• Cotizaciones
    sábado 15 de junio de 2024

    La virtud como placebo

    Siempre me ha puesto nervioso darme cuenta de que estoy pensando lo mismo que todos o casi todos a mi alrededor. Por eso, en cuantos más asuntos, más coincidencias encuentro, más ganas de profundizar me dan, para ver si lo que estoy pensando es efectivamente mío o si solo me estoy sumando al sabor del mes. Porque el sabor del mes es siempre el camino más fácil, el que asegura más likes, digamos. Y, a la vez, es el que menos piedras encuentra en el camino.

    La aprobación colectiva suele ser una especie de aceite para el alma, por más que no sea como resultado de una conclusión propia. De hecho puede resultar incluso más balsámica si no lo es, como un producto que nos llega ya con la etiqueta de “orgánico” o “ecológico”, algo de probada bondad. La clave para poder ser siempre el sabor del mes es asumir que un mes después podés estar pensando (o creyendo que pensás) algo que puede ser el opuesto exacto de lo que pensabas hoy. Por suerte, eliminado el principio de no contradicción, uno puede navegar tranquilo las aguas colectivas y olvidarse, por fin, de intentar informarse y construir un criterio propio.

    Ironías aparte, de eso se trata: de juntar los materiales, la información existente sobre el asunto que sea que nos interese y, una vez procesado todo eso, poder llegar a una conclusión propia. Obviamente, esto requiere tiempo y, como tiempo no sobra, lo que hacemos en la mayoría de los casos es conformarnos con lo que nos llega de esos asuntos. ¿Y qué es lo que nos llega en tiempos de redes sociales y desprestigio de los medios tradicionales? Cualquier cosa. En particular cualquier cosa diseñada para provocar nuestra reacción visceral y, esto es incluso más importante, provocar nuestra reacción visible. Queremos ser vistos en nuestra indignación.

    Y es que, al decir de Guy Debord, vivimos en una sociedad del espectáculo: “El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante”.

    Desde el momento en que Debord escribió eso, allá por 1967, hasta nuestros días, el espectáculo no ha hecho otra cosa que extenderse más allá de la pantalla. En la era de redes, de la globalización visual absoluta y de los segundos de fama que dura un TikTok, el espectáculo (y la mercancía) también somos nosotros. Por eso nos parece importante mostrar nuestra indignación o nuestro apoyo. No porque nuestra acción vaya a acercar el problema que nos concierne un centímetro a su solución. Hacemos público nuestro apoyo o repudio en formato meme solo a los efectos de dejar constancia de nuestra virtud, que es también la del grupo de pertenencia.

    ¿Por qué nos resulta imperativo tomar posición sobre determinados asuntos mientras otros quedan fuera del radar de la virtud sin que a nadie se le mueva un pelo? Seguramente, porque esos asuntos cotizan alto en el mercado del espectáculo de la indignación global. Como cantaban Los Redonditos de Ricota en su tema Noticias de ayer: “Se desgració al campeón del hiperfútbol, primero en el ranking. Los guerrilleros eran saharadíes abajo en la tabla”. Algunos asuntos se convierten en el foco de la virtud colectiva, mientras que otros no llegan a entrar en el ranking del espectáculo global.

    De hecho, que el tema entre en el ranking es solo el primer paso. El siguiente es, retomando la idea del comienzo, emitir la opinión que se supone es más moral o que mejor expresa nuestra virtud. Una virtud que, como se dijo, no siempre es resultado de una conclusión propia sino una que se “compra” en el mercado de las virtudes públicas que mejor cotizan. En nuestras agitadas y agotadas vidas de trabajadores/consumidores, no tenemos tiempo para informarnos, así que pescamos lo que anda en la vuelta. Una vuelta que antes era el barrio, el laburo, el centro educativo, el boliche, el cuadro de fútbol cinco o la barra del asado y que hoy se ve ampliada y globalizada por las redes.

    Nuestra identidad, y por ende nuestra posición en la sociedad del espectáculo, se construye comprando los packs que nos ofrecen nuestros ámbitos de pertenencia. Packs en el sentido de que proponen una serie de posturas sobre una serie de temas que casi siempre se mueven juntas: quien tenga una postura X sobre la invasión rusa a Ucrania muy seguramente tenga una posición Y sobre el conflicto de Medio Oriente. Y no porque ambos conflictos respondan a los mismos ejes sino porque ese es el pack de indignación que nos ofrece nuestro ámbito de referencia. Un ámbito en donde se repite ese conjunto de ideas hasta el punto en que nos resulta virtuoso comprarlas todas juntas.

    Así, todo lo que queda fuera del conjunto o pack que nos ofrece el grupo (y que es justo aquello sobre lo que se nos insta a exhibir nuestro indignado punto de vista) pasa a ser considerado una herejía. Si mi pack es el que mejor permite mostrar la virtud que creemos propia, los demás son, por definición, poco virtuosos. No importa que las cifras del horror de conflictos que quedan fueran de mi pack sean mucho peores que las de los conflictos que están dentro. Lo que importa es a) que esas ideas son las de nuestro grupo y b) que esas son ideas que nos permiten exhibir toda nuestra indignación. No nos mostramos para intentar cambiar el conflicto, eso es evidente que está fuera de nuestro alcance. Nos mostramos para que en nuestro grupo (y otros) quede claro que compramos el pack y que nos indigna y preocupa lo mismo que al resto. Somos bichos gregarios, mal que nos pese, y nos encanta exhibir las señales de nuestra virtud moral.

    La contracara de la exhibición de virtud es entonces la exigencia de silencio. Si yo me expreso (emotivamente, nunca de manera razonada) sobre algún asunto y mi punto de vista es el más virtuoso posible, el siguiente paso es llamar discurso de odio (este mes, el que viene puede tener otro nombre) a todo punto de vista que no coincida con el mío. Y los discursos de odio deben ser impedidos y bloqueados siempre. Entonces, compro un pack de virtudes que tras la transacción simbólica (se compra la pertenencia) niega la posibilidad de existir a todo aquello que está afuera. Sobre todo, le niega la posibilidad de ser visible, que es lo que de verdad importa en nuestra actual sociedad de las vanidades desatadas.

    Un efecto rebote interesante que tiene la globalización acelerada empujada por las redes y el ecosistema que se arma alrededor de sus dinámicas es la necesidad cada vez más poderosa de pertenecer a un grupo de referencia. No nos disolvemos en el magma universal, al revés, identificamos en la cacofonía global aquellos eventuales “socios” del pack. Y así construimos una suerte de identidad a la carta que marca la agenda de nuestra indignación pública, presente y futura. El problema de este giro narcisista es que solo funciona como placebo, mientras los conflictos siguen allí, como siempre, intocados y sin resolver.