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    Las multinacionales, los frigoríficos “rengos” de ministerio y “ser Australia”

    —Los ministerios de Ganadería y de Industria tienen relación directa con la cadena cárnica. ¿Tienen peso en las políticas para el sector o son más bien fiscalizadores?

    —En los últimos 20 años hubo una política de conquista de mercados desde el punto de vista sanitario que hay que reconocer. Uruguay es creíble en el mundo por su trazabilidad y el cuidado del medioambiente. Esa es la primera ronda; la segunda implica mejorar las condiciones comerciales, porque de poco sirve tener acceso a un mercado que nos cobra un 40% de impuestos o al que no le puedo vender nada porque aplica una restricción de productos. En esta segunda ronda hemos fracasado con total éxito.

    La industria frigorífica necesita un Ministerio de Industria más involucrado. Hasta ahora ha sido Ganadería el tradicional referente. Y nosotros transformamos ganado vivo en carne y necesitamos que la voz de la cartera de Industria también se escuche en el Ejecutivo y no sea solo la productiva.

    —¿Que pase eso tiene que ver con el perfil de los jerarcas?

    —Absolutamente.

    Los ministros, y en muchos casos los presidentes del INAC, son productores. Por lo cual, al asumir la responsabilidad que trasciende esa actividad puede ser muchas veces difícil. Pero es necesario.

    No tener un Ministerio de Industria que en ciertos momentos pueda cooperar para poder importar ganado en pie, dar trabajo y generar divisas, es un problema. Pero prima el discurso de las garantías sanitarias, cuando se deberían buscar equilibrios sin perder de vista los intereses del país. Estamos rengos.

    —Muchos frigoríficos están faenando menos de lo que podrían; hay capacidad ociosa y sobredimensión en el sector. ¿Cómo cree que se procesará el ajuste en el negocio?

    —El complejo industrial emplea de forma directa a más de 20.000 personas y exporta por más de US$ 1.800 millones al año. Pero hoy no tiene rentabilidad, sino que, por el contrario, da pérdidas. El desafío está en tratar de achicar la volatilidad de los resultados. Y eso es mucho más dependiente de la inserción internacional que del trillado tema de las tarifas, la energía y el “costo país”, que de todos modos es importante. El problema es vender en mejores condiciones hacia fuera; nunca lo vamos a hacer más barato que Argentina y Brasil porque ellos tienen mano de obra más barata, energía más barata, menor carga impositiva. En la medida que somos un nivel de renta superior, somos más caros. ¡No quiero ser Paraguay, yo quiero ser Australia, que es mucho más cara que nosotros y sin embargo crece!

    —Parte de la historia de la industria cárnica en Uruguay fue escrita por capitales extranjeros. Ni 10 años después de abierto, en 1902, La Uruguaya se vendió a la empresa argentina Sansinena. Swift, Anglo, Armour y Anglo fueron otros de aquella primera época. ¿Hoy, cómo es competir con gigantes como los grupos brasileños Minerva y Marfrig, o Pérez Companc?

    —No creo en esas teorías conspirativas de que las multinacionales tienen la estrategia de que cuando están ganando en un lado pierden en otro para así captar mercado; no les causa gracia perder en ningún momento.

    La principal fortaleza de las multinacionales es la capacidad de mitigar riesgos por la vía de la diversificación y el acceso al financiamiento. Y la principal debilidad —no en todos los casos— es tener una menor capacidad que los industriales nacionales para estrechar vínculos personales.

    Lo favorable para las empresas nacionales de tener competidores de esa talla está en la visibilidad que le dan al país. Pasa en la industria frigorífica con una corporación japonesa que explota una planta, y pasa en los vinos con Bodegas Garzón. Nos suben la vara.

    —Se dice que cada sector tiene su Uber, aludiendo a la competencia que viene de la mano de los progresos tecnológicos. ¿Cuál será el de la industria cárnica a futuro?

    —El producto símil carne de origen vegetal ha venido creciendo, pero hasta ahora no fue en detrimento de la carne natural. No veo los desafíos por ese lado. Aparte, todavía hay mucha población en el mundo que recién está ingresando al consumo de carne.

    Sí tenemos como amenaza —o como un deber, mejor dicho— el demostrar que la carne puede ser producida en forma amigable con el medio ambiente. Ese es hoy el principal argumento de la Unión Europea para trancar el acuerdo con el Mercosur.