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Todo está helado a fines de diciembre en una ciudad al norte de Inglaterra. Las casas lucen adornos navideños y nada parece alterar ese paisaje invernal y silencioso. Pero algo ha cambiado en una casa de la calle Riverview Gardens. Allí hay demasiada calma, y esa solía ser una casa agitada. La vecina de al lado, una de esas señoras mayores de bata a cuadros y zapatillas de piel, es quien llama a la Policía. Cuando derriban la puerta encuentran un cadáver, el de Robert Radcliffe.
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Con una escena propia de una película policial, comienza Ni siquiera los perros, del escritor Jon McGregor, uno de los nuevos talentos de la narrativa británica, el más joven en ser nominado al Premio Booker por su novela “Si nadie habla de las cosas que importan” (2006). Pero su nuevo libro no es una novela policial, sino más bien un experimento literario difícil de clasificar.
La novela tiene un comienzo atractivo por su fuerza plástica y por el curioso punto de vista con el que se cuentan los hechos. Un “nosotros” es el que mira lo que sucede, el que sigue los pasos de los policías por la casa lúgubre y mugrienta y que percibe las vidas que por allí pasaron y que ya no están. McGregor narra con imágenes y con una escritura seductora recrea todo un ambiente en pocos trazos: “Un vaho extraño en el cristal enturbia la vista desde la ventana. El calor de los focos y las voces y los cuerpos de los hombres y mujeres que han estado en la sala tardan unas horas en desvanecerse. Conforme lo hacen, y a medida que el piso entero va enfriándose, el vaho se endurece hasta formar finos rastros escarchados; astillas de luz del amanecer se abren paso poco a poco hasta la habitación”.
Sin embargo, lo alentador del primer capítulo se va perdiendo a medida que avanza la historia. McGregor presenta la vida de un grupo de yonquis jóvenes que no pueden hacer más proyectos que despertar y conseguir con qué drogarse para evitar el “mono” de la abstinencia. Robert, quien ha vivido los últimos años de su vida tomando seis litros de sidra diarios, es el protagonista que une a todos ellos, a ese “nosotros” que aparece junto con su cadáver. Pero esa voz colectiva se disgrega cuando deja paso a las historias individuales de los personajes, todas sobre vidas frustradas y sin rumbo.
El problema de esta novela no está en lo que cuenta, sino en los juegos narrativos de McGregor, quien deja frases sin terminar, abunda en las idas y vueltas en el tiempo, a veces a pocos párrafos de distancia, y en una jerga marginal que la traducción vuelve más fastidiosa. El resultado es cansador y la historia queda hecha jirones, como la vida de sus protagonistas.
“Ni siquiera los perros”, de Jon McGregor. Salamandra 2012, 221 páginas, $ 420.