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    La soledad del atleta prodigioso

    Columnista de Búsqueda

    Hace nada, apenas un par de meses, el saltador uruguayo Emiliano Lasa obtuvo el noveno lugar en el Mundial de Atletismo de Londres. Lasa, que a esta altura es el mejor saltador uruguayo de todos los tiempos, alcanzó los 8,11 metros, una marca que está por debajo de los 8,17 que saltó en los Juegos Panamericanos de Toronto en 2015 y con los que se llevó la medalla de bronce. La prensa deportiva se agitó un ratito por su logro, como se había agitado antes por los de otros deportistas que no juegan ni fútbol ni básquetbol, para luego concentrarse en lo de siempre: fútbol y básquetbol. Tan poco relevantes parecen ser esos deportes que esa misma prensa suele llamarlos “deportes menores”.

    Lo interesante es que esa denominación resultaría no solo inadecuada sino casi insultante en la mayor parte de los países que lideran los mundiales de atletismo, natación y cualquier deporte que no sea el fútbol. Inadecuada porque son deportes que en sus eventos más importantes convocan a decenas de miles de aficionados. Insultante porque muchos de esos países invierten un montón de dinero en apoyo al desarrollo del potencial de sus deportistas. Y obtienen resultados.

    Tan distinto es el panorama que atletas como el propio Lasa se ven obligados a entrenarse en esos países (el saltador vive y se entrena en Brasil), ya que en Uruguay no existe ni la infraestructura ni el know how que le permitan desarrollar su mejor versión como saltador. En una entrevista reciente Lasa declaraba: “Los brasileños son los que están por encima de todos en Sudamérica, son el ejemplo a seguir; van a un Mundial o a los Juegos Olímpicos pensando en la medalla. Para nosotros, llegar es una meta. Acá, en cada disciplina somos los pioneros. Yo desde que salto 7,50 vengo saltando solo; ese era el récord anterior, mientras que en Brasil el récord es 8,30. Eso permite que haya gente que ya lo hizo y que ya se sepa cómo llegar. Acá no hay nadie”.

    Esa soledad deportiva a la que alude el atleta montevideano es una de las explicaciones de que casos como el suyo, el de un deportista de elite uruguayo que no es futbolista o basquetbolista, estén lejos de ser la norma y sean más bien excepciones. Al no existir un medio que genere las condiciones para que los deportistas que están compitiendo al más alto nivel puedan desarrollar a tope sus aptitudes, sus éxitos parecen deberse más a sus cualidades personales que a un sistema organizado que les permita potenciarlas.

    Y sin embargo, la situación no es nueva ni rara. En todo caso, raro es que sigan apareciendo atletas de altísimo nivel a pesar de la ausencia de un programa nacional que los impulse. De hecho, el caso del excepcional Milton Wynants fue quizá la primera vez que esa falencia se hizo evidente y tomó estado público en la prensa. Wynants, que para cuando compitió en los Juegos Olímpicos de 2000 en Sydney ya llevaba seis años obteniendo triunfos a un altísimo nivel, tuvo que comprarse la bicicleta con la que corrió tras organizar una colecta entre su familia. La bicicleta costaba US$ 2.000 y la Federación Uruguaya solo le podía aportar US$ 500. Wynants, que tuvo que prepararse en condiciones mucho más adversas que sus contrincantes, obtuvo la medalla de plata en esos juegos, que sumada al rosario de preseas que cosechó en varias competencias de primer nivel hasta 2008, lo hacen sin problemas candidato a ser uno de los mejores deportistas de la historia de Uruguay.

    A pesar de que siempre se ha ensalzado a Wynants como el ejemplo del competidor amateur que logra vencer a los profesionales, él mismo era consciente de sus desventajas: “La diferencia con los rivales es que ellos corren a un nivel mucho más alto. Cuando uno viaja al exterior a correr carreras lo hace a través de la Federación Uruguaya, se prepara en Uruguay corriendo carreras domingueras, Rutas de América, la Vuelta Ciclista, y cuando se arma una selección te llevan. Pero en Europa están las mejores pruebas de pista, que son seis o siete al año. Esa alta competencia te lleva a sacar la sensación de miedo”.

    Más allá de preguntarse si, por ejemplo, tiene sentido que el Estado uruguayo invierta dinero patrocinando equipos y ligas que son rentables de por sí (tal como hace Antel con el fútbol y el básquetbol) en vez de involucrarse en el apoyo a deportes que no lo son, siempre conviene poner un ojo en lo que han hecho otros países en esa materia. Países como España, que hasta hace algunas décadas era casi irrelevante en atletismo y otros deportes no tan masivos y que dependía en exclusiva de los talentos personales de tal o cual atleta.

    El camino elegido por el Estado en España fue crear una serie de Centros de Alto Rendimiento Deportivo en distintos puntos de la Península: Madrid, Sant Cugat (Barcelona), León, Granada, Murcia y Alcoy (Alicante). Existen además una serie de centros de alto rendimiento específicos en ciclismo, piragüismo, golf, tiro olímpico y vela. El propósito de estos centros es la “mejora del rendimiento deportivo, proporcionando a los deportistas de alto nivel las mejores condiciones de entrenamiento posibles” y al tiempo que forman y preparan a los atletas españoles para competencias internacionales, incorporando medios y elementos de alta calidad técnica y científica, tienen como cometido dar a los deportistas una formación integral. Es por eso que estos centros se hacen cargo también de la educación de los atletas, para lo cual todos ellos cuentan con un liceo que les permite completar la secundaria.

    Al mismo tiempo, los centros tienen con una residencia para las concentraciones de las distintas selecciones de deportes colectivos (fútbol, balonmano, voleibol, ho-ckey, tenis, natación, gimnasia y taekwondo, entre otros), ya sean de España o de otros países que deseen concentrar en ellos. Son parte de la Secretaría General del Deporte, que lo financia junto al Consejo Superior de Deportes.

    Al estar federadas las ligas de casi todos los deportes en España, no es extraño que los deportistas, en especial los más jóvenes, sean “descubiertos” por sus técnicos y entrenadores y que estos les ofrezcan la posibilidad de probarse en los centros, de cara a ser reclutados para trabajar a nivel de elite en su deporte y poder dedicarse de manera profesional (o becada, que a efectos prácticos es casi lo mismo). Así, una joven promesa de, pongamos, el hockey femenino catalán, podría destacarse en su equipo y través de su federación, ser detectada y propuesta al centro de alto rendimiento, quien se encarga de hacerle las pruebas deportivas correspondientes y decidir si vale la pena integrarla.

    En Uruguay, lo más parecido a este modelo es el llamado “proceso” comandado por el director técnico de la Selección Uruguaya de Futbol, Óscar Tabárez. A través de la creación de un nuevo complejo de entrenamiento, una consistente preocupación por la educación y formación ciudadana de los futbolistas y una sólida interrelación entre las distintas selecciones juveniles, se han logrado los mejores resultados en ese deporte en muchos años.

    Sería deseable que el modelo fuera adoptado por el Estado como parte de sus políticas deportivas de forma que cracks como Emiliano Lasa puedan ser parte de la elite, y al entrenar en Uruguay, sus logros y sus métodos se trasladen al conjunto de la sociedad. Y que la marca dejada por talentos prodigiosos como el de Wynants sea indeleble y constante, como lo son las escuelas, en vez de ser una maravilla única y efímera.

    Deportes
    2017-10-26T00:00:00

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