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A los críticos les ha dado por decir que no es un documental propiamente dicho porque la aparición de Sharon Stone en la gira es trucha, porque sus fotos de jovencita con Dylan fueron trucadas, porque el tal Van Drop que figura como cineasta también es trucho (en realidad es el marido de Bette Midler, eso dicen), lo mismo que es ficticio el promotor del concierto y bla, bla, bla. Está bien, hay algunos truquitos que metió el gran Martin Scorsese para aderezarle un poco más de gusto, de sal y pimienta, pero es un documental y de los mejores. Bajo esos términos puristas de “decir la verdad”, ningún documental sería un documental. Cuando Robert Flaherty filmó Nanuk el esquimal también empleó algunos trucos para retratar la vida en la soledad invernal del Ártico: puso al esquimal a pescar, y como no había demasiado tiempo, le enganchó el pescado al anzuelo para hacer la cosa más eficaz. En términos puristas, Flaherty no respetaría los tiempos reales de la pesca, no diría “la verdad”.
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El asunto es que Rolling Thunder Revue: a Bob Dylan Story, que ha sido colgada recientemente en la cartelera de Netflix, pasa revista en dos horas y media a la famosa gira que el señor Robert Allen Zimmerman emprendiera en 1975 por más de 20 ciudades del noreste de los Estados Unidos, y que termina con un gran concierto en el Madison Square Garden de Nueva York a todo trapo.
Si alguien quiere cotejar lo que ocurre en este documental con otro documento directo de esa gira, puede ir al maravilloso libro de Sam Shepard Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera (Anagrama, 2006). Shepard fue contratado para registrar con su pluma lo que ocurría en la gira, en los escenarios, detrás de bambalinas, en el autobús, en los pueblos donde paraban, en los corrillos. Tal vez para escribir el guion de una película futura, que nunca se hizo. Y no hay demasiada diferencia entre el libro y la obra de Scorsese. Todos los creadores tienden a condimentar su trabajo: el escritor, con su imaginación poética; el cineasta, con su especulación visual.
La verdad, como se ve en la película de Scorsese, es que Dylan quería llevar su música a los rincones menos musicales del país, como una reserva india, como un geriátrico donde las señoras juegan a la lotería, como una cárcel donde estaba preso el boxeador Rubin Huracán Carter, acusado de un triple homicidio que supuestamente no cometió. El propio Carter, a quien Dylan dedicó uno de sus temas más famosos, dice que ambos, músico y boxeador, están en la búsqueda. La búsqueda de la verdad es el principio de la verdad. Después… se verá.
La verdad, como se ve en la película de Scorsese, es que visitaron el edificio de Columbia, la gran discográfica de Dylan, porque el trovador quería donar los derechos de la canción de Huracán Carter a la causa del boxeador. ¿Importa si la gente de seguridad sabía que venían las cámaras?
La verdad, como se ve en la película de Scorsese, es que los músicos, que subían maquillados al escenario, eran gente extraña. Dylan siempre fue un poco extraño. ¿Alguien se jacta de conocer realmente a este mito viviente no solo de la música sino de la historia moderna?
La violinista que lo acompañaba, Scarlet Rivera, tocaba fenómeno pero era rarísima. Dice Shepard en su libro: “Nunca crucé más de tres palabras con ella”.
T. Bone Burnett se presentaba ante el público disfrazado de mago Merlín. “Si cuando le atacaba el hambre no le servían algo, se ponía sistemáticamente a destrozar el restaurante entero, empezando con los menús y siguiendo hacia arriba hasta llegar a las lámparas”. ¿Miente Shepard? ¿Es exagerado? ¿Hay pruebas de esto? No, señor, si lo pone Shepard es verdad. Yo lo compro. Y también le compro al director de Taxi Driver que sus mafiosos cinematográficos son realmente así.
La verdad, como se ve en la película de Scorsese, es que Dylan manejaba el autobús, y hablaba con la gente de a pie, y tocaba en los rincones con Joni Mitchell, porque estaba en su sintonía más beatnik, auténticamente. Y consumía drogas y se emborrachaba en fiestas, como la que dieron en la casa del baladista canadiense Gordon Lightfoot. Dylan todavía no era una multimillonaria estrella huraña.
La verdad, como se ve en la película de Scorsese, es que el trovador y la trovadora Joan Báez estaban enamorados. Y también es verdad que Allen Ginsberg daba vueltas por ahí, y leía sus poemas, y un poco fastidiaba. Pero bueno, Ginsberg no solo fue parte de esta gira multidisciplinaria, que tenía como protagonista la maravillosa música de Dylan, impecablemente traducida verso a verso. También había poesía y performances y reivindicaciones sociales y políticas a favor de los derechos civiles de los indios y los negros, y en contra de la guerra de Vietnam. Ginsberg —se lo ganó con Aullido— forma parte de lo mejor de la tradición beatnik, de esa idea de recorrer América de punta a punta en trenes de carga, detenerse ante el paisaje circundante o el borracho desdentado y ensayar un verso, como lo hacía Woody Guthrie, cuyo hijo Arlo también fue parte de la gira, como Roger McGuinn y Ramblin’ Jack Elliot y Patti Smith y tantos más.
Una imagen emocionante de cierre, además de una soberbia versión de Knockin’ on Heaven’s Doors, es igual para la película y el libro: Dylan y Ginsberg ante la tumba de Jack Kerouac, en Lowell. Allí está la verdad: bajo tierra.