (2009, disco doble: por un lado con una orquesta femenina cubana y por otro con su hijo Alexandre Gismonti) y Magico-Carta de amor (2012, otro disco doble, en vivo con Haden y Garbarek).

    Volvamos a Solo, aquel disco donde Gismonti, el hombre orquesta, demostró que se puede deconstruir el Amazonas sin talarlo, que se puede sonar con la variedad de todos los pájaros solo con una guitarra. Gismonti pasó un tiempo con Sapaim, el cacique de los indios de la región de Xingú. Cada uno tenía sus usos y costumbres y su sistema de lenguaje, pero se entendieron en el único universal: la música.

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