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    La vida en cuatro movimientos

    La última sinfonía compuesta por Ludwig van Beethoven (1770-1827) surgió por encargo de una institución musical inglesa y fue inspirada en un poema que lo había deslumbrado en su juventud. La S infonía Nº 9 en re menor, opus 125, conocida también como Coral, o simplemente la Novena sinfonía, le fue solicitada al genio alemán en 1817 por la Sociedad Filarmónica de Londres, que le encargó la composición de dos sinfonías que iban a ser la Novena y la Décima. La idea primigenia del compositor era una Novena puramente instrumental y una Décima con orquesta y coros. Beethoven comenzó a trabajar en 1818. Venía de pasar unos años difíciles: en 1816 había escrito que se encontraba muy solo por la muerte de uno de sus hermanos y de dos íntimos amigos. Se había encargado de la tutoría de su sobrino Carlos, hijo de su hermano muerto, lo que le trajo algunos dolores de cabeza. Tenía una sordera incipiente y una persistente conjuntivitis que por momentos lo dejaba ciego. El avance en la Novena muchas veces se interrumpía con otras composiciones para piano y otras con obras menores y prescindibles que escribía por encargo para poder ganarse la subsistencia diaria.

    En 1823 se incrementaron las presiones desde Londres para que la terminara rápidamente y entonces modificó su idea original de hacer una sinfonía puramente instrumental. Decidió incorporar al final de la Novena el coro que estaba previsto para una futura Décima sinfonía, cantando la Oda a la alegría de Schiller, poema por el que se sentía muy atraído desde su juventud, y finalizó así la composición íntegra a principios de 1824.

    El estreno

    Beethoven propuso el estreno de la obra a la Sociedad de Amigos de la Música, de Viena, que declinó el honor, según algunos por los excesivos gastos que demandarían los ensayos y según otros también por temor a que el público vienés no respondiera a la convocatoria, fascinado como estaba por el músico europeo de moda que en ese momento era Rossini. Vistas estas dificultades, Beethoven amenazó con estrenar su sinfonía en Berlín, pero un grupo de amigos y admiradores lo convenció de unirse a los esfuerzos para hacerlo en Viena.

    La obra se estrenó el 7 de mayo de 1824 en el teatro de la Corte Imperial en Viena (Kärntnertortheater), a sala llena, aunque fue notoria la ausencia de la familia imperial. Los denodados esfuerzos del compositor por lograr su concurrencia no lograron que los gobernantes retrasaran su partida de Viena por las vacaciones de verano.

    Los cuatro solistas fueron la soprano Henriette Sontag, de 18 años, la contralto Caroline Unger (21), el tenor Anton Haizinger (28) y el bajo Joseph Seipelt (37). Como era usual en la época en performances de este porte, con solistas, coro y orquesta, no se utilizaba un solo conductor o director sino varios. A cargo de la conducción general estuvo Michael Umlauf, maestro de capilla, violinista y compositor amigo del autor, que en esos últimos años ya lo había asistido en otros conciertos debido a su sordera creciente. La preparación de la orquesta estuvo a cargo del concertino, Ignaz Schuppanzigh, amigo de Beethoven, violinista y destacado músico de cámara. También participó Conradin Kreutzer, maestro de capilla, pianista, cantante y compositor. El programa anunciaba: “El autor tomará parte en la dirección del concierto”. Esta participación se redujo en la práctica a estar al lado del director; su sordera le impedía dirigir.

    La disposición de todos los participantes sobre el escenario, según testimonios de la época, fue así: al fondo del escenario, la orquesta; delante de la orquesta, el coro; delante de todos ellos, el director Umlauf; y al costado, algo por detrás suyo, Beethoven; delante de ellos, los cuatro solistas, que por lo tanto no veían las indicaciones del director ni del compositor; por último, al borde del escenario y delante de los solistas, Kreutzer al piano, desde donde daba pistas y ayudas a los solistas para la sincronización con el coro y la orquesta.

    Es más que probable que dada la sordera total de Beethoven, Umlauf haya instruido diplomáticamente al coro y a la orquesta para que siguieran solo sus indicaciones y no las del compositor. Prueba incontestable de esa sordera es que cuando el público, finalizado el scherzo, estalló en un prolongado aplauso, al ver que el compositor, de espaldas a los espectadores, no se daba por enterado, la contralto Unger fue hasta él, lo tomó del brazo, lo hizo darse vuelta y ponerse de frente a los aplausos para que al verlos los disfrutara.

    Las crónicas de la época destacaron el entusiasmo del público y la magnificencia de la obra. Subrayaron también la curiosa situación del director con la incómoda presencia de Beethoven detrás suyo, la escasez de ensayos para tamaño compromiso, y en esa línea, el muy buen rendimiento de la orquesta y sobre todo de los solistas, acostumbrados como estaban a los numerosos ensayos que se empleaban en la preparación de las óperas.

    El resultado financiero del concierto fue un desastre: de 2.200 florines recaudados, quedó un beneficio neto para Beethoven de 120. Al enterarse de esto, el compositor se desvaneció. Se organizó una segunda ejecución de la obra para el 23 de mayo asegurándosele al compositor 500 florines por anticipado. Esta segunda versión no fue tan buena como la primera y según la prensa de la época, asistió menos público por haber resultado incómodo el mediodía como hora elegida para la función.

    Luego de su estreno vienés la obra se ejecutó en Londres en marzo de 1826, con escaso éxito. Luego se representó en París, Leipzig, Viena y Bonn. Pero la ejecución más célebre de esos años fue la que Ricardo Wagner hizo el Domingo de Ramos de 1846 en la Ópera Real de Dresde. Wagner había escuchado la obra en una de sus ejecuciones parisinas y desde entonces había quedado impactado, y no había hecho más que estudiar la partitura. El resultado fue deslumbrante. Wagner admiraba tanto la Novena que volvió a dirigirla en mayo de 1872 en ocasión de la colocación de la piedra fundamental de su teatro en Bayreuth. La primera ejecución de la Novena en América fue en Nueva York en 1846. Más de medio siglo más tarde sonó en Buenos Aires, en 1902. Hoy es una de las obras más ejecutadas y grabadas en todo el planeta.

    Muchos compositores posteriores se han guiado por esta pieza, que ha sido a la vez un mojón, una guía y también una pesada carga para aquellos que han querido ponerse con sus obras a la altura de aquel desafío. Schumann escribió su Primera sinfonía en 1841, diecisiete años después del estreno de la Novena. Brahms recién en 1876, con 43 años de edad, escribió su Primera sinfonía, que había empezado a esbozar en 1862; le llevó catorce años redondearla.

    El contenido

    En el comienzo del primer movimiento y luego de ese acorde disonante en fortísimo, un clima de desastre se va construyendo a medida que el tema principal emerge, en un tutti de la orquesta. Todo este movimiento es una lucha permanente de fuerzas en conflicto y es casi inexistente una nota de optimismo. Si algún descanso comienza a insinuarse, rápidamente desaparece cuando retorna en fortísimo el tema principal. El segundo movimiento no es tampoco un descanso: en lugar del acostumbrado adagio que los compositores colocaban en segundo lugar, Beethoven pone un scherzo, pero sin el espíritu jocoso y despreocupado habitual en estos trozos sino transformándolo en una jubilosa danza frenética que deja sin aliento al oyente. Este scherzo fue varias veces interrumpido con aplausos el día del estreno. El adagio del tercer movimiento es el punto de reposo: una mirada interior, una plegaria con las melodías más tiernas e inspiradas que se pueda concebir. El allegro final se inicia con una recapitulación de los temas de los tres movimientos precedentes, luego un impresionante recitativo de los chelos y los contrabajos, que después en pianísimo introducen la famosa melodía final, a la que se van agregando otras secciones de la orquesta hasta estallar en un fortísimo, antes de que entren los solistas y el coro. Una melodía jubilosa con la letra de la Oda a la alegría, de Schiller, cierra de manera optimista este viaje emocional por la vida del autor, que es en definitiva el periplo vital del hombre.

    Una versión reciente

    Hay grabaciones de la Novena para todos los gustos. En 2018 Sony Classical lanzó la versión grabada en setiembre de 2016 en el National Forum of Music de Breslavia, Polonia. Los solistas son Regula Mühlemann (soprano), Marie-Claude Chappuis (mezzo), Maximilian Schmitt (tenor) y Thomas E. Bauer (bajo). Además el Coro Filarmónico de Breslavia, de 37 voces, y la Orquesta de Basilea, con 58 músicos. Conduce Giovanni Antonini, director de orquesta italiano que visitó Montevideo en 2014. Es un conductor de gran empuje, prolijidad extrema en el dominio de la gama dinámica, obsesivo con el balance entre la línea de canto en un sector y el sonido de los otros sectores. En sus manos Beethoven se transforma en una filigrana orquestal donde todo se escucha en diferentes planos y al mismo tiempo todo confluye en la gran masa de sonido. Una versión absolutamente recomendable de esta obra maestra.

    Vida Cultural
    2019-03-28T00:00:00

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